martes 24 de junio de 2008

Cálculo matemático del valor de la vida humana

Lee este artículo en el diario ADN.es
Las matemáticas bien aplicadas pueden explicarlo casi todo y explicarlo bien, pues lo calculable de forma unívoca es indiscutible. Que dos más dos son cuatro sólo pueden ponerlo en duda los bromistas, los iluminados, los megalómanos y los idiotas. Un claro ejemplo del poder de la ciencia de Euclides es que, con un poco de habilidad, nos permite calcular el valor de LA vida humana y el valor de UNA vida humana.

El valor de LA vida humana es lo mismo que decir el valor de que una persona se mantenga con vida. A saber: en este caso vida humana = persona viva.

A veces, la forma más fácil de calcular qué vale algo es medir un cierto conjunto al que pertenece, luego extraer aquello que queremos calcular, y volver a hacer la medición: la diferencia entre la primera medición y la segunda corresponderá al valor buscado. Lo explicaré con un ejemplo. Alguna vez escuché o leí una fábula sobre un rey que retó a un matemático a calcular el peso del humo de uno de sus puros, lo cual el matemático resolvió con pasmosa facilidad: pesando el puro primero, recopilando cuidadosamente las cenizas mientras el monarca listillo se lo fumaba, y pesando finalmente las cenizas junto con la colilla. La diferencia de pesos era, evidentemente, el peso del humo, por lo que el matemático ganó su peso en oro (ápice idílico de la vida de un gordo) o salvó el pescuezo o consiguió la mano de la hija cañón del soberano o un apartamento en Torrevieja, Alicante (o quizás tuvo mala suerte y se quedó con la Ruperta, el Chollo Malo o la Botilde —¡Dios, si soy viejo!—). ¿Qué no podrán calcular las matemáticas si pueden calcular lo que pesa el humo de un puro?

En nuestro caso, “extraer una vida humana del conjunto” es realizar la medición antes y después de la muerte de una persona. Claro que, en esta circunstancia concreta, aspirar a medir el conjunto (la humanidad al completo) no sólo NO es pasmosamente fácil, sino que además resulta contradictorio, pues la humanidad es un conjunto formado justamente por unidades de lo que queremos calcular (por vidas humanas). Cambiemos entonces ligeramente de estrategia: intentemos medir directamente el valor del cambio, algo que a veces es posible aunque parezca sorprendente (en ciertas situaciones, no somos capaces de calcular el valor inicial ni el final, pero sí la diferencia entre ambos estados). Para hacerlo, debemos dejar por un momento el mundo de las matemáticas y pensar en la muerte. ¿Podemos asignarle un valor concreto a la muerte de una persona —o a sus consecuencias— sin temor a quedarnos cortos? La respuesta es sencilla: no podemos (creo que estaremos de acuerdo en eso). ¿Qué significa eso en matemáticas? Que el valor de una persona viva —lo cual equivale al valor de la muerte de una persona, como ya he explicado (aunque con signos cambiados)— no puede ser otro que infinito, el infinito matemático —el ocho haciendo la siesta (∞)—.

Hagamos alguna comprobación a ver si el cálculo cuadra. Valor de la humanidad = (Número de personas vivas) x (Valor de la vida de una persona) = (Número de personas vivas) x Infinito = N x Infinito = Infinito. Tiene sentido: no podíamos esperar menos que el valor de la humanidad fuera infinito.

El listo de turno con tendencias cínicas —ya veo tu mano levantada, Eustaquio, tranquilo—, nos deleitará ahora con una previsible ventosidad mental: según lo explicado, el valor de la humanidad no cambia tras la muerte de una persona, pues antes y después es infinito, así que la muerte de una persona no vale nada. ¡Mal! ¡Punto negativo! ¡Vuelva Ud. en septiembre, por listo! Acabo de explicar, justamente, que la variación del valor de la humanidad al morir una persona es de infinito, pues ese es el valor de la vida de una persona. Es cierto que el valor de la humanidad seguirá siendo infinito (pues la suma de las vidas de las personas supervivientes lo seguirá siendo) pero será otro infinito distinto cuya diferencia con el inicial será justamente el infinito correspondiente al valor de la persona fallecida (resulta que hay muchos infinitos diferentes —aunque todos tengas propiedades similares y ninguno pueda ser abarcado por la mente humana—).

Es lo que tiene el infinito. Mola, el infinito. Es muy jevi, el infinito. Me voy a hacer una camiseta (negra, claro) con el símbolo del infinito impreso en blanco sobre el pecho y seguro que así me ligo definitivamente a mi barista graciosamente culona y de aspecto manga, y sin necesidad de cupillas.

Una vez que hemos sido capaces de enunciar una nueva “teoría” matemática, comienza lo divertido: aplicarla a casos concretos. Por ejemplo, se oye habitualmente la queja de que, con el actual código penal español, a un asesino los asesinatos a partir del segundo le salen gratis, así que tanto le da matar a uno que a ochenta. Esto se suele argumentar a partir del hecho de que en cualquier caso nunca va a cumplir más de —creo no equivocarme— treinta años de condena.

Teniendo en cuenta que ahora conocemos el valor matemático de la vida humana, podemos arrojar una nueva luz sobre este tema. Un asesino que asesina a una sola persona (aprovecho para recordar que asesinar es matar de forma NO accidental) disminuye el valor de la humanidad en infinito (como ya he explicado). El precio que hagamos pagar a un criminal por un delito cualquiera, matemática, económica y racionalmente, no puede ser de otra manera que proporcional al daño causado (al valor que le asignemos a ese delito). Que X sea proporcional a N, es lo mismo que decir que X = k x N, siendo k el factor de proporcionalidad que queramos aplicar. En este caso Condena = k x (Valor de la vida de una persona) = k x Infinito = Infinito. Es decir, la única condena adecuada —desde el punto de vista de mi teoría matemática— por asesinar a un ser humano es una condena infinita, lo cual equivale a la cadena perpetua.

