sábado 9 de mayo de 2009

En virtud (blognovela): 5.4.— Sobrevivir

Como la vez anterior, el frío no precedió la llegada de los espectros, sino que la presagió. Los espíritus errantes de los difuntos habitan en un plano de la existencia donde las leyes físicas nunca fueron instauradas. Su lugar lo ocupa un sofisticado código de comunicación formado por metáforas sensoriales, alegorías oníricas, fábulas y moralejas. Los fantasmas no son hechos ni realidades, sino mensajes de enseñanza o advertencia. Como tales, no es posible anunciar o calcular su presencia o sus acciones, solo adivinarlas, con una altísima probabilidad de error. Tampoco se puede entender lo que dicen, solo presentir lo que quieren decir; menos aún, percibirlos, solo imaginarlos, soñarlos o intuirlos. A veces, incluso, su sibilina comunicación se reduce a un falso vaticinio: alguien predijo que aparecerían, como así habría podido ser, pero no lo hicieron, porque eso era exactamente lo que pretendían.

Lo anterior es un extracto de la entrega que comienza a continuación, para que aparezca en los resúmenes automáticos. Disculpa las molestias.



En entregas anteriores: Durante el día, la doctora Valeria Cifuentes trabaja como psicóloga en el distrito cien de Ciudad Amor, en el siglo XXXI. Llegada la tarde, bebe hasta perder el conocimiento, para intentar mitigar la terrible aflicción que siente desde la muerte de su jovencísima hija. Cada mañana, a las siete en punto, su RAUL le administra una inyección de nanoéter magnetorgánico, que elimina los efectos de la resaca y le permite volver a comenzar el ciclo. No hace mucho, la doctora experimentó lo que no sabe con certeza si fue un sueño, una alucinación o algo completamente distinto, en el que se le aparecieron los fantasmas de Luz y Raúl, dos muchachos del siglo XXI, que la acusaron de haber permitido que mataran a su hija. Pocos días después, recibió por primera vez a una nueva paciente, la melancólica Loreto.


Dejar la bebida era el proyecto de la doctora Cifuentes, un proyecto nuevo y, desde el mismo instante en que se lo había planteado seriamente, perentorio.

Solo unos días antes, Valeria estaba completamente convencida de que jamás reuniría el coraje necesario —hercúleo, colosal, ciclópeo, titánico— para abandonar al peor de los amantes, el más cruel de todos, el más inhumano, capaz de subyugar la voluntad de cualquiera que no se apartara a tiempo de su abrazo falsamente cálido, de sus caricias anuladoras, de su acogedor manto que en realidad era una mortaja.

En el siglo XXXI, todo era muy distinto respecto a cien, quinientos, mil o cinco mil años atrás: los humanos habían cambiado físicamente, la estructura social se había apartado (o liberado) de los dictados de la naturaleza, nuevas teorías políticas de reciente creación habían desterrado a las tradicionales… Sin embargo, el alcohol seguía siendo el mismo embaucador despiadado que la primera vez que a alguien se le ocurrió la infeliz idea de beber zumo fermentado. ¡Humanos curiosos! ¡Humanos temerarios! ¡Humanos imprudentes! ¡Humanos arrogantes! ¡Humanos irresponsables que, con la despreocupación propia de un bebé, se empeñaban en poner en funcionamiento fuerzas incontrolables!

Desde los albores de la civilización, las bebidas alcohólicas habían recibido con exquisita hospitalidad a cualquiera que llegara a su morada, accidentalmente o engañado por uno de sus innumerables acólitos. Le invitaban a pasar efusivamente, le proporcionaban abrigo y alimento, e insistían en que se quedara a dormir. Al incauto caminante de la vida —cualquier hombre, cualquier chiquillo, cualquier mujer, cualquier chiquilla— se le aparecían como un venerable anciano de espesa barba blanca, túnica gris, sandalias de cuero y alto bastón rústico; un viejo, sabio y cariñoso, que le regalaba su afecto y su ilustrado consejo, proporcionándole un gran bienestar a cambio de prácticamente nada: un puñado de neuronas y quizás un leve dolor de cabeza al día siguiente. Si las visitas se repetían con la suficiente asiduidad, a medida que se le iba conociendo mejor, su aspecto no variaba, pero su trato se iba tornando áspero y sus lecciones, despóticas. Su discurso cada vez más exacerbado y despectivo iba calando, primero, en el ánimo de su imprudente discípulo, luego, en su mente. Cuando ya lo había convencido por completo, el anciano se despojaba de sus vestiduras y dejaba al descubierto su cuerpo desnudo, delgado, de músculos viejos pero compactos, que resultaba estar cubierto por cientos de tatuajes violáceos, un tercio de ellos, de esvásticas de todos los tamaños, otro tanto, de machos cabríos, y, el restante, de invocaciones en latín. Completado el maleficio, el que en la primera visita era solo un excursionista curioso se había convertido en un fanático enajenado, en un perverso maltratador, en el mejor de los casos, de sí mismo, en el peor, de sus seres queridos.

Afortunadamente, Valeria se encuadraba entre los primeros: solo había destrozado su propia vida, a los demás los había dejado tranquilos. Tal vez porque la esencia de su ser era bondadosa, o quizás como consecuencia de que, en el fondo, siempre había sido una cobarde, o, con más probabilidad, debido a que, de hecho, no había nadie lo suficientemente cerca de ella para que se viera afectado por la onda expansiva. El nanoéter magnetorgánico, en cualquier caso, no había tenido nada que ver. Su efecto no mitigaba los estragos del alcohol. Libraba a los borrachos de sus resacas, pero no de su adicción, ni de su condena. Tan solo les permitía fingir durante unas horas que eran personas sanas, hasta que los chillidos imperativos del satánico anciano nazi los obligaban a retornar a casa y volverse a vestir con su verdadera piel de monstruos.

Si la doctora había adquirido la firme determinación de dejar el alcohol no había sido porque, súbitamente, hubiera desarrollado un imperioso propósito de enmienda, ni porque se hubiera despertado en ella el deseo de una vida mejor, sino porque, meramente, no estaba segura de quererse morir y su indecisión se había estrellado contra el terrorífico convencimiento de estarse volviendo loca. De abandonarle la razón por completo, su suerte estaría echada. No se quería arriesgar. No se podía arriesgar.

Pero ¿y si, en realidad, sus dudas no eran tales? Quizás tuviera la absoluta certeza de que no deseaba abandonar este mundo. Tal vez no había ningún otro pensamiento que le provocara un pavor de parecido calibre. Quizás el miedo a la muerte era el sentimiento que experimentaba con mayor intensidad, más incluso que la angustia y la desesperanza que le había provocado la pérdida de su hija. ¿Realmente era tan egoísta? ¿Realmente vivía tan enfermizamente centrada en sí misma?

Sea como fuere, el “ya basta” lo espetó en la cara del viejo a la mañana siguiente de su segundo encuentro con los fantasmas.

Como la vez anterior, el frío no precedió la llegada de los espectros, sino que la presagió. Los espíritus errantes de los difuntos habitan en un plano de la existencia donde las leyes físicas nunca fueron instauradas. Su lugar lo ocupa un sofisticado código de comunicación formado por metáforas sensoriales, alegorías oníricas, fábulas y moralejas. Los fantasmas no son hechos ni realidades, sino mensajes de enseñanza o advertencia. Como tales, no es posible anunciar o calcular su presencia o sus acciones, solo adivinarlas, con una altísima probabilidad de error. Tampoco se puede entender lo que dicen, solo presentir lo que quieren decir; menos aún, percibirlos, solo imaginarlos, soñarlos o intuirlos. A veces, incluso, su sibilina comunicación se reduce a un falso vaticinio: alguien predijo que aparecerían, como así habría podido ser, pero no lo hicieron, porque eso era exactamente lo que pretendían.

Sí, en eso se habían convertido Luz y Raúl al morir: en espíritus errantes. En ese estado permanecerían durante un milenio… al menos. Luz, por quitarse la vida con sus propias manos. Raúl, por razones que aún reposan en el fondo del baúl de lo pendiente de ser narrado.

Antes de su segundo encuentro con la doctora, el frío presagió su llegada, de la misma forma que podía no haberlo hecho. Al hacerlo, la precedió, pero el caso contrario también habría sido posible, hasta que dejó de serlo.

Aquella tarde Valeria bebía sentada en uno de los sillones flotantes que utilizaba para las sesiones con sus pacientes. No solía emborracharse ahí, posiblemente porque se lo impedía el defectuoso sentido humano de la causalidad, el mismo que engendró todas las supersticiones. Valeria debía de temer, conscientemente o no, que si no mantenía una cierta separación entre su trabajo y su alcoholismo, el segundo acabaría por afectar al primero. Los asientos que usaba para las terapias simbolizaban, pues, el último reducto de su sobriedad. Ese fue el primer mensaje de los fantasmas, enviado años antes de que se le aparecieran por primera vez, cuando su recaída en el alcoholismo ni siquiera se había completado. Un mensaje en forma de superstición personal.

El segundo fue el sillón que eligió para sentarse: el de los pacientes. Ese día era ella la que necesitaba ser escuchada. Reflexionar. Confesarse. No fue una decisión consciente. Si alguien la hubiera interpelado, no habría sabido explicar qué hacía bebiendo ahí. Menos aún en ese asiento en concreto. El poder de los espíritus errantes puede sentirse, pero no es posible incorporarlo en ningún razonamiento. A ellos pertenecen todos los “no sé” y todos los “porque sí”.

El tercer mensaje comenzó con la inteligencia artificial que controlaba la oficina volviéndola a ignorar. Esta vez, la doctora estaba absolutamente segura de que su borrachera no era tan intensa como para que afectara gravemente a su dicción y el cerebro informático no la pudiera entender. Insistió e insistió. “Temperatura al noventa por ciento”, repetía una y otra vez. Hasta que se hartó.

NIEBLA —dijo, acudiendo a una instancia que creía superior, pero que era la misma—, comprueba el funcionamiento de los sistemas domóticos.

—Todos los sistemas funcionan correctamente, doctora —aseguró al instante la voz neutra, pero dulzona, de la red estatal de IAs.

Valeria, que tenía el codo izquierdo apoyado en el reposabrazos del sillón flotante, enderezó el antebrazo y dejó caer la frente contra la palma de su mano. No se lo podía creer. ¿Se habrían confabulado todos los mecanismos del mundo en contra suya?

—Entonces, ¿por qué la calefacción no está al noventa por ciento de su potencia? —preguntó, desesperada.

En su intento de dar con la réplica adecuada, los algoritmos de la ESENCIA resbalaron un par de veces y a punto estuvieron de romperse la crisma. Aquel era un terreno muy resbaladizo. ¿Cómo se respondía a una pregunta que demandaba explicaciones sobre algo que no era cierto? Sencillo para un humano, enrevesadísimo para una mente cibernética. A trompicones, solo fueron capaces de llegar hasta un callejón sin salida, oscuro y angosto, plagado de contenedores rebosantes de bolsas de basura, entre edificios sucios y altísimos, al final del cual, de pie frente a un muro de ladrillos coronado por una tela metálica terminada en alambre de espino enrollado, esperaba una respuesta basta y bravucona, que vestía una chaqueta de cuero que incorporaba un cinturón de ojales remachados con acero y hebilla del mismo material, unos tejanos con un desgarrón en cada rodilla, un par de botas militares y gafas de sol. Entre los dientes sujetaba una cerilla, con el extremo en el que estaba el fósforo hacia fuera. Parecía la mismísima madre de Hache en versión masculina. Y decía:

—No lo sé precisar.

Justamente lo que le faltaba por oír a la doctora.

