Como oferta de lanzamiento, nada mejor que el tradicional dos por uno, así que hoy me batiré en duelo a la vez con la siempre desbocada Lucía Etxebarria (en concreto con su artículo “Aquí una ‘guarra’") y con la más modosita, pero también superguay, Montserrat Domínguez (representada por su artículo “El cole de Leonor”). Para mayor dificultad, señoras y caballeros, lo haré con una mano en mi moca-grande-desnatado-sin-nata-con-un-extra-shot, aquí, en el Starbucks de Muntaner, y mientras escucho a todo volumen y en modo “reproducción perpetua” el último álbum de uno de mis grupos preferidos, los suecos Dismember, álbum homónimo y publicado este año (podéis escuchar algunas canciones gratis en http://www.myspace.com/dismemberofficial, pero os advierto que es una música sólo apta para iniciadas en el death metal). Para mayor diversión, luzco una camiseta de los tales, importada de Suecia vía internet, que por aquí no se encuentran con facilidad (es de su disco previo: “The god that never was”). ¡Es que en el fondo soy un coqueto!
Disculparéis que este artículo sea más largo de lo habitual, pero es que como estoy de estreno no quepo en mí. ¡Que comiencen las hostilidades! (o ¡es la hora de las tortas!, que suele decir Ben Grimm, alias la Cosa —el adoquinado miembro de los 4F—).
Con Lucía me une el hecho de pesar más de lo debido —pues tengo entendido que ella es una gorda, terrible maldición gitana que supera con creces a la de ser un gordo—, así que por una vez intentaré conectar con el espíritu de mi espíritu corporativista (lo asesiné al nacer, a mi espíritu corporativista, así que no me queda otra que conectar con su espíritu) y ser bondadoso. Ciertamente estoy de acuerdo con ella en que si a uno le resulta frustrante que las “guarras” se lo hagan con todos menos con él, ello no justifica que cargue soezmente contra las muchachas que han elegido el camino de la promiscuidad, y menos aún en una canción. Es decir, por lo que se deduce del artículo que me sirve de inspiración, el tal Porta, sea quien sea, parece ser un maleducado y un amargado (o haberlo sido, pues nos cuenta Lucía que ahora tiene a su “guarrilla” particular y ¿”reformada”? para calmar sus ansias de carne). Hasta aquí puedo estar de acuerdo.
Lo que ya no me parece bien, Lucía, es que nos hagas sentir mal a los que hemos decidido optar por no ser promiscuos. Tu oda a las “guarras”, en definitiva, es una oda a la promiscuidad —más o menos velada, pero oda, al fin y al cabo—, y una cosa es no condenarla y respetarla, pues allá cada cual con el uso o abuso que haga de su sexualidad, y otra muy diferente alabarla como símbolo de modernidad. ¡Ya está bien de que los que no follamos a discreción nos sintamos inferiores!
Ahora vendrá una lista, claro, y me espetará lo mismo que dice Lucía, es decir, que lo que me pasa es que follo poco, dándome, sin quererlo, la razón: hoy en día, para ser guay y moderno, hay que follar cuanto más mejor, pues el sexo, al fin y al cabo, se entiende sólo como algo lúdico y reconfortante, como el Dragon Khan, más o menos: ¡subidón, subidón! Y quien piense lo contrario es un amargado.
Declarando de nuevo todo mi respeto a las “guarras” y a los “guarros”, a los swingers, a los folladores y las folladoras de una noche y hasta el infinito y más allá, dejadme que vuelva a chillar ¡que no me quieran vender que yo no follo continuamente con una tía distinta porque no puedo (que es lo mismo que decir que todos aspiramos a ser folladores a reacción)! ¡No señor! No lo hago porque no me da la gana, y no por ello soy peor que los que sí que lo hacen (ni mejor, pero peor tampoco).
“Ya..., seguro…”, estará pensando la lista de turno. “Tú mismo dices que eres un puto gordo, tío, al menos no te engañes…”. Querida, esta vez no llamaré a Coco para que te ilustre, sino a la Mari —que de hecho se llama de otra forma, pero dejadme que proteja su identidad—, la más guapa camarera de la noche barcelonesa, admirada por igual por ebrios y por abstemios, reencarnación indudable de la diosa Afrodita, deslumbrante bellezón mediterráneo que lo deja a uno sin habla y le quita las ganas hasta de ir a ver pelis de la Johansson, pues comparada con ella (con la Mari) cualquier otra mujer, real o pasada por el Photoshop, es físicamente vulgar. ¡Y cómo se mueve! Anda siempre como si mil cámaras la estuvieran enfocando, como si la rotación de la Tierra se parara cada vez que ella echa a andar y hasta que acaba su paseo, como si el centro del universo estuviera en cambio constante pero siempre en su ombligo… Si no habéis visto a la Mari, compañeros, no sabéis lo que es una mujer guapa.
