Si existe Dios, hay que reconocer que es un buen tipo, por mucho que los jevis solamos jugar a ser acólitos de su rival. Nos creó con la capacidad de amar, ¿acaso hay algo mejor?
El jefazo supremo podría habernos dado alas para que pobláramos los cielos, podría habernos dotado de agallas para que surcáramos los mares, podría habernos creado inmunes a las enfermedades, podría habernos fabricado de metal para que nada nos pudiera dañar, podría habernos regalado la inmortalidad, podría incluso habernos diseñado todopoderosos, ubicuos y omniscientes; pero prefirió hacerlo aún mejor. Parece que Dios se tomó nuestra creación muy en serio, puso toda la carne en el asador y no se anduvo con chiquitas: nos regaló el don supremo, la capacidad de amar.
Como hombre soy, y heterosexual de nacimiento, mi capacidad de amar está especializada en mujeres. A distancia las amo a todas: blancas, negras y mulatas; gordas, delgadas y hasta flacas; catalanas, madrileñas y polacas… Adoro a las tontas y a las listas, incluso a las que van de listas y a las que se hacen las tontas. Me gustan en invierno, enterradas bajo sus trapos, pero más aún en verano; me gustan en la playa y en la montaña; en la ciudad y en el campo; vestidas, en tanga y hasta sin ropa. Me gustan hasta dormido. Y sin hacer ningún esfuerzo. ¡Gracias, Dios mío!
Desde lejos las necesito a todas, pues soy un paseante incansable de su mundo. Me moriría sin verlas, sin mirarlas, sin oírlas, sin olerlas, sin bromear con ellas, sin sorprenderlas, sin tomarles el pelo, sin que me lo corten o me vendan café, sin leerlas y sin que me lean, sin que me regañen o se rían de mis gracias; pero de cerca con una me basta, pues cada mujer es una fuente inagotable de felicidad. La relación de amor entre un hombre y una mujer es inabarcable, ya que cada persona es un mundo infinito.
Si un cosmonauta declarara que no tiene suficiente con universo para explorar, pensaríamos que es un loco, y, en efecto, un loco sería. Un loco, un necio o un avaro, que no sé que es peor. Desear más cuando uno no puede ni acabarse lo que ya tiene no lo hacemos ni los gordos, lo hacen los que son deshonestos con sus propias capacidades, los egoístas, los megalómanos sin remedio…
¿Quién puede querer más cuando ya lo tiene todo? El que no sabe lo que tiene.
Cada mujer es un universo. Cada hombre es un cosmonauta de su mujer. Y viceversa. Ad infinitum et in aeternum.
Nota: Este artículo constituye mi reflexión personal sobre el poliamor.


