De los pederastas, la verdad, poco quiero saber. No me interesan sus motivaciones, sus disculpas, sus explicaciones, sus opiniones ni sus lamentos. Me interesan tan poco que ni voy a citar el artículo que ha inspirado este, pues incluye un vínculo a la web que ha lanzado la convocatoria del primer día del orgullo pederasta. No deseo facilitar el acceso a ella ni indirectamente. Ni siquiera la he visitado: me da asco sólo pensarlo. Es superior a mí. Me moriría por dentro si la visitara; mientras la visitara.
“Love Boy Day”, se ve que quieren llamar al engendro festivo. ¿Cómo se atreven a llamar amor a lo que hacen, a lo que sienten? Sus pulsiones son un error de la naturaleza, no tienen nada que ver con el amor, y mucho menos son algo de lo que sentirse orgulloso.
Si el día del orgullo psicópata tuviera como fin exaltar el asesinato como arte, ya no me parecería bien. ¿Os imagináis? Un día en el que los psicópatas glorificaran sus carencias y sus perversiones, su incapacidad por ponerse en los zapatos de los demás y su gusto por cortarlos en daditos bien pequeños. Eso es, tal cual, el día del orgullo pederasta.
La Guardia Civil redactó hoy un informe sobre la perversa convocatoria, concluyendo que no encuentra indicios de delito, pues en España la apología de la pederastia no lo es, y tienen razón.
Soy un defensor radical de la libertad de expresión, no me gusta que haya temas prohibidos, no me gusta que el estado ponga límites a lo que es correcto y lo que no, pero hasta aquí podíamos llegar. Urge legislar la apología de la pederastia como delito: debe quedar claro que la sociedad, en su conjunto, condena tajantemente y sin excepciones semejante conducta bárbara. Pero urge de verdad: los niños han de ser siempre lo primero, y protegerlos, aún más.