Dijera lo que dijera aquel trasto, ella cada vez tenía más frío. La gélida temperatura amenazaba con despejarla y arrancarla de los cálidos maltratos del viejo tatuado. La botella de vodka, la cual tenía agarrada por el cuello con su mano derecha, parecía de hielo y no de cristal. Sus riñones chillaban alarmantes latidos pungentes. Su aliento se había tornado visible. Comenzó a tiritar.

Todavía con la cabeza apoyada en su mano, cerró los ojos y, entre un notable castañeteo de dientes, le preguntó a la NIEBLA (o a la IA de su apartamento, lo cual era lo mismo):

—¿A qué potencia está la calefacción?

Esa sí que se la sabía.

—Al noventa por ciento, doctora Cifuentes —respondió con diligencia.

La alcohólica y alcoholizada mujer se quedó estupefacta. Era imposible que los sistemas de regulación de la temperatura estuvieran fallando y la IA de su oficina no lo hubiera detectado. Solo había una explicación razonable: quien no estaba funcionando bien era ella misma. No había ninguna conspiración cibernética, simplemente debía de estar terriblemente destemplada. Pero ¿y el vaho que salía de su boca? ¿Y el tacto helado de la botella?

Esa fue la conclusión del tercer mensaje de los fantasmas: qué no debería poner en duda si incluso los sentidos la engañaban.

El desarrollo de los acontecimientos hizo patente, al final, que el frío ni siquiera había sido un presagio, sino, únicamente, un punto y coma en el preámbulo de la fábula en la que las metáforas conjuradas por los espíritus errantes se iban engarzando.

Tras el lánguido inicio, el relato se tornó más fluido.

Valeria sumó un escalofrío a su frígido estado. ¿No sería que…?

Irguió la cabeza y abrió los ojos. Un cuervo se había posado sobre el respaldo del sillón flotante en el que acostumbraba a sentarse durante las sesiones de psicoterapia. Estaba cara a ella, pero parecía distraído e indeciso. Sin prestarle atención, no cesaba de desplazarse lateralmente, ora un poquito hacia la derecha, ora hacia el lado contrario, como si no consiguiera encontrar el sitio justo en el que descansar. Quizás estaba inquieto. Tenía el plumaje más negro que una tonelada de carbón y un poco descuidado. Aquí y allá asomaban algunas plumas que se negaban a alinearse con las demás. Finalmente se detuvo y la miró. Sus ojos eran imposiblemente azules. Parecían dos estallidos de vigilia en medio de la noche más cerrada. Abrió las alas en toda su extensión y emitió el graznido más escalofriante. Inmediatamente, se calmó y, quieto como si lo acabaran de disecar, permaneció con la mirada clavada en la doctora.

Apareció entonces un antiguo conocido. Era el lobo gris de iris marrones. Parsimoniosamente, avanzó por uno de los costados del sillón sobre el que estaba el ave. Al caminar, sus rígidas uñas chocaban contra el duro y liso suelo, produciendo un ruido seco que retumbaba con intensidad en la habitación, debido al aislamiento sonoro. Siguió hasta que estuvo situado enfrente de la mujer, entre los dos asientos. Dócilmente, se sentó y fijó en ella su atención.

La doctora permanecía inmóvil. Supuso que, pese al compromiso de contención que últimamente había contraído consigo misma, otra vez habría bebido hasta perder la consciencia. Pero no le parecía estar dormida. De pronto, su visión se tornó borrosa. El sillón de los pacientes se convirtió en una mancha turbia. Progresivamente, se fue volviendo más clara, como si su vista se fuera enfocando, hasta que lo que antes había sido solamente un asiento vacío pasó a ser una chica sentada donde habitualmente lo hacía ella durante las sesiones.

Era el fantasma de Luz. Su espalda estaba muy recta y la tenía totalmente apoyada contra el respaldo. Su cuello, perfectamente erguido. Su rostro había superado la frontera de la seriedad: no tenía expresión ninguna. La ausencia de todo rastro de sentimientos resultaba espeluznante. Portaba el que era su uniforme de espectro: un vestidito negro de tirantes que le llegaba hasta las rodillas. El borde inferior, que estaba rematado por un bordado, reposaba ahora sobre sus muslos. Quizás era un camisón. Sus extremidades superiores descansaban adecuadamente sobre los reposabrazos. Tenía las manos extendidas, boca abajo. Sus pies colgaban, sin tocar el suelo. Sus uñas pintadas de oscuridad se rebelaban contra la palidez de su piel. Al igual que sus dos acompañantes, miró a Valeria. Habló.

—¿Qué hay de dulce en la pena?
Dime, tú que salvas mentes
de sus terribles condenas,
¿qué hay de dulce en la muerte?

La doctora sabía muy bien a qué se refería el fantasma. No tenía ganas de conversar sobre ello. Contestó sucintamente:

—Mi hija enfermó. Se hizo todo lo posible por salvarla. No pudo ser.

Encogió los hombros, como si realmente creyera lo que acababa de decir, como si se conformara con ello. El fantasma replicó:

—Cayó por un precipicio
espoleada por otros.
Se le negó el beneficio
de suponer que los locos
fueran de buen principio
los que ni mucho ni poco
entendieron los designios
de su espíritu lloroso.
Por solo algunos indicios
se lo arrebataron todo.
¿Qué puede haber de limpio
en terminar de ese modo?

Valeria dibujó una mueca de hastío y disconformidad. Había discutido demasiadas veces consigo misma sobre aquello.

—No era un “espíritu lloroso” —alegó, con poco ánimo y sin que pareciera preocuparle demasiado estar hablando con un fantasma—. Sufría gravísimas depresiones. Tenía continuas recaídas que la anulaban completamente. Su enfermedad se convirtió en un impedimento insalvable para el correcto desarrollo de su vida. No podía estudiar. No podía divertirse. No podía hacer nada. Solo sufría y sufría. Y hacía sufrir a su otra madre. Y hacía sufrir a sus amigos… —En ese punto, la doctora dudó, pero finalmente añadió—: Y me hacía sufrir a mí.

El espectro de la muchacha del siglo XXI la interrumpió:

—¿Acaso no haya plantas
que den frutos en invierno?
Si sin piedad se arrancan
porque nos lo pide el miedo
a que los días que pasan
entre los temibles hielos
sean horribles jornadas,
la fortuna no tendremos
de que la historia pasada
nos diga si florecieron.

La doctora no entendió lo que significaban aquellos versos, así que, una vez que le pareció que el espectro había terminado de hablar, continuó con su explicación:

—Se decretó que debía someterse a la Terapia de los Diez Meses. Ella sabía perfectamente lo que aquello significaba. Su vida no era vida. No podía seguir así. Se le dio la oportunidad de curarse. Tuvo todo el apoyo que necesitaba. Pero no quiso.… No quiso… No quería vivir… No quería vivir… —Los ojos de la psicóloga comenzaron a inundarse. Enseguida, se puso a llorar estruendosamente—. ¿Por qué no quería vivir?… ¡¿Por qué?! —exclamó entre sollozos.

Después, escondió la cara entre sus manos, como intentando contener las lágrimas.

La Luz viva se hubiera indignado y le hubiera respondido muy airadamente. Pero su fantasma era solo un fragmento de una fábula, solo traía enseñanzas… y advertencias. Como la que profirió a continuación, con los lloros de la doctora de fondo:

—Un día otra vendrá,
si no ha venido ya,
con un sufrimiento igual.
Cuídala y te cuidarás.
Ámala y te amarás.
Sálvala y te salvarás.
Mas si muere… morirás
y tu alma condenarás
a con nosotros errar.

Pese al escándalo causado por su propio dolor, Valeria escuchó aquellas palabras con total nitidez. Alarmada, levantó la cabeza, con la intención de demandarle más detalles al fantasma, mayor claridad, más información. Pero había desaparecido, junto con el lobo y el cuervo.

Volvía a estar sola en su oficina. Como lo había estado durante los últimos siete años. Desde que se llevaran a su hija. Desde que la mataran.

Los últimos versos pronunciados por el espíritu de la difunta muchacha la habían alterado tanto que había dejado llorar. Con los dorsos de sus manos intentó enjugarse las lágrimas. En ese momento, al sentir el contacto de su propia piel, supo que estaba despierta.

Si hasta aquel entonces aún había albergado alguna duda sobre su salud mental, ya no le quedaba ninguna. Se estaba volviendo loca. Aterrada, dejó la botella junto con el resto, en la mazmorra innombrable, y se fue dormir.

A la mañana siguiente, tras recibir el “chute” de nanoéter magnetorgánico de rigor, suministrado, como de costumbre, por su fiel RAUL, se levantó con la premura del que huye de la muerte. Sin ni siquiera calzarse, fue hasta el cajón donde guardaba las botellas, las agarró todas y las vació en el retrete.

Aquella tarde el puto viejo ya podía desgañitarse hasta que le reventara la puta cabeza, que esta vez se iba a joder.


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jueves 7 de mayo de 2009

En virtud (blognovela): 5.3.— Ser la cima

No tener a nadie por encima de él era el proyecto último de Lucas Torrejón, en su enunciación más precisa. Al presidente de la Representatividad, por el contrario, lo que le excitaba era saber que había miles de millones de ciudadanos (ellas también) por debajo de él. Si en Utopía las habladurías se hubieran podido difundir con la impunidad del pasado —lo cual era imposible, pues la NIEBLA lo grababa todo y habría sido capaz de averiguar en un instante quién había sido el primero en hablar sobre un cierto asunto— y a alguien se le hubiera ocurrido contar la historia de que el máximo dirigente planetario acostumbraba a masturbarse mientras contemplaba fotografías aéreas de aglomeraciones multitudinarias, el rumor se habría propagado como la pólvora, pues habría sido considerado totalmente verosímil —fuera o no verdad, que eso no lo desvelaremos—. (…)

Lo anterior es un extracto de la entrega que comienza a continuación, para que aparezca en los resúmenes automáticos. Disculpa las molestias.



En entregas anteriores: En el siglo XXXI, unos meses después del día de la refundación, el carismático político Lucas Torrejón gana abrumadoramente las elecciones a gobernador del distrito cien de Ciudad Amor. Aunque algunos lo califican de “independiente” por no pertenecer al poderoso Colegio de Políticos, lo cierto es que basa su éxito en presentarse a sí mismo como un firme defensor del utopitarismo. Ya en el poder, demuestra ser un profundo conocedor de los Cánones Utópicos, especialmente de sus contradicciones y ambigüedades, las cuales explota con habilidad para sus propios fines. Tras contratar a la voluptuosa Cobi Delà como secretaria personal, un día conoce, por azar, a las tres amigas con las que ella se reúne cada jueves para intercambiar cotilleos y alardear de sus últimas conquistas, a las cuales ofrece, también, la posibilidad de que se integren en su equipo.


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No tener a nadie por encima de él era el proyecto último de Lucas Torrejón, en su enunciación más precisa.

