Como la vez anterior, el frío no precedió la llegada de los espectros, sino que la presagió. Los espíritus errantes de los difuntos habitan en un plano de la existencia donde las leyes físicas nunca fueron instauradas. Su lugar lo ocupa un sofisticado código de comunicación formado por metáforas sensoriales, alegorías oníricas, fábulas y moralejas. Los fantasmas no son hechos ni realidades, sino mensajes de enseñanza o advertencia. Como tales, no es posible anunciar o calcular su presencia o sus acciones, solo adivinarlas, con una altísima probabilidad de error. Tampoco se puede entender lo que dicen, solo presentir lo que quieren decir; menos aún, percibirlos, solo imaginarlos, soñarlos o intuirlos. A veces, incluso, su sibilina comunicación se reduce a un falso vaticinio: alguien predijo que aparecerían, como así habría podido ser, pero no lo hicieron, porque eso era exactamente lo que pretendían.
Lo anterior es un extracto de la entrega que comienza a continuación, para que aparezca en los resúmenes automáticos. Disculpa las molestias.
En entregas anteriores: Durante el día, la doctora Valeria Cifuentes trabaja como psicóloga en el distrito cien de Ciudad Amor, en el siglo XXXI. Llegada la tarde, bebe hasta perder el conocimiento, para intentar mitigar la terrible aflicción que siente desde la muerte de su jovencísima hija. Cada mañana, a las siete en punto, su RAUL le administra una inyección de nanoéter magnetorgánico, que elimina los efectos de la resaca y le permite volver a comenzar el ciclo. No hace mucho, la doctora experimentó lo que no sabe con certeza si fue un sueño, una alucinación o algo completamente distinto, en el que se le aparecieron los fantasmas de Luz y Raúl, dos muchachos del siglo XXI, que la acusaron de haber permitido que mataran a su hija. Pocos días después, recibió por primera vez a una nueva paciente, la melancólica Loreto.
Dejar la bebida era el proyecto de la doctora Cifuentes, un proyecto nuevo y, desde el mismo instante en que se lo había planteado seriamente, perentorio.
Solo unos días antes, Valeria estaba completamente convencida de que jamás reuniría el coraje necesario —hercúleo, colosal, ciclópeo, titánico— para abandonar al peor de los amantes, el más cruel de todos, el más inhumano, capaz de subyugar la voluntad de cualquiera que no se apartara a tiempo de su abrazo falsamente cálido, de sus caricias anuladoras, de su acogedor manto que en realidad era una mortaja.
En el siglo XXXI, todo era muy distinto respecto a cien, quinientos, mil o cinco mil años atrás: los humanos habían cambiado físicamente, la estructura social se había apartado (o liberado) de los dictados de la naturaleza, nuevas teorías políticas de reciente creación habían desterrado a las tradicionales… Sin embargo, el alcohol seguía siendo el mismo embaucador despiadado que la primera vez que a alguien se le ocurrió la infeliz idea de beber zumo fermentado. ¡Humanos curiosos! ¡Humanos temerarios! ¡Humanos imprudentes! ¡Humanos arrogantes! ¡Humanos irresponsables que, con la despreocupación propia de un bebé, se empeñaban en poner en funcionamiento fuerzas incontrolables!
Desde los albores de la civilización, las bebidas alcohólicas habían recibido con exquisita hospitalidad a cualquiera que llegara a su morada, accidentalmente o engañado por uno de sus innumerables acólitos. Le invitaban a pasar efusivamente, le proporcionaban abrigo y alimento, e insistían en que se quedara a dormir. Al incauto caminante de la vida —cualquier hombre, cualquier chiquillo, cualquier mujer, cualquier chiquilla— se le aparecían como un venerable anciano de espesa barba blanca, túnica gris, sandalias de cuero y alto bastón rústico; un viejo, sabio y cariñoso, que le regalaba su afecto y su ilustrado consejo, proporcionándole un gran bienestar a cambio de prácticamente nada: un puñado de neuronas y quizás un leve dolor de cabeza al día siguiente. Si las visitas se repetían con la suficiente asiduidad, a medida que se le iba conociendo mejor, su aspecto no variaba, pero su trato se iba tornando áspero y sus lecciones, despóticas. Su discurso cada vez más exacerbado y despectivo iba calando, primero, en el ánimo de su imprudente discípulo, luego, en su mente. Cuando ya lo había convencido por completo, el anciano se despojaba de sus vestiduras y dejaba al descubierto su cuerpo desnudo, delgado, de músculos viejos pero compactos, que resultaba estar cubierto por cientos de tatuajes violáceos, un tercio de ellos, de esvásticas de todos los tamaños, otro tanto, de machos cabríos, y, el restante, de invocaciones en latín. Completado el maleficio, el que en la primera visita era solo un excursionista curioso se había convertido en un fanático enajenado, en un perverso maltratador, en el mejor de los casos, de sí mismo, en el peor, de sus seres queridos.