¿Cuál sería la condena adecuada por asesinar a dos, tres, …, N personas? Condena = k x N x (Valor de la vida de una persona) = c x (Valor de la vida de una persona) = c x Infinito = Infinito. Es decir, en todos los casos la condena infinita. Para cada valor de N se trataría de un infinito distinto, pero infinito en cualquier caso, y, por lo tanto, correspondiente a la cadena perpetua.

Nuevamente, Eustaquio —que ha aprovechado el hecho de que estoy absorto con mis explicaciones para no acatar su justa expulsión del curso por listillo— vuelve a la carga con su cinismo simplón, intentando desacreditar mi teoría porque de ella se deduce que la vida de un asesino valdría lo mismo que la vida de sus víctimas, pues en ambos casos el valor sería infinito. Además, como reto definitivo, se jacta de que la vida de Hitler valdría lo mismo que la suma de las vidas de los millones de personas cuya muerte causó. ¡Pues no! ¡Muy mal! ¡Pírate de aquí listillo, pero ya, y ya hablaremos de si te veo en septiembre o directamente el año que viene!

El infinito, ya lo he dicho, es muy peculiar, muy jevi (ya lo dice Iron Maiden en su canción “Infinite dreams”: “La infinitud es difícil de abarcar”). El valor infinito es, en palabras vulgares, un valor inconmensurable, un valor inabarcable… No obstante, en casos concretos podemos conocer la relación que hay entre dos infinitos distintos, aunque no podamos abarcar a ninguno ni con el poder del jevimétal. Por ejemplo, es más que evidente que el infinito correspondiente a los números enteros es dos veces mayor al correspondiente a los números pares, pues por cada uno de los segundos hay dos de los primeros. ¿Qué relación hay entre el valor de la vida de dos personas distintas cualesquiera? La única respuesta admisible es que el valor de la vida de dos personas distintas cualesquiera es el mismo. Es decir, los infinitos que corresponden al valor de cada una de las personas que forman (o formaron o formarán) la humanidad son iguales entre sí.

Así que, dedicado a Eustaquio: Valor de la vida de Hitler = Valor de la vida de una persona, mientras que: Valor de la vida de las víctimas de Hitler = (N millones) x (Valor de la vida de una persona). Es evidente que: Valor de la vida de una persona < (N millones) x (Valor de la vida de una persona), lo que es lo mismo que decir que: Valor de la vida de las víctimas de Hitler > Valor de la vida de Hitler. La vida de Hitler no valía más que la de cualquiera de sus víctimas y valía exactamente N millones de veces menos que el valor de la vida de sus N millones de víctimas.

Una consecuencia de lo recién dicho, y no me parece ninguna frivolidad, es que ante dos situaciones catastróficas autoexcluyentes que vayan a conducir a la muerte de personas, la más deseable es aquella en la que menos personas mueran. Es decir, si alguien movido por el bien de la humanidad hubiera tenido en su mano la posibilidad de asesinar a Hitler en la cuna, la decisión correcta, según mi teoría, hubiera sido hacerlo. De la misma forma, cuando el héroe de turno decide saltar en ayuda de la novia buenorra pero un poco tonta, poniendo en riesgo la vida de los ciudadanos de Nueva York, toma una decisión egoísta y absolutamente hormonal (que lo decide con la polla, vamos), aunque al final acabe salvando a la novia y a los ciudadanos de Nueva York (porque es una película, claro). Tristemente para el héroe, en la vida real, de ser realmente un héroe, debería dejar morir a la novia buenorra pero un poco tonta, incluso si fuera espectacularmente bella e inteligente.

Siguiendo con el inicio del párrafo anterior, al comparar dos situaciones catastróficas que fueran a causar muertes, también habría que tener en consideración si entre las personas a morir hubiera algunas cuyas defunciones supusieran a la vez la muerte en un futuro inmediato de otras personas (por ejemplo, por ser médicos indispensables para salvar a ciertos enfermos). De haberlas, estas víctimas adicionales deberían ser también contabilizadas al hacer la evaluación. Es decir: la muerte de una persona A con la capacidad de impedir la muerte de N otras personas es menos deseable que la muerte de hasta N personas, pues en el primer caso morirían N+1 personas (los enfermos y el médico) y en el segundo, un máximo de N. Es decir, ante dos situaciones catastróficas cuya consecuencia directa fuera, o bien la muerte de un médico A, o bien la muerte de N personas, si la muerte del médico fuera a suponer la muerte en un futuro inmediato otras M personas, la situación inicial por la que decantarse sería salvar al médico y dejar morir a las N personas si M >= N; y la contraria si N > M.

Espero, amiguitas, que os haya gustado mi teoría matemática sobre el valor de la vida humana, así como sus aplicaciones concretas en la resolución de problemas de cariz básicamente filosófico, aunque a veces se den casos reales como los comentados (y sino que se lo pregunten al espíritu del presidente de los EEUU Harry S. Truman). Si efectivamente os ha satisfecho esta lectura y un día veis a un individuo irresistiblemente atractivo (de intención, al menos) que viste una camiseta negra con un ocho haciendo la siesta dibujado, sonreíd e invitadle a un café (sería lo menos, ¿no?).

En la clase de mañana, hablaré sobre cómo calcular el valor de UNA vida humana (el periodo comprendido entre el nacimiento y la muerte de un ser humano).

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