Al presidente de la Representatividad, por el contrario, lo que le excitaba era saber que había miles de millones de ciudadanos (ellas también) por debajo de él. Si en Utopía las habladurías se hubieran podido difundir con la impunidad del pasado —lo cual era imposible, pues la NIEBLA lo grababa todo y habría sido capaz de averiguar en un instante quién había sido el primero en hablar sobre un cierto asunto— y a alguien se le hubiera ocurrido contar la historia de que el máximo dirigente planetario acostumbraba a masturbarse mientras contemplaba fotografías aéreas de aglomeraciones multitudinarias, el rumor se habría propagado como la pólvora, pues habría sido considerado totalmente verosímil —fuera o no verdad, que eso no lo desvelaremos—. No en vano, al nieto de aquel brillante político que consiguiera desterrar las teorías maximalistas —al respecto del número de hijos que podía engendrar cada matrimonio, como el lector atento y dotado de una buena memoria bien recordará—, el cual también había llegado a ocupar, unas décadas atrás, el cargo que ahora él ostentaba, los baños de multitudes le gustaban más que tomar el sol a una lagartija del Mediterráneo que vistiera una camiseta blanca sin mangas y unas minúsculas gafas oscuras (pantalones no, ¿para qué?, total, era una lagartija). Dicho de otro modo, no era descabellado colegir que el presidente fantaseaba poderlas bañarlas él —a las masas—, usando para tal fin cierto fluido corporal cuya obtención en el siglo XXXI aún requería fricción. Una cantidad descomunal de él. Ríos y ríos. Mares. Océanos —¡ya basta de tanta obscenidad, caramba!—.

Quizás a un pajarito corto de vista que portara la cabecita aparatosamente vendada a causa de la cantidad de chichones que se había provocado al chocar contra árboles que no veía; al pajarito, probablemente, que más ídems había visto revolotear alrededor de su testa, después de cada porrazo, los cuales, a su vez, eran representaciones de sí mismo, blanco y amplio vendaje cefálico incluido; a este pajarillo tan recursivo; a esta avecilla presumida que, por no llevar gafas, llevaba moratones… posiblemente le hubiera parecido que las apetencias de ambos políticos, en esencia, eran las mismas. Mas ¡cuán equivocado habría estado el temerario pájaro de choque! ¡Cómo le habría engañado su visión brumosa de la realidad, su percepción distorsionada por el más denso puré de patata policromático y psicodélico! ¡Pobre pajarillo cegato!

La diferencia fundamental radicaba en que el gobernador del Distrito Cien solo pensaba en los peldaños superiores de la escalera, mientras que el presidente de la Representatividad vivía obsesionado con los inferiores. ¿Lo ves, pajarito? ¿Te estás planteando, al menos, usar lentes de contacto, testaruda avecilla kamikaze?

Se daba la circunstancia de que ambos políticos obviaban al único escalón que se interponía entre ellos en la jerarquía de poder de las Diez Ciudades: la alcaldesa de Ciudad Amor —ya se explicó que el gobernador del Distrito Cien era más poderoso que los alcaldes de las otras nueve—, por ser una anciana a la que los ciudadanos habían elegido prácticamente como homenaje a su trayectoria, que estaba más preocupada de llevarse bien con todo el mundo que de gobernar, porque deseaba que su legado fuera apreciado de forma unánime, aunque para conseguirlo tuviera que ser un legado vacío; así que, descartada ella, los dos se mantenían muy pendientes el uno del otro.

De hecho, desde que, unos meses atrás, Lucas Torrejón hubiera sido elegido gobernador de la zona más rica del planeta, para el presidente se había convertido en la personificación del atávico miedo a lo desconocido. Una personificación alta; inhabitualmente fibrosa —su hábito de levantar pesas para mantenerse en forma era poco muy común en el siglo XXXI, ya lo sabemos—; amante de la luz solar y, en privado, de la sociedad de finales del siglo XX; que prefería desplazarse a pie antes que en PATINETE y leía vorazmente siempre que le era posible; de sonrisa embelesadora e incansable, y unos profundos ojos de un brillante azul clarísimo que nada tenían que envidiar a los de Paul Newman; que hipnotizaba a las masas con su oratoria directa y electrizante; y que se declaraba el más firme defensor del utopitarismo, para luego dictar ordenanzas que nada tenían que ver con esa doctrina, gracias a su incomparable habilidad política, su profundo conocimiento de los Cánones Utópicos y su nada desdeñable capacidad intelectual.

El día de la refundación, cuando el baño de multitudes fue el mayor de los posibles, al haberse reunido en asamblea a la humanidad al completo, el mandamás planetario que había propiciado la instauración de Utopía estuvo absolutamente convencido de que moriría siendo presidente, pero ya no lo tenía tan claro. No le cabía ninguna duda de que, aunque no lo hubiera declarado oficial ni extraoficialmente, Lucas Torrejón tenía la firme intención de presentarse como candidato al cargo que él desempeñaba, más tarde o más temprano, y no estaba nada seguro de poderlo derrotar limpiamente en las urnas. El tirón que tenía aquel hombre entre el público era asombroso, y sus políticas, por muy cuestionables que fueran desde un punto de vista utópico, estaban obteniendo unos resultados positivos innegables.

Mas si el carismático gobernador representaba, para el presidente, el pavor por lo ignoto era, sobre todo, porque ciertamente sabía muy poco sobre él. Un par de meses después de la entrada en vigor de los Cánones Utópicos, Lucas Torrejón hizo valer uno de los nuevos derechos que otorgaban a los ciudadanos (a ellas también), en concreto: el derecho a comenzar de nuevo. El anterior era consecuencia de una de las secciones más celebradas del nuevo código: la Declaración universal de las capacidades humanas, que estipulaba cuáles eran las facultades inherentes a “cualquier ser humano física, mental y afectivamente equilibrado”, entre ellas la de cambio y rectificación, la cual se aseguraba que era ilimitada. Para garantizar que todos los ciudadanos pudieran desarrollar, en particular, ese último potencial sin trabas, bien por parte de otras personas, o bien de la sociedad en general, se incluyó el antedicho derecho, el cual permitía borrar el pasado y, opcionalmente, cambiar de nombre.

Efectivamente, cualquier delincuente que ya hubiera cumplido su condena, cualquier ciudadano hastiado de su mala suerte, cualquier moroso que hubiera conseguido saldar todas sus deudas, cualquier paciente que hubiera superado con éxito la Terapia de los Diez Meses, cualquier persona que tuviera la necesidad de desaparecer de la vida de otras —o que desaparecieran de la suya— y, en general, cualquiera que no tuviera obligaciones legales pendientes y que quisiera librarse del peso de su historia personal volviendo a empezar de cero, por la razón que fuera, podía presentar una solicitud judicial al respecto, alegando los factores que consideraba que estaban entorpeciendo indebidamente el desarrollo de su “ilimitada capacidad de cambio y rectificación”.

Cualquier instancia de ese tipo era estudiada por un solo magistrado, para garantizar al máximo la privacidad, el cual se encargaba, además, de revisar en profundidad la vida del peticionario a partir de extractos de las grabaciones de la NIEBLA —seleccionados por unos algoritmos similares a los que decidían qué sucesos retransmitir en los MAMONES—, con el fin de comprobar que su pasado no escondiera faltas ni delitos no sancionados. Este punto constituía un riesgo importante, que resultaba disuasorio en muchos casos, puesto que si el juez detectaba indicios de una infracción que no había sido juzgada, el proceso quedaba anulado y se abría otro acusatorio.

Por el contrario, si no hallaba nada punible que no hubiera sido ya sometido a juicio y consideraba que los factores alegados eran suficientes, fallaba a favor del solicitante, por lo que se procedía a eliminar todos los datos de su vida que constaran en cualquier archivo estatal —incluso los referidos a condenas ya saldadas— y, muy especialmente, todos los fragmentos de la memoria de la NIEBLA en los que él apareciera, aunque fuera de manera totalmente circunstancial. Finalmente, se le abría un nuevo registro, se le asignaba un nuevo código de ciudadano y, si lo había solicitado, su nuevo nombre. En sus nuevos datos se hacía constar la resolución judicial —en la que se lo nombraba utilizando su nueva identidad—, para que la ausencia de información previa a la fecha de su ejecución quedara justificada, junto con la prohibición expresa de hacer mención a que aquel ciudadano había utilizado su derecho a comenzar de nuevo, de modo que tal información no pudiera convertirse en una acusación velada de que era un antiguo delincuente, lo cual hubiera violado la propia facultad que se pretendía salvaguardar.

Una vez llevado a término todo lo anterior, el conocimiento de la vida del interesado hasta ese instante quedaba restringido a su memoria, la de aquellos que hubieran formado parte de su pasado (desconocidos, por lo tanto, para cualquier tercera parte) y la del juez instructor, cuyo nombre constaba en la resolución, por lo que se convertía en la única fuente al alcance de quien tuviera acceso a los datos estatales. El presidente de Utopía no habría dudado en acudir a él para descubrir qué secretos escondía Lucas Torrejón, aunque se los hubiera tenido que sonsacar por la fuerza. No era ni lícito ni legal, pero la ley no regía sobre los pocos que disponían del control absoluto de la NIEBLA y los RIOS.

Muy convenientemente para el alto político de ojos azules y lamentablemente para el líder supremo de la humanidad, de manera sospechosamente fortuita, en cualquier caso, el magistrado en cuestión falleció al día siguiente de dictar el fallo favorable al futuro gobernador. Su muerte, de todos modos, no estuvo rodeada de circunstancias dudosas: fue vapuleado salvajemente por una URSULA (Unidad Robótica de Subyugación Ultrarrápida Legalmente Aplicada) enloquecida, hasta quedar reducido a gelatina. Se demostró, fuera de toda duda, que aquel desafortunado accidente había sido causado por un error antiquísimo de la ESENCIA que se activó a causa de la confluencia de las circunstancias más inverosímiles, entre ellas que el código hexadecimal correspondiente al color del traje que el juez vestía en ese momento fuera el H06660666, que ese día el magistrado —que era un hombre diminuto— midiera exactamente 1,666000 metros —botines incluidos—, que la sexta y última letra de su apellido fuera una efe, que sobre las aceras de la larguísima calle por la que transitaba con su PATINETE hubiera, en el instante de sufrir la agresión mortal, 666 personas que pensaban 66,600 kilos y que la punta de la uña del dedo gordo del pie derecho de un señor llamado Seiscientos Sesentayseis, que se la había cortado por última vez hacía 66,600 horas, estuviera a 66,600 centímetros del establecimiento comercial con licencia 6.660.666.

El presidente descartó que Lucas Torrejón hubiera tenido absolutamente nada que ver con aquel estrambótico percance. Nadie podía planear y consumar una trama tan sofisticada, en la que habían influido tantísimos factores, los cuales dependían de miles (quizás millones) de variables. Estaba claro que el gobernador del Distrito Cien era, sencillamente, un hombre muy afortunado. Al menos, esa era la explicación menos alarmante.

Mientras que su rival se debatía entre el pánico, las tinieblas y el pánico que le causaban las tinieblas, el jefe de Cobi Delà lo sabía todo sobre él. Tanto era así que lo habría podido reconstruir de memoria a escala molecular —es una metáfora, ni siquiera la NIEBLA conocía a los ciudadanos con ese nivel de detalle, principalmente porque no tenía ninguna utilidad (¿qué información nos daría sobre el océano conocer a cada una de sus gotas?)—.

Justamente por ello, no le cupo la menor duda de que la junta extraordinaria de delegados locales de la Representatividad que el presidente había convocado en Ciudad Progreso iba a versar sobre un tema central, explícita o encubiertamente: sí mismo. ¿Acaso había habido algún otro cambio en las Diez Ciudades, en los últimos meses, que justificara una convocatoria tan excepcional? Estaba claro que su rival político le temía. Eso era bueno, de momento iba ganando. Pero no se podía confiar y permitir que la situación tomara un giro inesperado que cambiara la ventaja de manos.

No iba a ser él, que vivía exento de distracciones, libre de toda influencia que apartara su mente de sus ambiciones políticas; no iba a ser él, que incluso estaba inmunizado contra la riqueza, la ostentación, la lujuria, la gula y todo tipo de placeres y excesos; no iba a ser él, cuyo intelecto y concentración ni siquiera sentían los efectos de las drogas más irresistible para cualquier otro líder: la adulación de los subordinados y la veneración de todos; no iba a ser él, la máquina política más perfecta que había conocido la humanidad desde Winston Churchill, aunque mucho más efectiva; no iba a ser él quien diera ningún paso en falso.