Afortunadamente, Valeria se encuadraba entre los primeros: solo había destrozado su propia vida, a los demás los había dejado tranquilos. Tal vez porque la esencia de su ser era bondadosa, o quizás como consecuencia de que, en el fondo, siempre había sido una cobarde, o, con más probabilidad, debido a que, de hecho, no había nadie lo suficientemente cerca de ella para que se viera afectado por la onda expansiva. El nanoéter magnetorgánico, en cualquier caso, no había tenido nada que ver. Su efecto no mitigaba los estragos del alcohol. Libraba a los borrachos de sus resacas, pero no de su adicción, ni de su condena. Tan solo les permitía fingir durante unas horas que eran personas sanas, hasta que los chillidos imperativos del satánico anciano nazi los obligaban a retornar a casa y volverse a vestir con su verdadera piel de monstruos.
Si la doctora había adquirido la firme determinación de dejar el alcohol no había sido porque, súbitamente, hubiera desarrollado un imperioso propósito de enmienda, ni porque se hubiera despertado en ella el deseo de una vida mejor, sino porque, meramente, no estaba segura de quererse morir y su indecisión se había estrellado contra el terrorífico convencimiento de estarse volviendo loca. De abandonarle la razón por completo, su suerte estaría echada. No se quería arriesgar. No se podía arriesgar.
Pero ¿y si, en realidad, sus dudas no eran tales? Quizás tuviera la absoluta certeza de que no deseaba abandonar este mundo. Tal vez no había ningún otro pensamiento que le provocara un pavor de parecido calibre. Quizás el miedo a la muerte era el sentimiento que experimentaba con mayor intensidad, más incluso que la angustia y la desesperanza que le había provocado la pérdida de su hija. ¿Realmente era tan egoísta? ¿Realmente vivía tan enfermizamente centrada en sí misma?
Sea como fuere, el “ya basta” lo espetó en la cara del viejo a la mañana siguiente de su segundo encuentro con los fantasmas.
Como la vez anterior, el frío no precedió la llegada de los espectros, sino que la presagió. Los espíritus errantes de los difuntos habitan en un plano de la existencia donde las leyes físicas nunca fueron instauradas. Su lugar lo ocupa un sofisticado código de comunicación formado por metáforas sensoriales, alegorías oníricas, fábulas y moralejas. Los fantasmas no son hechos ni realidades, sino mensajes de enseñanza o advertencia. Como tales, no es posible anunciar o calcular su presencia o sus acciones, solo adivinarlas, con una altísima probabilidad de error. Tampoco se puede entender lo que dicen, solo presentir lo que quieren decir; menos aún, percibirlos, solo imaginarlos, soñarlos o intuirlos. A veces, incluso, su sibilina comunicación se reduce a un falso vaticinio: alguien predijo que aparecerían, como así habría podido ser, pero no lo hicieron, porque eso era exactamente lo que pretendían.
Sí, en eso se habían convertido Luz y Raúl al morir: en espíritus errantes. En ese estado permanecerían durante un milenio… al menos. Luz, por quitarse la vida con sus propias manos. Raúl, por razones que aún reposan en el fondo del baúl de lo pendiente de ser narrado.
Antes de su segundo encuentro con la doctora, el frío presagió su llegada, de la misma forma que podía no haberlo hecho. Al hacerlo, la precedió, pero el caso contrario también habría sido posible, hasta que dejó de serlo.
