El pelo he pensado en dejármelo largo varios centenares de veces, pero debo de tener genes africanos, pues me crece a lo escarola interdimensional, por lo que, cuando el radio aparente de mi cabeza supera los dos palmos, desisto y acudo espantado a la peluquera más cercana (el masaje capilar incluido en el precio es también un tentador incentivo para sacrificar sin piedad mi melena en potencia, no os voy a engañar). Suerte tengo, eso sí, de seguir pudiéndomelo plantear, a mi edad, justo entre los treinta y la decena siguiente, que no recuerdo muy bien cuál es. Vamos, que soy muchas cosas malas —catalán (en el resto de España) y no nacionalista (aquí), entre ellas—, pero calvo no, gracias. De nada.
Con respecto a la ropa, tampoco he vestido nunca el atuendo jeviata de rigor. La ropa ajustada es que no me sienta bien: nunca he tenido vocación de morcilla, aunque el relleno sí. Sé que la morcilla es una vianda muy poco catalana para usarla como metáfora de mí mismo, pero la butifarra no es tan densa. Si vistiera ajustado, yo sería morcilla. Cuatribarrada y respondona, pero morcilla.
Durante mi vida he vestido de varias formas diferentes, unas cuatro, pues tantas han sido las que he visitado El Corte Inglés para comprarme ropa. Pensaréis que son pocas, pero es que soy probadorfóbico, que es un tipo de claustrofobia que sólo suelen contraer los gordos. Cualquier gordo que lo sea y lo esté (yo siempre lo he sido —de nacimiento—, pero a veces no lo he estado) sabe perfectamente lo que es la probadorfobia. Su síntoma más evidente es que uno mismo, las bolsas de lo que ya ha comprado, su mochila, la ropa por probarse y sus codos no caben a la vez en un probador (si además se le ocurre entrar sin sacarse previamente los cascos del ipod, el drama está servido); ¡ni siquiera! en uno de la sección de tallas grandes, dado que el genio al cargo siempre se olvida de dimensionarlos adecuadamente para los clientes potenciales porque es un delgado.
¿Por qué el índice de obesidad entre la comunidad jevi es superior a la media nacional? Yo, que soy jevi y gordo, puedo preguntármelo. Como era de esperar, tengo mi teoría al respecto, pero la dejo para otra ocasión.
Con estos precedentes, entenderéis que yo soy un jevi de los de banda sonora vital. Para los poco (y las poco) vivos (y vivas): la banda sonora de mi vida es de acero y cuero (¡toma!, ¡doble horns y bang your heads!). Allá adónde he ido, el jevi siempre ha venido conmigo: primero, en musicasete; luego, en CD; ahora, en MP3; y en el futuro, implantado en mi cerebro —si eso es posible, que un tatuaje nunca me lo haría porque de casi todo me acabo aburriendo, pero del jevi, nunca, pues es parte de mí, siempre lo ha sido—.
Ahora mismo escucho el álbum Night Eternal, de los portugueses Moonspell. Buenísimo. De lo mejorcito que he escuchado este año. Os lo recomiendo a todas, hermanas del metal (podéis escuchar alguna de sus canciones de gratis en www.myspace.com/moonspell).
En resumen: este milenio, nuevamente, es el milenio del metal. Para nosotros y nosotras, los jevis y las jevis de all over the worldly world, cada milenio lo es. Es lo que tenemos la purria verdadera, que pasamos de consignas.
P.D.: Lo del “false metal” es también un interesante tema en sí mismo. Para mí el false metal, la verdad, no existe, pues el métal es como esta comunidad: abierto a todo el que quiera pertenecer a ella (desde Europe a Napalm Death). Pero el grito de guerra mola.