A Cobi Delà la invulnerabilidad integral de Lucas Torrejón la volvía doblemente loca. Por un lado, porque le resulta incomprensible, inquietante, inexplicable, turbadora…, inhumana; por otro, porque nada antes la había excitado tanto, sexualmente y en cualquier otro terreno. Se sentía tan cautivada, tan embriagada por él que desde que trabajaba a su servicio su número de capturas mensuales había caído en picado. Ya solo salía de caza cuando la asaltaba el convencimiento de que jamás encontraría la kryptonita que le permitiera someter a su supermán. De hecho, sus promiscuas relaciones sexuales habían dejado de ser una venganza contra el destino que se había llevado a su hermanita; contra sí misma, injusta superviviente; contra la indecente aleatoriedad de la existencia, y habían pasado a serlo contra él, que la ignoraba, que la trataba no como a una cualquiera —lo cual ya le hubiera parecido más que bien—, sino como a otra cualquiera, el muy… El muy. Por primera vez en su vida, Cobi estaba perdidamente enamorada y, aunque en muchos momentos creía no haberse sentido nunca tan mal, tan frustrada, tan impotente, pues le parecía que su nueva aflicción se había sumado a las preexistentes, en realidad estaba mejor que nunca. Su colosal añoranza por la melliza muerta se estaba serenando. En su cabeza, Manzanita ya no era un fantasma ante el que disculparse continuamente, sino una confidente imaginaria con quien compartir suspiros y deseos. ¡Oh, c’est l’amour! El amor femenino —que no de las mujeres—, que todo lo apacigua, a diferencia del masculino —que no de los hombres—, que todo lo arrasa (entiéndase bien al que escribe: el amor femenino no es exclusivo de las mujeres; ni el masculino, de los hombres).

El gobernador del Distrito Cien priorizaba la eficiencia hasta tal punto que jamás se le pasaba por la cabeza asignarle a una persona una tarea que pudiera resolver una inteligencia artificial. Según otro de sus innumerables dichos: “El cerebro humano es la herramienta más sofisticada, no se debe despilfarrar en trivialidades”. De ahí que Cobi Delà y sus amigas —que solo tardaron un par de semanas en engrosar las huestes de Lucas Torrejón, el mínimo tiempo posible, ansiosas como estaban de ello y allanado como se encontraron el camino— estuvieran trabajando más que en toda su vida. Si su atractivísimo jefe al menos hubiera abusado de su autoridad ni que fuera un poquito y, de vez en cuando, les hubiera pedido que le trajeran un café, o un zumo, o “un agua”, o lo que fuera que bebiese, porque, bien pensado, no probaba nada que contuviera cafeína, ginseng ni ningún estimulante, al cuidarse muy mucho de mantener su “herramienta más sofisticada” virgen de toda sustancia que la pudiera desequilibrar… Pero no, no había abusos, ni pequeñitos: el hombretón mantenía a todos sus subordinados trabajando a destajo en la aplicación de sus políticas y al servicio de los ciudadanos (sí, de ellas también).

Si no hubiera sido porque cobraban más que en sus anteriores empleos; porque alardear de que trabajaban para el gobernador aumentaba su eficacia como cazadoras de pelvis; porque, al pertenecer a distintos departamentos, no se relacionaban, prácticamente, entre ellas ni con Cobi, de modo que sus reuniones de los jueves no habían perdido emoción ni frescura; y, sobre todo, por lo mucho que disfrutaban cuando Lucas Torrejón las usaba como cohorte imperial; de no haber sido por todo lo anterior, las amigas de la melliza superviviente, que soñaban con capturarlo bajo sus sábanas, pero que no estaban enamoradas de él, habrían presentado su dimisión al segundo día (el que escribe no comparte lo dicho, solo se ha limitado a transcribir uno de los fascinantes procesos mentales femeninos: listar las grandes virtudes de algo de manera menospreciativa, para que parezca que los inconvenientes son muchísimo mayores, sin ni siquiera nombrar ninguno —je, je… je, je—).

Unos días antes de la celebración de la junta extraordinaria de delegados locales de la Representatividad, cumpliendo con su inflexible filosofía de no malgastar recursos humanos, el gobernador, desde la apreciada soledad —y absoluta intimidad— de su despacho de la planta trescientos diecisiete, le solicitó a su IVAN que estableciera una comunicación visual con el presidente. Al otro lado de la línea, respondió una secretaria, como no podía ser de otra manera. La mujer estuvo segura de que era la primera vez que una personalidad tan notable se ponía en contacto con la oficina de la presidencia por medio de un sirviente electrónico. Poco habituada a tratar con inteligencias artificiales para aquellos menesteres, tuvo algunas dificultades para completar el protocolo que obligaba a que la comunicación entre los dos interlocutores se estableciera al unísono, para que ninguno tuviera que mantenerse ni un segundo en espera. Finalmente lo consiguió.

El IVAN de Lucas Torrejón proyectó, aproximadamente a un metro de la mesa en la que estaba su amo, en frente de él, una imagen holográfica de cuerpo entero del presidente. Estaba sentado en un sillón clásico que parecía demasiado mullido para estimular la actividad mental. Ciertamente, no se le veía nada concentrado. Miraba distraídamente a su derecha, hacia donde tenía el brazo extendido. Dos manos pequeñas, de aspecto suave y delicado, seguramente femeninas, el resto de cuya propietaria no aparecía en la imagen, asían entre ellas la del máximo dirigente utópico. Le estaban haciendo la manicura.

Ante aquella imagen indolente, cualquier otra persona que compartiera las convicciones del astuto gobernador no habría podido evitar dibujar una mueca de desdén. Él, sin embargo, siempre centrado, siempre consciente de todos sus gestos, sonrió ampliamente, a la vez que se recordaba a sí mismo que no debía confiarse, que las precauciones y los esfuerzos nunca eran excesivos si su recompensa era el triunfo.

—Señor presidente —dijo, a modo de saludo, desde detrás de su escritorio, sin levantarse porque no estaba obligado a ello.

—¡Señor gobernador! —respondió el líder planetario, mirando hacia él y correspondiendo a su sonrisa con otra que, comparativamente, parecía forzada y deslucida—. ¡Qué inesperada sorpresa!

—Iré al grano… —afirmó Lucas Torrejón—. Deseo hablar ante la junta extraordinaria de delegados que ha convocado en Ciudad Progreso.

El presidente convirtió su rostro sin vello en su cabeza sin vello en la expresión del desacuerdo y la contrariedad, a la vez que doblaba bruscamente el brazo que tenía extendido, apartando su mano de las de la esthéticienne. A continuación, con ese mismo apéndice le dedicó un gesto destemplado, dándole a entender que se retirara. Ya solo, meditó durante un instante, tras el cual recuperó su sonrisa artificiosa y alegó lo siguiente:

—Pero, querido gobernador, se trata de una reunión de funcionarios y usted es un cargo electo.

—También lo es usted —replicó con agilidad el de los profundos ojos azules.

Su interlocutor volvió a torcer el gesto.

—Evidentemente —admitió—. Sin embargo, mi situación no tiene nada que ver con la suya. Yo soy quien convoca la reunión. Yo soy el presidente de la Representatividad. Los delegados son mis subordinados.

El tiempo de las apariencias había pasado. El gobernador del Distrito Cien conjuró su mirada más intimidante y la clavó ferozmente en los ojos de su rival, a través del ciberespacio.

—Señor presidente, esta es una llamada de cortesía —alegó—. Le estoy dando la oportunidad de que me invite a participar en la junta. Mi única motivación es evitarle cualquier perjuicio. Nada me afligiría más que dañar su imagen. Nada va más en contra de mi voluntad. Nada está más lejos de mis deseos. No quiero ni imaginar lo que podría pensar el público si me viera obligado a presentar un recurso judicial para poder intervenir, alegando mi derecho a ser escuchado. Fallaran o no los jueces a mi favor, lo hicieran o no a tiempo, ¿cómo quedaría usted? Como un censor. Sería inconcebible. No puede haber nada menos utópico. Y si me dieran la razón, el quebranto para usted sería doble. En cambio, nada más exento de riesgos, nada más elegante, nada más magnánimo, nada más utopitarista, que invitar a la personalidad política del momento a un evento de tanta relevancia. Es decir, a mí.

El derecho a ser escuchado era otro de los de que tenían su origen en la Declaración universal de las capacidades humanas, en concreto en la capacidad de hacerse entender, que, según manifestaban, era independiente de la voluntad y disposición del interlocutor. En cuanto a su plasmación legal, los Cánones Utópicos lo protegían estipulando, entre otros extremos, que un ciudadano debía poder hablar ante cualquier foro que afectara a sus intereses o en el que participara al menos otra persona de rango, condición o circunstancias equiparables a los suyos. El presidente bien sabía que era más que probable que, en el hipotético caso de que Lucas Torrejón presentara el recurso judicial con el que le acababa de amenazar, los jueces fallaran a su favor, basándose, justamente —como el gobernador bien había puesto de relevancia al inicio de la conversación—, en su propia asistencia al evento.

El máximo representante de la humanidad cruzó los brazos sobre el pecho y, sin desviar la mirada de los ojos amenazadores de su adversario, con el semblante disgustado, pero sereno, asintió, diciendo:

—No se hable más. Será un placer contar con usted. Supongo que le parecerá bien que sea yo quien les comunique la notica a los medios.

—Por supuesto, señor presidente —ratificó el gobernador, reduciendo un tanto la agresividad de su gesto—. De todas maneras, primero deberíamos acordar los pormenores de mi intervención —añadió, siempre atento a no dejar nada al albur de los acontecimientos.

El mohín de absoluto desprecio que, al establecerse la comunicación, el jefe de Cobi Delà y sus amigas había conseguido contener con poco esfuerzo se apoderó ahora, conspicuamente, de la faz de su teórico superior. Pese a su incomodidad, se vio obligado a aceptar lo que entendía como una nueva imposición.

Hacía mucho tiempo que al presidente nadie le decía lo que tenía que hacer. La novedosa situación le resultaba profundamente desagradable.

Aunque no tanto como aquel misterioso e impertinente sabihondo, el ínclito Lucas Torrejón, su nuevo azote personal.


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domingo 3 de mayo de 2009

En virtud (blognovela): 5.2.— Una vida mejor

Vivir un día más era el proyecto de Loreto, el único que se podía plantear de forma realista, al levantarse cada mañana.

—Querría vivir mejor —le dijo a la doctora Cifuentes, al comenzar su primera entrevista.

—¿Y qué significa para usted vivir mejor? —preguntó la psicóloga.

La negociadora, y madre de una Virtud ya veinteañera, permaneció en silencio durante unos segundos, quizás, incluso, un minuto completo. Estaba pensando. Mientras, la doctora la miraba atentamente, pero sin adoptar ningún gesto que invitara a la premura.

La terapeuta estaba sentada en un sillón flotante, cómodo, pero no mullido, adecuado para el trabajo y para la reflexión, y no para echarse una siesta. Mantenía las piernas cruzadas, los brazos relajados y las manos apoyadas, una encima de la otra, en la zona más cercana al torso del muslo que quedaba elevado. Sin darse cuenta, tenía la cabeza ligerísimamente ladeada hacia su derecha, siendo ese el único detalle espontáneo de una postura, por lo demás, perfectamente estudiada.

Lo anterior es un pequeño extracto de la entrega que comienza a continuación, con el propósito de que aparezca destacado en los resúmenes automáticos de contenidos. Por favor, disculpa las molestias.