Aquella tarde Valeria bebía sentada en uno de los sillones flotantes que utilizaba para las sesiones con sus pacientes. No solía emborracharse ahí, posiblemente porque se lo impedía el defectuoso sentido humano de la causalidad, el mismo que engendró todas las supersticiones. Valeria debía de temer, conscientemente o no, que si no mantenía una cierta separación entre su trabajo y su alcoholismo, el segundo acabaría por afectar al primero. Los asientos que usaba para las terapias simbolizaban, pues, el último reducto de su sobriedad. Ese fue el primer mensaje de los fantasmas, enviado años antes de que se le aparecieran por primera vez, cuando su recaída en el alcoholismo ni siquiera se había completado. Un mensaje en forma de superstición personal.
El segundo fue el sillón que eligió para sentarse: el de los pacientes. Ese día era ella la que necesitaba ser escuchada. Reflexionar. Confesarse. No fue una decisión consciente. Si alguien la hubiera interpelado, no habría sabido explicar qué hacía bebiendo ahí. Menos aún en ese asiento en concreto. El poder de los espíritus errantes puede sentirse, pero no es posible incorporarlo en ningún razonamiento. A ellos pertenecen todos los “no sé” y todos los “porque sí”.
El tercer mensaje comenzó con la inteligencia artificial que controlaba la oficina volviéndola a ignorar. Esta vez, la doctora estaba absolutamente segura de que su borrachera no era tan intensa como para que afectara gravemente a su dicción y el cerebro informático no la pudiera entender. Insistió e insistió. “Temperatura al noventa por ciento”, repetía una y otra vez. Hasta que se hartó.
—NIEBLA —dijo, acudiendo a una instancia que creía superior, pero que era la misma—, comprueba el funcionamiento de los sistemas domóticos.
—Todos los sistemas funcionan correctamente, doctora —aseguró al instante la voz neutra, pero dulzona, de la red estatal de IAs.
Valeria, que tenía el codo izquierdo apoyado en el reposabrazos del sillón flotante, enderezó el antebrazo y dejó caer la frente contra la palma de su mano. No se lo podía creer. ¿Se habrían confabulado todos los mecanismos del mundo en contra suya?
—Entonces, ¿por qué la calefacción no está al noventa por ciento de su potencia? —preguntó, desesperada.
En su intento de dar con la réplica adecuada, los algoritmos de la ESENCIA resbalaron un par de veces y a punto estuvieron de romperse la crisma. Aquel era un terreno muy resbaladizo. ¿Cómo se respondía a una pregunta que demandaba explicaciones sobre algo que no era cierto? Sencillo para un humano, enrevesadísimo para una mente cibernética. A trompicones, solo fueron capaces de llegar hasta un callejón sin salida, oscuro y angosto, plagado de contenedores rebosantes de bolsas de basura, entre edificios sucios y altísimos, al final del cual, de pie frente a un muro de ladrillos coronado por una tela metálica terminada en alambre de espino enrollado, esperaba una respuesta basta y bravucona, que vestía una chaqueta de cuero que incorporaba un cinturón de ojales remachados con acero y hebilla del mismo material, unos tejanos con un desgarrón en cada rodilla, un par de botas militares y gafas de sol. Entre los dientes sujetaba una cerilla, con el extremo en el que estaba el fósforo hacia fuera. Parecía la mismísima madre de Hache en versión masculina. Y decía:
—No lo sé precisar.
Justamente lo que le faltaba por oír a la doctora.
Dijera lo que dijera aquel trasto, ella cada vez tenía más frío. La gélida temperatura amenazaba con despejarla y arrancarla de los cálidos maltratos del viejo tatuado. La botella de vodka, la cual tenía agarrada por el cuello con su mano derecha, parecía de hielo y no de cristal. Sus riñones chillaban alarmantes latidos pungentes. Su aliento se había tornado visible. Comenzó a tiritar.
Todavía con la cabeza apoyada en su mano, cerró los ojos y, entre un notable castañeteo de dientes, le preguntó a la NIEBLA (o a la IA de su apartamento, lo cual era lo mismo):
—¿A qué potencia está la calefacción?
Esa sí que se la sabía.
