No es broma. Nadie escribe como Espido Freire. Leed sus columnas. ¡Ahora! ¡Leedlas! Su idilio con el castellano es incomparable. Ningún hombre podrá jamás hacerla feliz, pues ninguno podrá acariciarla como sus verbos, sus comparaciones, sus yuxtaposiciones inesperadas. Leedla con calma, que sus ritmos son diferentes a lo acostumbrado, pues nadie doma las frases como ella. Una vez la entendáis, cualquier otro escritor, columnista, pepista o pepón, os parecerá tan vulgar que no podréis más que uniros a la verdadera fe, la fe espidooliganiana. ¡Venid a mí, hijos de Espido!
Ahora sé que jamás alcanzaré la excelencia literaria, pues Espido la acapara toda. Ya no quiero escribir, sólo leerla, una y mil veces, hasta enloquecer de nuevo, hasta perder la cordura en mi chifladura, hasta ser un cuerdo por reducción al absurdo, hasta ver sus palabras en las paredes y en los árboles y en el rollo de papel higiénico. Ahora sé que también soy un paria en lo literario. Pero ya no, ya no… Ahora soy Espidooligan Prime, iniciador del culto verdadero, el culto de la de los tres nombres y los mil paréntesis.
¡Danos hoy, E, la columna nuestra de cada viernes! ¡Háganse tus lamentos de neoburguesita arte brillante como el final de una vida! ¡Líbranos del sinsentido de nuestra existencia de mileuristas frustrados! ¡Concédenos la paz de tus circunloquios barrocos de belleza pasmosa! ¡Tómanos y haznos tuyos otra vez!
Pero no nos abandones, E, no nos abandones, nunca… Ahora que ya no podemos escribir pues lloramos la tinta de nuestra rebuznez literaria, necesitamos tus letras para soñar que fueran las nuestras. Hoy, mañana, ayer y siempre. ¡Amén!