En entregas anteriores: En el siglo XXXI, la melancólica Loreto Mena trabaja como negociadora en el distrito cien de Ciudad Amor. Tras la muerte de su esposa en el parto que alumbró a su hija Virtud, optó por esa ocupación como medio que las permitiera salir adelante. No se volvió a casar. Nunca ha dejado de añorar a su mujer, a la que amaba profundamente. En el mismo distrito ejerce su trabajo la psicóloga Valeria Cifuentes. Es una buena profesional, pero, después de la dramática muerte de su jovencísima hija, recae en su antigua adicción a la bebida. Divorciada de su mujer a causa del luctuoso suceso, sobrevive a base de las inyecciones de nanoéter magnetorgánico que le suministra su fiel RAUL cada mañana. No hace mucho, experimentó lo que no sabe con certeza si fue un sueño, una alucinación o algo completamente distinto, en el que se le aparecieron los fantasmas de Luz y Raúl, dos muchachos del siglo XXI, que la acusaron de haber permitido que mataran a su hija.

Recuerda que si no entiendes una determinada palabra, puedes hacer doble clic sobre ella y te aparecerá su definición en el diccionario (solo en el blog www.verbatica.com).

Recuerda también que puedes descargarte las primeras 40 entregas de “En virtud” (los capítulos 1 al 4 completos) en un cómodo e-libro aquí: http://oderfla.fileave.com/EnVirtud-Cap1al4.pdf


Vivir un día más era el proyecto de Loreto, el único que se podía plantear de forma realista, al levantarse cada mañana.

—Querría vivir mejor —le dijo a la doctora Cifuentes, al comenzar su primera entrevista.

—¿Y qué significa para usted vivir mejor? —preguntó la psicóloga.

La negociadora, y madre de una Virtud ya veinteañera, permaneció en silencio durante unos segundos, quizás, incluso, un minuto completo. Estaba pensando. Mientras, la doctora la miraba atentamente, pero sin adoptar ningún gesto que invitara a la premura.

La terapeuta estaba sentada en un sillón flotante, cómodo, pero no mullido, adecuado para el trabajo y para la reflexión, y no para echarse una siesta. Mantenía las piernas cruzadas, los brazos relajados y las manos apoyadas, una encima de la otra, en la zona más cercana al torso del muslo que quedaba elevado. Sin darse cuenta, tenía la cabeza ligerísimamente ladeada hacia su derecha, siendo ese el único detalle espontáneo de una postura, por lo demás, perfectamente estudiada. La completaba una sonrisa apacible y amable que, a la vez, resultaba innegablemente artificiosa, pero que no por ello se hacía molesta. Era como si aquella expresión facial hubiera nacido de la más absoluta sinceridad, pero luego se hubiera congelado en el tiempo, perdiendo su frescura.

Loreto, por su parte, permanecía sentada en un sillón idéntico al de la psicóloga. Estaban frente a frente, a no más de un metro y medio de distancia, cerca de una de las esquinas de un despacho amplio, pero no enorme. Se trataba, evidentemente, del despacho de la doctora Cifuentes, que no ha dejado de acompañarla a lo largo de esta historia. Además de los dos asientos ya mencionados, en aquella habitación había una silla clásica, un escritorio y varios archivadores, pero ningún elemento ornamental. Las paredes estaban desnudas de cuadros y de diplomas. No había ninguna estantería en la que pudieran morar figuritas baratas o flores de plástico, ni siquiera libros.

El sillón de la doctora estaba de espaldas a la pared y, junto con el otro, formaba una línea oblicua, en dirección hacia el centro. La iluminación era tenue, pero suficiente. No había ventanas. El habitáculo estaba perfectamente insonorizado, ningún ruido proveniente del exterior perturbaba la perfecta atmósfera de recogimiento. En los momentos en los que ambas ocupantes permanecían quietas y en silencio, solo se escuchaban sus respectivas respiraciones.

—¿No debería tutearme? —dijo finalmente Loreto, sin responder a la pregunta que le había planteado la psicóloga y abriendo un nuevo tema.

—¿Prefiere que la tutee? —contestó la doctora, enunciando una nueva cuestión.

—Bueno, a mí tanto me da… Pero creía que la que tenía que llamarla de usted era yo.

—Sí —aseveró la psicóloga—. A mí me están permitidas ambas posibilidades, pero prefiero darle el mismo tratamiento que usted a mí porque considero que así la relación queda más equilibrada. ¿Qué le parece a usted?

—Muy utopitarista —replicó Loreto, con cierto sarcasmo.

—No se trata de un asunto político —aclaró la doctora.

La paciente la interrumpió:

—Ya, ya… Era solo una broma. No lo puedo evitar. Es como un resorte que salta solo… A veces, no siempre. Quizás cuando estoy nerviosa.

En este punto, la terapeuta dudó si completar su explicación o continuar con el nuevo asunto que planteaba su interlocutora. Decidió que intentaría hacer ambas cosas, pues no estimó que fuera conveniente dejar su aclaración a medias:

—Le decía que no se trata de un asunto político. Estrictamente, me parece más adecuado de cara al tratamiento. Pero si usted se va a sentir más cómoda, puedo tutearla.

—No, no… —dijo Loreto—. Ya me va bien como mejor le parezca a usted… Usted es la doctora, al fin y al cabo… Solo creía que era obligatorio que me tuteara. Fíjese que soy negociadora, pero la sección de los Cánones que regula la psicología no la tengo fresca en la memoria… Apenas me llegan consultas al respecto. Y tampoco parece que sea un campo en el que suelan producirse infracciones… Menos mal, ¿no? Si no, ¿quién se iba a fiar de los psicólogos?

La paciente terminó de hablar. La terapeuta, con su amable sonrisa congelada a cuestas, esperó unos segundos, para asegurarse de que no tenía nada más que añadir. Al entender que era así, y con el objeto de retomar un hilo que había quedado abierto, preguntó:

—¿Está nerviosa?

—¿Yo?… ¿Por…?

—Antes ha dicho que hace bromas cuando está nerviosa —elucidó la doctora Cifuentes.

—Ah, sí… Bueno… —musitó la viuda ya de tantos años. A continuación, se calló.

Ciertamente, no parecía muy tranquila. Estaba sentada casi en el borde del sillón, con los pies apoyados en el suelo. Tenía las piernas muy juntas y la espalda un poco arqueada hacia delante. Se asía las rodillas una con cada mano, fuertemente.

—No sé… —dijo, finalmente—. No se me ocurre ninguna razón por la que debiera estar nerviosa.

—Quizás porque no se fía de los psicólogos —arguyó la doctora.

Loreto, que, pese a que se sentía un poco cohibida, mantenía la mente alerta, se dio cuenta de que la terapeuta estaba relacionado su posible nerviosismo con la pregunta retórica que ella misma había formulado hacía un instante, cuando comentaba que no solían producirse infracciones relacionadas con la psicología. Le pareció una técnica de lo más tosco.

—Si no me fiara, no estaría aquí, ¿no le parece? —alegó, con cierta brusquedad. La terapeuta se mantuvo impertérrita, sin desprenderse de su sonrisa automática ni de su postura reposada. Su interlocutora continuó—: Ya sabe que he acudido a usted por voluntad propia. No se me ha diagnosticado ninguna patología grave ni se ha determinado que mi vida se esté desarrollando fuera de los límites debidos… Al menos, legalmente…

—¿Usted cree que sí que se ha salido de esos límites? —inquirió la doctora Cifuentes, incitada por aquella última apreciación.

—Legalmente no, por supuesto —se apresuró a ratificar la entrevistada, quien, como buena ciudadana de las Diez Ciudades y, en especial, como experta negociadora, era plenamente consciente de las nefastas consecuencias que una admisión de ese tipo podía acarrearle, si se diera la mala fortuna de que la NIEBLA decidiera retransmitir esos momentos por alguno de los MAMONES, y el vigilante de turno considerara que acababa de confesar la comisión de un delito.

—No, no, claro; legalmente no —corroboró la psicóloga con firmeza, abandonando por un instante su inmutabilidad, también preocupada por aquel extremo.

—No obstante… —continuó Loreto— creo que podría ser más feliz.

Sin saberlo, la madre de Virtud acababa de pronunciar una de las frases que obligaban a la doctora a aplicar cierto protocolo, el cual, por una vez, no formaba parte de los Cánones Utópicos, sino del Manual del buen terapeuta estatal, otro texto legal, al fin y al cabo, pero especializado en psicología, actividad que regulaba extensa y minuciosamente. Ese tratado, como todas las normativas utópicas, estaba redactado en lenguaje científico, pero rezumaba intenciones políticas. La doctora Cifuentes no lo tenía en mucha estima, precisamente. De hecho, había ideado varias tácticas para esquivarlo, sin salirse de la ley, siempre que le era posible. Las recomendaciones y propuestas, que alguna incluía, no le incomodaban, pero los diferentes protocolos, todos ellos de aplicación ineludible, todos ellos detallados hasta el absurdo, todos ellos centrados en reconducir cualquier posible conducta del paciente que, aun no pudiéndose considerar constitutiva de delito, no se ajustara estrictamente al modo de vida utópico, le parecía que cercenaban su autonomía y dificultaban su trabajo.

—En este punto —dijo la terapeuta, abandonando su sonrisa para que su paciente pudiera percibir su disconformidad—, estoy… obligada… —Esta última palabra la pronunció con especial énfasis. Continuó—: a preguntarle si cree que no respeta tanto como debiera las indicaciones y las recomendaciones de los Cánones Utópicos en algún ámbito de su vida.

Entonces, se quedó mirando a su interlocutora fijamente, muy seria, con la cabeza más inclinada hacia su derecha que de costumbre. Loreto, que también estaba habituada a usar técnicas de evasión parecidas, tanto en el ejercicio de su profesión como en su vida privada —al igual que tantísimos habitantes de las Diez Ciudades—, entendió perfectamente que la psicóloga le estaba indicando su preferencia por ahorrarse aquella posibilidad.

—Yo creo que soy una ciudadana ejemplar —aseveró taxativamente la negociadora que le parecería un poco rellenita al reverendo Mh-Pá (aún faltaban unos meses para que el alienígena llegara a la ciudad).

La doctora Cifuentes recuperó su sonrisa dulce y sosegada, que ahora lucía con mayor frescura. Era una sonrisa renovada, generada con nuevos bríos después de que las comisuras de sus labios hubieran gozado de un instante de tregua. Pronto perdería, de todos modos, su lozanía, pues ni la majorette más risueña podría sonreír durante tanto tiempo con naturalidad.

Afortunadamente para los ciudadanos de las Diez Ciudades, la Regla del triple nueve se centraba en el comportamiento global de la humanidad. A la conducta individual de una determinada persona no se le otorgaba tanta importancia. En realidad, como ya sabemos, las faltas de un humano en particular quedaban, al menos en parte, al menos las consideradas leves, al menos las no evidentes, amparadas por el margen estadístico que facilitaba la antedicha norma. De haber sido de otro modo, a la pareja reunida en el espartano despacho no le hubiera resultado tan sencillo rehuir la activación del correspondiente protocolo.

—Bien —aprobó la psicóloga. A continuación, retomó el anterior hilo de la conversación—: ¿Cree usted que ser más feliz es lo mismo que, como me decía al principio, vivir mejor?

—Sí —afirmó Loreto, sin dudarlo.

—¿Y qué significa para usted vivir mejor? —inquirió la doctora.

Y con la anterior pregunta, se completó un tirabuzón dialéctico que nada tenía que envidiar a los de la amiguita rubia de la pequeña Luz. Dicho con otras palabras: la conversación había vuelto al inicio.