—Al noventa por ciento, doctora Cifuentes —respondió con diligencia.
La alcohólica y alcoholizada mujer se quedó estupefacta. Era imposible que los sistemas de regulación de la temperatura estuvieran fallando y la IA de su oficina no lo hubiera detectado. Solo había una explicación razonable: quien no estaba funcionando bien era ella misma. No había ninguna conspiración cibernética, simplemente debía de estar terriblemente destemplada. Pero ¿y el vaho que salía de su boca? ¿Y el tacto helado de la botella?
Esa fue la conclusión del tercer mensaje de los fantasmas: qué no debería poner en duda si incluso los sentidos la engañaban.
El desarrollo de los acontecimientos hizo patente, al final, que el frío ni siquiera había sido un presagio, sino, únicamente, un punto y coma en el preámbulo de la fábula en la que las metáforas conjuradas por los espíritus errantes se iban engarzando.
Tras el lánguido inicio, el relato se tornó más fluido.
Valeria sumó un escalofrío a su frígido estado. ¿No sería que…?
Irguió la cabeza y abrió los ojos. Un cuervo se había posado sobre el respaldo del sillón flotante en el que acostumbraba a sentarse durante las sesiones de psicoterapia. Estaba cara a ella, pero parecía distraído e indeciso. Sin prestarle atención, no cesaba de desplazarse lateralmente, ora un poquito hacia la derecha, ora hacia el lado contrario, como si no consiguiera encontrar el sitio justo en el que descansar. Quizás estaba inquieto. Tenía el plumaje más negro que una tonelada de carbón y un poco descuidado. Aquí y allá asomaban algunas plumas que se negaban a alinearse con las demás. Finalmente se detuvo y la miró. Sus ojos eran imposiblemente azules. Parecían dos estallidos de vigilia en medio de la noche más cerrada. Abrió las alas en toda su extensión y emitió el graznido más escalofriante. Inmediatamente, se calmó y, quieto como si lo acabaran de disecar, permaneció con la mirada clavada en la doctora.
Apareció entonces un antiguo conocido. Era el lobo gris de iris marrones. Parsimoniosamente, avanzó por uno de los costados del sillón sobre el que estaba el ave. Al caminar, sus rígidas uñas chocaban contra el duro y liso suelo, produciendo un ruido seco que retumbaba con intensidad en la habitación, debido al aislamiento sonoro. Siguió hasta que estuvo situado enfrente de la mujer, entre los dos asientos. Dócilmente, se sentó y fijó en ella su atención.
La doctora permanecía inmóvil. Supuso que, pese al compromiso de contención que últimamente había contraído consigo misma, otra vez habría bebido hasta perder la consciencia. Pero no le parecía estar dormida. De pronto, su visión se tornó borrosa. El sillón de los pacientes se convirtió en una mancha turbia. Progresivamente, se fue volviendo más clara, como si su vista se fuera enfocando, hasta que lo que antes había sido solamente un asiento vacío pasó a ser una chica sentada donde habitualmente lo hacía ella durante las sesiones.
Era el fantasma de Luz. Su espalda estaba muy recta y la tenía totalmente apoyada contra el respaldo. Su cuello, perfectamente erguido. Su rostro había superado la frontera de la seriedad: no tenía expresión ninguna. La ausencia de todo rastro de sentimientos resultaba espeluznante. Portaba el que era su uniforme de espectro: un vestidito negro de tirantes que le llegaba hasta las rodillas. El borde inferior, que estaba rematado por un bordado, reposaba ahora sobre sus muslos. Quizás era un camisón. Sus extremidades superiores descansaban adecuadamente sobre los reposabrazos. Tenía las manos extendidas, boca abajo. Sus pies colgaban, sin tocar el suelo. Sus uñas pintadas de oscuridad se rebelaban contra la palidez de su piel. Al igual que sus dos acompañantes, miró a Valeria. Habló.
—¿Qué hay de dulce en la pena?
Dime, tú que salvas mentes
de sus terribles condenas,
¿qué hay de dulce en la muerte?
La doctora sabía muy bien a qué se refería el fantasma. No tenía ganas de conversar sobre ello. Contestó sucintamente:
—Mi hija enfermó. Se hizo todo lo posible por salvarla. No pudo ser.
