Para que conste —apunta, Eustaquio—, dejadme que diga antes de seguir mortificándoos que yo no creo en Dios, ni en la vida después de la vida, pero me fastidian y hasta me joden los que para decir “agua” antes han de cagarse en la bendita. ¡Ups! ¿He dicho “cagarse”? “Anatemizar”, quería decir, que todo lo malo se pega.
Cantemos a la vida, pues, a la doble y a la triple, pero dejemos a los que creen que crean en paz. Respetemos su ignorancia, o la nuestra, porque no creer es creer y pensar lo contrario es creer que todo lo podemos pensar. Un momento, que viene Coco y os lo explica: si Dios existiera y quisiera que no tuviéramos pruebas de la vida eterna, no las tendríamos. Sí, amiguitos, lo que jode más aún que morirse —que eso, de hecho, lo hacemos cada día, un poquito— es aceptar que estamos dentro, y no fuera, atrapados en una realidad que nos gobierna, y no al contrario. Si las reglas de esta realidad son tales que de ellas se desprende que jamás podremos conocerlas: jamás podremos conocerlas. ¡Oh! ¡Sorpresa! Aunque Dios no exista, nosotros seguimos sin ser Dios.
Pero cantemos a la vida, reunamos a nuestras múltiples personalidades en el salón y organicemos una orgía de speed-dating entre ellas, a ver si finalmente nos aceptamos como somos.
Vida, amiguitos, sólo hay una. La hipoteca y los atascos son la fibra de nuestros sueños, pues soñar con el estómago vacío no sólo es difícil, sino lejano, pues cuando uno lo que más tiene es hambre se hace muy difícil dormir. ¡Ya está bien de tanto quejarse! Para disfrutar, no hay que huir. Para disfrutar, no hay que desdoblarse. Para disfrutar, no hay que hacerse la víctima. Para disfrutar, sólo hay que vivir…