De la misma forma que había sucedido la primera vez que la entrevistadora le había planteado aquella cuestión, la entrevistada meditó en silencio durante unos segundos. Esta vez, en cambio, sí que respondió:

—Bueno, tengo cuarenta y nueve años, un trabajo que, aunque no sea el que yo hubiera soñado, debo reconocer que tampoco está tan mal, sobre todo en aquellas facetas que me permiten ayudar a los ciudadanos…, claro que lo podrían pagar un poco mejor…, y, por encima de todo, tengo una hija maravillosa. Trabajadora, responsable, comprometida, brillante… Y mi salud es buena. —En este punto Loreto se calló, retiró las manos de sus rodillas y asió el borde del sillón, a los lados de sus muslos, al mismo tiempo que cruzaba los pies y erguía la espalda. Miró hacia arriba—. Pero cada día me cuesta más levantarme por la mañana —añadió, apesadumbrada.

—¿Y cuál cree que puede ser el motivo? —preguntó la doctora Cifuentes, al cabo de un instante.

La paciente la miró con un mohín de disgusto, levemente enfadada.

—Pues no sé… Ni idea… Por eso estoy aquí, ¿no? —argumentó—. Si conociera la razón, la solucionaría y punto. Usted se ahorraba tiempo y yo dinero.

La psicóloga podría haber aprovechado para soltar una de las habituales peroratas sobre el funcionamiento y propósito de la terapia, pero, tratándose de una primera entrevista, no lo consideró adecuado. Se limitó a sonreír con más intensidad, como intentando aplacar el enojo de la otra, unió las manos sobre su regazo y realizó una nueva pregunta:

—¿Cuánto hace que siente que le cuesta levantarse por las mañanas?

La madre de Virtud resopló.

—¡Uf!… Yo creo que desde que murió mi esposa…

Aunque la paciente interrumpió su discurso, la doctora se mantuvo en completo silencio y quietud, dando a entender que la invitaba a hablarle más sobre aquel tema.

Murió al nacer nuestra hija, ¿sabe? Optamos por la gestación natural. En aquella época aún estaba permitida. Hace veinticuatro años ya, nada menos… Cómo pasa el tiempo… No es fácil que cada nuevo cumpleaños coincida con el aniversario de un acontecimiento tan luctuoso… Para ninguna de las dos… Pero qué le vamos a hacer. Realmente sucedieron a la vez… Yo la quería mucho, a mi mujer.

—¿La quería mucho? —preguntó la terapeuta, sin expresar un ápice de extrañeza ni desaprobación, meramente para cerciorarse de aquel asunto, que estimaba que podía ser clave.

—Sí, muchísimo —replicó Loreto.

—¿Sexualmente? —recalcó la doctora, nuevamente sin que de su entonación se pudiera inferir ninguna connotación negativa.

—Sí, soy lesbiana —aclaró la paciente.

Ahora que habían esclarecido aquel asunto, la mente de la doctora divagó y se le apareció, por primera vez durante la entrevista, el espíritu flotante de la botella de vodka de las navidades futuras —más bien, de la borrachera futura—, posiblemente convocado por la evocación de la muerte de su propia hija que le había provocado la de la esposa de la entrevistada. Esta, al ver que, de improviso, la terapeuta perdía la rigurosa compostura que había mantenido hasta aquel momento y miraba hacia un infinito invisible, que parecía estar situado un poco por encima de su cabeza, perdió el hilo argumental y retomó su preocupación original, la que le había llevado a solicitar aquella cita.

—Entonces —dijo—, ¿el tratamiento me ayudará a vivir mejor?

La psicóloga despertó de su momentáneo trance y, con suavidad, recuperó su postura de majorette estática y entrada en años. Ahora sí que tocaba perorata.

—Bien, la terapia es un espacio de meditación y reflexión —alegó— en el que, sin precipitación ni presiones, exploraremos, entre las dos, aquellos asuntos que le preocupan, incomodan o son la fuente de cualquier tipo de conflicto o malestar, con el propósito de tratar de entender cuáles pueden ser sus causas. Es, en definitiva, un tiempo que usted reserva para su propio cuidado y atención, durante el cual yo le acompañaré. De esta forma, podrá alcanzar un mayor conocimiento de sí misma y desarrollar una mejor relación con sus propios sentimientos. Pero, para ello, para que yo la pueda ayudar, necesito contar con su sincera cooperación. El hecho de que haya decidido solicitar ayuda ya es un paso positivo. De todos modos, primero tendremos que ver si nos parece que ambas podemos colaborar bien, que nos sentimos cómodas la una con la otra y creemos que podemos llevar a cabo adecuadamente esta tarea conjunta.

Loreto pensó que cuando atendía al público en la LOCA de su sección jamás se le hubiera ocurrido responder una consulta con semejante retahíla de vaguedades, salvedades y salvaguardas. Aquello era inaudito. Un cierto objetivo, o bien se podía alcanzar, o bien no. Le pareció que era muy poco serio que la respuesta a su pregunta viniera a ser que posiblemente el sol saldría mañana por levante (lo cual no era lo que ella había preguntado), pero que dependía de que la colaboración interdependiente de la cuarta parte contratante con la primera parte contratante se hubiera alineado con Saturno mientras una manada de gansos suecos pilotados por un niño con sombrero verde migraran hacia el sur. Tentada estuvo de mandar aquello de la psicoterapia al carajo en ese mismo instante, pero ¿qué otros recursos tenía a su disposición? Cualquier otra alternativa que se le hubiera ocurrido o de la que le hubieran hablado le despertara todavía más desconfianza. Y estaba harta de vivir aplastada por el peso de su melancolía.

Se sacudió la perplejidad y se quedó con la última parte de lo que había dicho la psicóloga.

—Entonces, ¿esto aún no forma parte del tratamiento? —preguntó.

—No —contestó la doctora—. Primero debemos realizar tres o cuatro entrevistas para ver si creemos que podemos realizar un buen trabajo entre las dos.

La viuda hizo rodar los ojos, abrumada por tanta complejidad. Le encantó, no obstante, lo de “ver si creemos que podemos”. Pensó que si en algún lugar repartían premios a la mejor perífrasis, aquella merecía uno destacado. Luego, decidió que debía insistir en su pregunta, enunciándola esta vez de manera más acorde con el lenguaje recargado y cobardón que usaba la terapeuta.

—Pero… a partir de que comencemos el tratamiento, poco a poco, a medida que vayamos avanzando…, ¿aprenderé a vivir mejor?

Temió que la parte final, pese a sus esfuerzos, siguiera siendo más concreta de lo que requería ese estilo oratorio, pero los circunloquios no eran su especialidad.

La doctora Cifuentes disminuyó la intensidad de su sonrisa. Pensaba. No estaba muy segura de cómo responder esta vez. Reincidir en la disertación estándar le pareció excesivo, pero tampoco podía afirmar categóricamente algo que no tenía por qué acontecer de esa manera y que de ningún modo podía garantizar.

—Es posible. Ya lo iremos viendo, ¿no le parece? —dijo, finalmente.

Loreto se conformó con aquella respuesta. Al menos, “parecía que podía darse el caso de que se llegaran a dar las circunstancias que permitieran” que el tratamiento la enseñara a vivir mejor.

Sin previo aviso, la inteligencia artificial que controlaba la domótica de aquella oficina habló con la voz asexuada, aunque un tanto meliflua, que ya bien conocemos, pues, como todas las IAs similares, formaba parte de la NIEBLA.

—Quedan dos minutos —dijo en los oídos de las dos ocupantes del despacho.

Eso era lo que se conocía, en un derroche de originalidad sin parangón, como el “aviso de los dos minutos”. Al escucharlo, la doctora borró la sonrisa de su cara y, con el semblante muy serio, expuso lo siguiente:

—Antes de terminar, es mi… obligación… informarle de que si, durante el transcurso del resto de entrevistas o del posible tratamiento subsecuente, detectara en usted una enfermedad o trastorno que afecte al correcto desarrollo de su vida, según la definición legal de tal circunstancia, me vería obligada a recomendar que se la sometiera a la Terapia de los Diez Meses. —A continuación, recuperó su sonrisa amable y tranquilizadora. Continuó—: Asimismo, debe saber que eso nunca le ha sucedido a ninguno de mis pacientes y que no tengo la menor intención de que ocurra jamás.

Aquella terapia de la que hablaba la doctora era, ni más ni menos, la que, en caso de no ser superada con éxito en el plazo que su propio nombre indicaba, ocasionaba que al paciente se le aplicara la muerte dulce.

—Se ha terminado el tiempo —informó la NIEBLA.

—Nos vemos entonces el próximo jueves a la misma hora —confirmó la psicóloga.

—Sí, hasta el jueves —respondió la paciente, despidiéndose.

Ya en la calle, después de haber abandonado el edificio por el correspondiente conducto de distribución de visitantes, Loreto, de camino hacia su piso en su PATINETE, pues no quedaba muy lejos, pensó que la última información que le había proporcionado la terapeuta era escalofriante. ¿En qué clase de mundo de locos vivían? ¿Cómo era posible que una persona que decidía, voluntariamente, buscar ayuda terapéutica para solucionar sus problemas pudiera acabar sus días ejecutada por el estado, por más que a aquello se lo considerara una forma de eutanasia compasiva? Le pareció inconcebible. Y preocupante. Y arriesgado. Sin embargo, la práctica seguridad que le había transmitido la psicóloga de que ese no sería su destino, que ganaba en rotundidad por el contraste con las infinitas cautelas que habían plagado el resto de su discurso, la convenció de que podía estar tranquila y no debía renunciar a acometer el tratamiento.

Pese a su condición de negociadora, lo que no se preguntó fue si era sensato creer que la voluntad de una psicóloga podía constituir una garantía suficiente en aquellas Diez Ciudades regidas por los Cánones Utópicos y vigiladas por la NIEBLA, quizás porque prefería ni planteárselo. Realmente, se sentía muy necesitada de ayuda, ahora que se había quedado completamente sola.

Hacía unos meses, Virtud se había ido a vivir por su cuenta, a raíz de conseguir su nuevo puesto como programadora de la ESENCIA. Como madre comprensiva y abnegada, la había apoyado sin reservas. Entendía que quisiera habitar más cerca de su centro de trabajo, para poder volcarse al máximo en aquella ocupación que tanto la entusiasmaba. También, que a sus veinticuatro años deseara iniciar su camino como adulta independiente, aunque no hubieran hablado sobre ello. Nunca sospechó que la cruel nostalgia suplantaría a su hija en la cotidianeidad de su existencia. Tampoco que su vida, desde que muriera su esposa, hubiera estado esencialmente copada por su niña preciosa de grandes ojos verdes. Por mucho que la viniera a visitar siempre que podía, no era lo mismo. La añoranza, al haber ocupar su espacio, había heredado un poder inmenso, que usaba con intenciones destructivas.

Se dio cuenta de que deseaba hablar de todo aquello con la psicóloga. La sesión… o entrevista se le había quedado cortísima.

Mientras Loreto se planteaba y no se planteaba esas cuestiones, en su oficina, la doctora Cifuentes, que ya había terminado la jornada laboral, bebía, esta vez en la sala anexa en la que había una mesa, un armario ropero y una neverita, la cual estaba situada entre su despacho y el de su secretario, que solo trabajaba por las mañanas. Aunque la ansiedad que sentía era tan intensa como de costumbre, desde que había tenido el sueño —o la alucinación o lo que fuera— de los lobos y los humanos de la antigüedad, se emborrachaba más lentamente, como si su consternación hubiera disminuido y estuviera un poco más calmada.