Encogió los hombros, como si realmente creyera lo que acababa de decir, como si se conformara con ello. El fantasma replicó:
—Cayó por un precipicio
espoleada por otros.
Se le negó el beneficio
de suponer que los locos
fueran de buen principio
los que ni mucho ni poco
entendieron los designios
de su espíritu lloroso.
Por solo algunos indicios
se lo arrebataron todo.
¿Qué puede haber de limpio
en terminar de ese modo?
Valeria dibujó una mueca de hastío y disconformidad. Había discutido demasiadas veces consigo misma sobre aquello.
—No era un “espíritu lloroso” —alegó, con poco ánimo y sin que pareciera preocuparle demasiado estar hablando con un fantasma—. Sufría gravísimas depresiones. Tenía continuas recaídas que la anulaban completamente. Su enfermedad se convirtió en un impedimento insalvable para el correcto desarrollo de su vida. No podía estudiar. No podía divertirse. No podía hacer nada. Solo sufría y sufría. Y hacía sufrir a su otra madre. Y hacía sufrir a sus amigos… —En ese punto, la doctora dudó, pero finalmente añadió—: Y me hacía sufrir a mí.
El espectro de la muchacha del siglo XXI la interrumpió:
—¿Acaso no haya plantas
que den frutos en invierno?
Si sin piedad se arrancan
porque nos lo pide el miedo
a que los días que pasan
entre los temibles hielos
sean horribles jornadas,
la fortuna no tendremos
de que la historia pasada
nos diga si florecieron.
La doctora no entendió lo que significaban aquellos versos, así que, una vez que le pareció que el espectro había terminado de hablar, continuó con su explicación:
—Se decretó que debía someterse a la Terapia de los Diez Meses. Ella sabía perfectamente lo que aquello significaba. Su vida no era vida. No podía seguir así. Se le dio la oportunidad de curarse. Tuvo todo el apoyo que necesitaba. Pero no quiso.… No quiso… No quería vivir… No quería vivir… —Los ojos de la psicóloga comenzaron a inundarse. Enseguida, se puso a llorar estruendosamente—. ¿Por qué no quería vivir?… ¡¿Por qué?! —exclamó entre sollozos.
Después, escondió la cara entre sus manos, como intentando contener las lágrimas.
La Luz viva se hubiera indignado y le hubiera respondido muy airadamente. Pero su fantasma era solo un fragmento de una fábula, solo traía enseñanzas… y advertencias. Como la que profirió a continuación, con los lloros de la doctora de fondo:
—Un día otra vendrá,
si no ha venido ya,
con un sufrimiento igual.
Cuídala y te cuidarás.
Ámala y te amarás.
Sálvala y te salvarás.
Mas si muere… morirás
y tu alma condenarás
a con nosotros errar.
Pese al escándalo causado por su propio dolor, Valeria escuchó aquellas palabras con total nitidez. Alarmada, levantó la cabeza, con la intención de demandarle más detalles al fantasma, mayor claridad, más información. Pero había desaparecido, junto con el lobo y el cuervo.
Volvía a estar sola en su oficina. Como lo había estado durante los últimos siete años. Desde que se llevaran a su hija. Desde que la mataran.
Los últimos versos pronunciados por el espíritu de la difunta muchacha la habían alterado tanto que había dejado llorar. Con los dorsos de sus manos intentó enjugarse las lágrimas. En ese momento, al sentir el contacto de su propia piel, supo que estaba despierta.
Si hasta aquel entonces aún había albergado alguna duda sobre su salud mental, ya no le quedaba ninguna. Se estaba volviendo loca. Aterrada, dejó la botella junto con el resto, en la mazmorra innombrable, y se fue dormir.
A la mañana siguiente, tras recibir el “chute” de nanoéter magnetorgánico de rigor, suministrado, como de costumbre, por su fiel RAUL, se levantó con la premura del que huye de la muerte. Sin ni siquiera calzarse, fue hasta el cajón donde guardaba las botellas, las agarró todas y las vació en el retrete.
Aquella tarde el puto viejo ya podía desgañitarse hasta que le reventara la puta cabeza, que esta vez se iba a joder.