Pero no era eso. En realidad, le aterraba la idea de que se le pudieran volver a aparecer los fieros animales o los macabros espectros. Después de cada sorbo, miraba hacia todos lados, para comprobar que seguía sola. También le obsesionaba no perder la consciencia, así que procuraba beber un poco menos, para asegurarse de que llegaría hasta su cama.

Porque ella y su culpa ya eran moradores más que suficientes de su oficina-vivienda. Porque no quería verse sometida, de nuevo, como cuando aún era solo una chiquilla, a la Terapia de los Diez Meses.

A su edad y en su deteriorado estado físico y anímico, sabía que no la podría superar.


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sábado 2 de mayo de 2009

En virtud (blognovela): 5.1.— Un mundo feliz

Utopía era el proyecto vital del joven Futuro.

Pero la real, la auténtica, la que dictaba el dios vengador a la medida que había engendrado su impetuoso corazón, la que emanaba del espíritu originario, incorrupto, ortodoxo, de la doctrina utopitarista primigenia, aquel que estaba convencido de conocer íntimamente, aquel que, si permanecía en silencio durante unos minutos, ofreciéndole sus pensamientos, invocándolo —como lo habría hecho un chamán—, hubiera jurado que le hablaba en susurros —como al profeta en el que se estaba convirtiendo— y le hacía partícipe de su amargura por la traición a la que se estaba viendo sometido, entre gemidos de impotencia y dolor; en conclusión, la verdadera Utopía (…)

Lo anterior es un pequeño extracto de la entrega que comienza a continuación, con el propósito de que aparezca destacado en los resúmenes automáticos de contenidos. Por favor, disculpa las molestias.



En entregas anteriores: Futuro tiene veinticuatro años. Vive en el siglo XXXI, en el distrito cien de Ciudad Amor. Sus padres lo educaron en el utopitarismo, doctrina de la que es un ferviente seguidor. Siente un profundo odio por los políticos intimistas, tan grande que, en cierta medida, los responsabiliza de la muerte de uno de sus progenitores, aunque racionalmente sepa que nada tuvieron que ver con ella. Hace dos años, en el día de la refundación, se sintió más feliz de lo que lo había estado nunca. Meses después, consiguió, tras superar unas duras pruebas, el puesto de adjunto de la vicesecretaria de su distrito. A partir de comenzar el ejercicio de sus funciones, se da cuenta de que de Utopía no está cumpliendo con las expectativas que él tenía. Hace poco, a través de un programa de contactos llamado el ALCAHUETE (“Adjudicador de Ligazones Carnales que Aseguren la Harmónica Unión Erótica, de Titularidad Estatal”) se cita con Virtud. Debido a un malentendido, ese primer encuentro no termina bien, pese a que durante su desarrollo ambos se sienten como si hubieran encontrado a su alma gemela.

Recuerda que si no entiendes una determinada palabra, puedes hacer doble clic sobre ella y te aparecerá su definición (solo en el blog www.verbatica.com).

Recuerda también que puedes descargarte las primeras 40 entregas de “En virtud” (los capítulos 1 al 4 completos) en un cómodo e-libro aquí: http://oderfla.fileave.com/EnVirtud-Cap1al4.pdf


Utopía era el proyecto vital del joven Futuro.

Pero la real, la auténtica, la que dictaba el dios vengador a la medida que había engendrado su impetuoso corazón, la que emanaba del espíritu originario, incorrupto, ortodoxo, de la doctrina utopitarista primigenia, aquel que estaba convencido de conocer íntimamente, aquel que, si permanecía en silencio durante unos minutos, ofreciéndole sus pensamientos, invocándolo —como lo habría hecho un chamán—, hubiera jurado que le hablaba en susurros —como al profeta en el que se estaba convirtiendo— y le hacía partícipe de su amargura por la traición a la que se estaba viendo sometido, entre gemidos de impotencia y dolor; en conclusión, la verdadera Utopía, la que debería haber sido y no la que era, no aquel sucedáneo, aquella desvirtuación imperdonable, aquella falsificación que hacía algo más de dos años que se había instaurado con tanto boato, aquel día de la refundación que ahora parecía tan lejano, cuando él, aún un ciudadano de a pie, aún desconocedor de lo que realmente se cocía en los hornillos de la administración, se había dejado arrastrar por la euforia generalizada y había creído que los Cánones Utópicos realmente eran el reflejo inmaculado de los principios que, supuestamente, los sustentaban; cuando, ingenuo como el resto de ciudadanos, había confiado ciegamente en la palabra de los dirigentes y ni siquiera se había preocupado de leerlos en profundidad.

De todas maneras, de haberlo hecho, con toda seguridad no habría cambiado el sentido de su voto porque hubiera considerado que, al menos, suponían un avance con respecto a la primitiva y endeble Constitución Terrestre. Además, por qué no decirlo (sí, eso, por qué no; total, el que escribe está claro que es un incontinente verbal), la presión social y política que se ejerció sobre los ciudadanos durante los meses previos resultó no ya solo asfixiante, sino, directamente, un ejercicio de proselitismo global como la humanidad no había visto otro.

Los políticos utopitaristas, que eran la abrumadora mayoría —ya lo sabemos—, tras admitir, con disgusto, algunas enmiendas de los intimistas a la redacción final de los Cánones Utópicos, obligados por su inquebrantable combatividad y sus interminables maniobras legales, pero, principalmente, hastiados de la dilación que estaban provocando, consiguieron revertir aquella molestia en una impagable ventaja: la Representatividad determinó que en la elaboración de la nueva ley constituyente habían participado todas las “sensibilidades” políticas, por lo que suponía un bien indiscutible para la humanidad y, por lo tanto, era conveniente que fuera aprobada por los ciudadanos. De esa forma, y en aplicación de los cuatro principios de la seguridad informacional, se prohibió la difusión de informaciones y opiniones no ya que promovieran, sino incluso que mencionaran la posibilidad de emitir sufragios negativos.

En consecuencia, votar en contra solo se le hubiera ocurrido a un insensato o un suicida. Oficialmente no hubo ninguno, aunque el rudimentario sistema de recuento que se utilizó no ofreciera, precisamente, una rigurosa garantía sobre aquel extremo. Seguramente, esa fue la razón por la que se dispuso: los utopitaristas ansiaban obtener el consenso unánime de la humanidad al completo, ya que lo consideraban el refrendo definitivo a su doctrina, así que no estaban dispuestos a que cuatro dementes, cuatro irresponsables lo empañaran. Si los hubo, realmente no debieron de ser más que un puñado, y, para la imperecedera gloria del régimen naciente, como por el capricho de un chaval travieso (amarillo y con los pelos de punta), se los multiplicó por cero, de manera que el halo de universalidad del que se pretendía dotar al anhelado acontecimiento quedó impoluto.

A Futuro, aunque nunca se le hubiera ocurrido dudar de que la unanimidad hubiera sido absoluta, la aprobación ciudadana le traía sin cuidado. Que él supiera, la democracia no formaba parte de los principios utópicos tradicionales. De hecho, si algo caracterizaba a su amada doctrina era su base científica, que le evitaba depender del manipulable criterio popular, de intereses bastardos y de tendencias pasajeras, y le permitía establecer sistemas infalibles para, justamente, proteger a la díscola humanidad de sí misma. ¿Qué sentido tenía someter la ciencia a votación? No se le podía ocurrir un disparate mayor.

Desde que había conseguido convertirse en el adjunto de la vicesecretaria del Distrito Cien, su desapego por el nuevo régimen, el real, no había hecho más que acrecentarse. A su alrededor no cesaba de detectar síntomas gravísimos de que todo estaba patas arriba, comenzando por el propio hecho de que él mismo se viera obligado a utilizar la expresión de nuevo cuño “principios utópicos tradicionales” como contraposición a los que, como resultado de una perversa ingeniería inversa, habían emanado de los Cánones Utópicos, cuando deberían haber sido estos los que tendrían que haber nacido, sin ninguna influencia adicional, de los que nunca debieron tener una alternativa.

¿Cómo podía haber sido tan iluso? Que la nueva ley constituyente se hubiera sometido a un referéndum (al hecho de que hubiera sido de tipo asambleario, ni le prestaba la menor atención) debería haber despertado sus sospechas. Aquel no había sido, desde ningún punto de vista, un proceder utópico, sino todo lo contrario, una persistencia indebida en errores del pasado: a lo largo de la historia, los dislates más atroces habían contado con la aquiescencia democrática de la población. De hecho, no había que irse muy lejos para encontrar nuevos ejemplos. La propia elección de Lucas Torrejón como gobernador del distrito cien de Ciudad Amor era una prueba irrefutable de que el ser humano no era de fiar, ni siquiera cuando se sumaba el intelecto de muchos en una supuesta deliberación colectiva. ¿Cómo podían haber elegido para un cargo tan relevante a alguien que ni siquiera formaba parte del Colegio de políticos? ¿Cómo podían haber puesto tanto poder en manos de un candidato que ni se había dignado a respetar los tiempos, las etapas intermedias por las que pasaban todos los que aspiraban a ocupar un cargo electo? ¿Qué escondía aquel inquietante personaje? ¿Cuáles eran sus verdaderas intenciones? ¿Por qué casi nadie se daba cuenta de lo inadecuado, injusto e indebido que había sido su nombramiento? ¿Por qué estaba cada vez más solo en la defensa de lo correcto, lo decente y lo adecuado, por el bien de todos, por un mundo feliz?

El joven y determinado Futuro, cuando realizaba estas reflexiones, se olvidaba de que, aunque quizás sí que fuera cierto que los principios utópicos tradicionales no promovían el sometimiento de ninguna legislación a la voluntad popular, sí que defendían que los representantes políticos fueran elegidos democráticamente, aunque ello se debiera a que relativizaban su relevancia, al considerar que, al estar subordinados a las propias leyes y, no en menor medida, a la imprescindible corroboración científica —cuando de lo que se trataba era de alterarlas o ampliarlas—, su margen de actuación era muy limitado (esa era, al menos, la teoría). Adicionalmente, se había demostrado (científicamente, claro) que las jornadas de votación popular —a las que los medios de comunicación, perpetuamente atrapados entre el eufemismo y la cursilería, aún se referían como “fiestas de la democracia”— elevaban el sentimiento de colectividad, dignificaban la vida de los ciudadanos y contribuían a equilibrar el sistema. En resumidas cuentas: la elección de Lucas Torrejón había sido la consecuencia de un proceso absolutamente utópico, incluso en la acepción más “tradicional” del término.

Pero Futuro cada vez estaba más pendiente del dios justiciero que había alumbrado en su interior y menos de la realidad. Su desprecio visceral por las imperfecciones humanas le cegaba. Su obsesión por el advenimiento de un mundo libre de las nefastas consecuencias de la colosal capacidad de errar de sus semejantes no hacía más que crecer. Al fin y al cabo, ¿quién en su sano juicio podía aceptar que el destino del planeta dependiera de un ser —el humano— tan limitado que no era capaz de realizar operaciones matemáticas con una fiabilidad superior al noventa por ciento; que había creado atrocidades como la guerra o las religiones; que había contaminado el planeta y derrochado sus recursos; que se había reproducido sin control, como la plaga que era; que había masacrado sin piedad, hasta llevarlas a la extinción, a tantas especies animales y vegetales que no se había podido precisar su número exacto; que vivía prisionero de un celo perpetuo, siempre obsesionado con el apareamiento, ¡con el sexo!, incluso cuando aquella actividad primitiva y repudiable ya no jugaba ningún papel en la procreación?

Un mundo feliz era un mundo en el que el ser humano dejara de comportarse como tal y aprendiera a hacer lo correcto. Eso era lo que se necesitaba: un mundo ahumano. Esa era la verdadera utopía. Y debía acontecer. Pronto. Lo antes posible. Por el bien de todos.

Tristemente para él, pese a toda su determinación, pese a toda su rabia, pese a todo su odio, Futuro no podía evitar ser tan imperfecto como cualquier otra persona. Sus capitulaciones ante las necesidades terrenales le repugnaban, pero incurría en ellas periódicamente, sin poderlo evitar. Se sentía como un adicto incurable en perpetua lucha consigo mismo, que de pronto se olvidaba de todas sus buenas intenciones, ponía la mente en blanco y se dejaba llevar. Porque su voluntad, sencillamente, no daba para más. Porque no era capaz de desintoxicarse de su humanidad.

Por todo ello fue por lo que sintió tanta aversión por el poema que le invitó a leer la secretaria del Distrito Cien —como el lector esmerado recordará— cuando se dirigían, en compañía también de la vicesecretaria y de otros funcionarios, hacia la junta extraordinaria de delegados locales de la Representatividad que el presidente había convocado en Ciudad Progreso. Aquellas líneas de longitud irregular, de musicalidad inevitable, preñadas de metáforas sugerentes, no despertaron en su corazón el inadecuado deseo de compartir su intimidad con una mujer… indeterminada, sino con una muy en concreto, a la cual había conocido hacía solamente tres semanas, justamente durante su anterior recaída en su inevitable condición humana.

Aquellas palabras ajenas escritas en verso le hicieron desear volver a ver a Virtud con tanta intensidad que sufrió un doble ataque de nauseas: por un lado, debido a la feroz ansiedad que se había adueñado de su estómago; por otro, a consecuencia del asco que sentía hacia sí mismo. Hondamente decepcionado, Futuro consideró que su debilidad era inaceptable. Más aún, le pareció que era su obligación demostrarse, de una vez por todas, que podía controlar sus instintos, bajos, ruines, primitivos.

Cuando ya se hubo acomodado en la habitación que le había sido asignada en el lujoso hotel en el que fueron alojados todos los convocados a la junta extraordinaria, aprovechó que durante el resto de la jornada no tenía obligaciones que atender, pues las conferencias y reuniones no comenzaban hasta el día siguiente, y se desplazó hasta una gran librería, la más completa que había en aquella sección, según le había informado la NIEBLA.

Irrumpió en ella sobre su PATINETE, sin reparar en nada ni mirar a nadie, a más velocidad de la recomendable, frenéticamente seguido, en posición relativa estacionaria, a unos sesenta centímetros en la dirección perpendicular a la tangente de su coronilla, por su IVAN cilíndrico de colores utópicos, que hubiera ido sacando la lengua de haberla tenido. Antes de entrar, Futuro ya había localizado, a través de las grandes puertas trasparentes de apertura automática, a uno de los libreros, hacia el que ahora se dirigía.

El buen hombre estaba hablando animadamente con una inmensa mujer de grandes ojos en un rostro sin vello en una cabeza sin vello, que posiblemente se acercara al máximo índice de masa corporal permitido, si es que no lo había superado ya y estaba siendo obligada a seguir una cura de adelgazamiento forzosa, por su propio bien. Tan gorda estaba que en vez de desplazarse sobre un PATINETE, lo hacía sobre una silla flotante adaptada, de las que contaban con autorización para transitar por la vía pública. Era evidente que aquellos dos estaban de cháchara. El funcionario estatal pensó que quizás al dependiente le atrajeran las mujeres extremadamente rollizas y estuvieran flirteando. En cualquier caso, en ese momento él carecía del tiempo y de la paciencia imprescindibles para esperar estoicamente a que terminasen su insustancial conversación. Con no muy buenos modos, se insertó entre ambos y, dirigiéndose a la mujer, dijo:

—Señora, es una urgencia.

Y lo era, pero no del tipo que infirió la gordinflona al percatarse de que aquel muchacho iba ataviado con un traje solemne, lo cual, al ser ese un día de lo más ordinario (sin efemérides ni celebraciones destacadas), solo podía significar que era un alto funcionario, lo que le pareció que quedaba más que corroborado cuando se dio cuenta del modelo del IVAN que flotaba encima de él.

—Sí, sí… Sin problemas —respondió la mujer, y se apartó unos metros, para no parecer entrometida.

—Estoy buscando un libro —le dijo entonces Futuro al librero.

—¿Alguno en concreto o deseas una recomendación? —inquirió el hombre.

—No, no… —contestó el muchacho—. Uno en concreto. Se titula Libertad equis. Tiene las tapas de color verde. Es de poesía.

—Ah, sí, claro… Libertad DIEZ —dijo el dependiente—. Ahora mismo te traigo un ejemplar.

—No, no… Libertad EQUIS —insistió el joven.

—Sí, sí… Es el mismo libro —le aclaró el otro—. La equis en realidad significa diez. Forma parte de un antiguo código numérico, el romano.

—Bien, bien… Lo que sea —replicó el funcionario, que no sentía ningún interés por aquel asunto. Inmediatamente, hizo un gesto con la cabeza, dando a entender que ya le parecía bien que lo fuera a buscar.

El hombre volvió al cabo de unos segundos con un libro en las manos. Se lo entregó a Futuro, que lo inspeccionó y lo hojeó durante un instante. Efectivamente, ese era el que iba leyendo la secretaria del Distrito Cien durante el trayecto que los había traído hasta Ciudad Progreso, uno de cuyos poemas le había provocado el insufrible terremoto anímico que con tanto empeño quería apaciguar.

—Sí, es este —confirmó. Entonces, miró al librero directamente a los ojos y, en tono reprobatorio, añadió—: ¿Ya te parece bien vender libros que ni siquiera tienen el sello oficial de advertencia de que su información puede no ser segura?

El otro se encogió de hombros y se justificó:

—Es un libro antiguo… Además, es de poesía… ¿Qué daño pueden hacer unos cuantos poemas? —A continuación, se lo pensó mejor, tornó su semblante de ligera disconformidad en otro de estricta seriedad y rectificó sus palabras—: Aquí solo vendemos lo que la ley permite vender.

—Sí, ya… —objetó el funcionario—. Lo que la ley permite vender… Así va Utopía.

Entonces, extrajo su cuña monetaria de su bolsillo, a lo que el librero reaccionó acercándole una ranura de pago portátil.

Futuro pagó y se marchó con la misma brusquedad con la que había llegado.

Ya de vuelta en la habitación del hotel, se sentó en la silla (en este caso, era clásica y no flotante) que había frente al amplio escritorio que estaba situado junto a una de las paredes, la opuesta a la de la cama, y dejó el libro sobre la mesa. “Solo son palabras… Solo son palabras… No tienen poder sobre mí… Debo controlar mis instintos… Debo controlar mis instintos… No soy un animal… No soy un animal…”, se decía en sus pensamientos. Y, dispuesto a demostrarlo, sinceramente convencido de que lo lograría y aquel momento supondría un hito en su vida a partir del cual se vería libre de la tiranía de las hormonas y se convertiría en un hombre mejor, más feliz, menos humano, abrió el poemario por una página al azar. Leyó.

Soñé haberte visto
en la vigilia del primer beso
que me regaló tu amor
Fue aquel un roce imprevisto
un amoroso suceso
que se llevó mi dolor
y trajo nuevos recuerdos
inesperados y hermosos
de un mundo incruento
de esperanza y arrojo
en el que la antigua soledad
se olvidó de mí
y a la caza partió
de los que mucho sufrí
y su insaciable maldad
Pero eras realmente tú
el que me encandiló
en aquel sueño premonitorio
de felicidad y salud
o quizás me confundí
y anhelando el tacto de un ángel
me atrapó un demonio
con parecido bagaje
al de los que ya conocí
Serás tú mi amor
mi merecida salvación
o bien otro duro aprendizaje
Por una vez creeré que Dios
ya terminó conmigo
y a otros buscó
para mostrar el ahínco
de su ira salvaje
y que nuestro encuentro
no es otra trampa
de las que tanto temo
de las que siempre me alcanzan
y destrozan mi vida por entero.

Cerró el libro. Supo que acababa de ser vencido por su satanás particular. Era imperdonable, pero debía reconocer que había sido una derrota sin paliativos. Y definitiva. Para qué negarlo. No era rival para sus propios impulsos. No tenía sentido seguirse resistiendo, seguirse engañando, seguir pretendiendo ser lo que no era… Era débil y caprichoso… Como todos los humanos. Era uno más.

IVAN, solicita una comunicación visual con Virtud Mena —le ordenó al artilugio que siempre le seguía.

Al cabo de un instante, una proyección holográfica de medio cuerpo de la de los grandes ojos verdes apareció delante de él.

—Hola. ¿Qué quieres? —dijo, con tono seco.

Que hubiera aceptado su llamada le pareció una buena señal, pero, ahora que la volvía a ver, aunque fuera mediante una comunicación a distancia, se sintió tan vulnerable, tan temeroso de que no reaccionara como él deseaba, que creyó estar temblando y tartamudear al hablar.

—Yo… El otro día… No era mi intención precipitar los acontecimientos… El ALCAHUETE daba la opción de la noche de hotel… Como tú también la aceptaste, creí que ya estabas de acuerdo…

La muchacha le interrumpió:

—Yo no la acepté —aseveró tajantemente, sin dejar de mostrarse áspera.

A Futuro aquella réplica lo pilló desprevenido. La aplicación de emparejamiento le había confirmado claramente que sí que lo había hecho.

—Pues a mí esa es la información que me dio el programa: que tú también habías marcado la opción.

—Yo no marqué nada —reiteró Virtud.

Estaba visto que en el siglo XXXI, las mujeres, incluso las ingenieras, conservaban la prerrogativa de poderse arrogar la razón siempre que lo desearan, aun en contra de toda lógica (el que escribe puede escuchar los aspavientos de disconformidad de las lectoras, pero nunca ha podido evitar que le resulte divertido aventar ciertos estereotipos menores, con propósito únicamente festivo).

El muchacho —hizo bien— decidió obviar aquel detalle.

—Bueno, en cualquier caso, te decía, no era mi intención forzarte a nada… Lamento mucho que te sintieras ofendida.

Eso ya le sonó mejor a la joven programadora de la ESENCIA, que desarrugó la clara y le regaló una mirada condescendiente. Futuro advirtió el cambió y decidió que había llegado el momento de ir al grano.

—Y… La verdad es que… me gustaría volverte a ver… Si te parece bien.

—Bueno… —respondió ella—. Pero nada de “alcahuetes” ni de hoteles, esta vez.

—Me parece fenomenal —confirmó el muchacho.

A continuación, concretaron la cita y se despidieron.

El profeta del dios vengador que moraba en su corazón se sintió el humano más feliz de las Diez Ciudades y, a la vez, el ser más zafio y despreciable. Resignado, entendió que no tenía otra alternativa que aceptar aquella confusa dualidad.

Viviría su vida privada de la misma forma rastrera y mezquina que cualquier otro hombre. Porque no lo podía remediar. Porque era débil. Porque le resultaba… satisfactorio y le hacía sentir… bien, y aquellas sensaciones eran… irresistibles.

Pero, a la vez, continuaría luchando por el advenimiento de la verdadera Utopía, del mundo feliz en el que los seres humanos se verían obligados a comportarse adecuadamente y dejarían de ser tan insufriblemente… humanos.

Mejor pensado, aquella situación tampoco era tan desconcertante. Sencillamente, él era una oveja descarriada más. El poder de reunir y guiar al rebaño no era suyo, sino de los principios utópicos tradicionales, el verdadero y único dios.

Ese que le hablaba en susurros cuando permanecía en silencio y meditaba sobre él.

Ese que lo salvaría de su propia naturaleza. Junto con el resto de la humanidad.

Aleluya.


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