La Mari es de las promiscuas, sexual y verbalmente —que la muchacha habla sin parar—, y lo tiene muy claro: “hoy en día quien no folla es porque no quiere”. ¡Fijaos! ¡No lo digo yo! ¡Lo dice la Mari! ¡Lo dice la diosa Afrodita reencarnada! Y tiene razón, tiene razón incluso en Barcelona, ciudad de gente arisca y desconfiada que, por si acaso, siempre mira primero con desdén (yo nací aquí, por lo que tengo el carnet que me permite criticar).
“Quien no folla es porque no quiere”… Claro que eso no significa que uno pueda follar con quien le dé la gana, sólo significa que si uno quiere, puede follar. ¿Con quién? Pues con alguien con una nota similar o inferior en la escala housiana (que toma su nombre de su inventor, el Dr. Gregory House). Ahora sí que viene Coco a explicarlo: los feos, con las feas; y los guapos, con las guapas. Es decir, yo con la Mari tendría, si me interesara el tema, pocas probabilidades de follar, porque ella es un diez y yo, siendo generoso, un cinco y medio. Posiblemente el tal Porta fuera un cinco con tendencias promiscuas que no quería aceptar que con chicas de siete para arriba no podía follar, y por eso las menospreciaba. Ahora que parece ser que se ha convertido en un cantante molón, su nota (o guapura relativa) en la escala housiana ha subido hasta el ocho y medio, al menos, igual que les pasa a los futbolistas y a los ricos (ved, sino, al Briatore), así que ya puede follar con las que antes insultaba.
Recordad, amiguitas, que estoy hablando de follar por follar, como actividad lúdica, y no del amor: el amor rompe todas las escalas, el amor no conoce reglas, ni sabe de feos ni de guapos, de feas ni de guapas, de guarras ni de cerdos. ¡Qué bonito! Se me ha escapado una lagrimita y todo.
Los hombres que, puestos a follar por follar, desean saltarse la escala housiana, tienen una solución bien a mano: irse de putas. Y es que hay putas preciosas, guapísimas, de verdad que sí. Las mujeres quizás no lo tengan tan fácil, pues putos parece que no hay tantos. En mi caso, si me interesara follar por follar, nunca lo haría con menos de un ocho porque uno nació sibarita, así que me iría de putas y cumpliría con alegría la inversa de ley de la Mari: “hoy en día, quien quiere follar folla”. El problema es que a mí las putas me ponen muy triste porque la gran mayoría lo son por no haberles quedado más remedio.
Una vez, por error, estuve en un puticlub, haciendo lo que se esperaría de mí: hablar durante horas con una puta. Me dio un beso también, de despedida, pero nada más. Recuerdo perfectamente cómo se llamaba, también que era checa y que la época del año que más le gustaba era la Navidad porque en ella iba a su país y se reunía con toda su familia, entre otras muchas cosas (lo releo y me parece mentira, pero es verdad). Aquel fue uno de los días más pesarosos de mi vida como observador del mundo: todas aquellas chicas tan guapas y tan jóvenes vendiendo su derecho a respetar la escala housiana para pagar el alquiler. Mucho feo junto, sí, mucho cerdo, que seguro que Lucía me permite ser injustamente generalista si a quien critico es a un atajo de hombres.
No me he olvidado de Montse, no, que parece que a ella todo lo que sea cristiano, incluso cuando deja de ser religioso y se convierte en filosófico, le parece mal. Alabar al humanismo cristiano es muy poco moderno, muy poco guay, sí, que ahora lo molón es la laicidad elevada a credo; pero a los que llevamos camisetas en las que se lee “El dios que nunca fue” nos da igual lo que piensen los demás. Yo soy ateo porque no soy capaz de creer que haya un dios, pero del humanismo cristiano he aprendido mucho, por ejemplo que todos (y todas) somos iguales (y sin necesidad de que se botara un ministerio). Gracias a esta filosofía tan antigua y tan poco de moda, he llegado también al convencimiento de que toda persona tiene derecho a su dignidad, que es una forma tradicional de decir muchas cosas.
En conclusión, según lo veo yo porque así lo he aprendido del humanismo cristiano, si me fuera de putas estaría atentando contra la dignidad de las putas y contra la mía propia, lo cual, para mí, es impensable. Aquellos y aquellas que crean que entre los hombres predominan los cerdos y entre las mujeres, las guarras, quizás encuentren lo que digo difícil de creer. La pobre puta checa, lo vi en sus ojos, acabó convencida de que yo era impotente, pues era la única explicación que el submundo en el que le había tocado vivir le ofrecía sobre mi negativa a acostarme con ella. Mi miembra viril, os lo aseguro, funciona muy bien, y las mujeres me pirran (eso creo que está más que claro), quede dicho por si las moscas —Eustaquio, eres testigo—.
Recapitulando: paso de follar por follar, y, si no fuera así, jamás me iría de putas porque antes me mataría a pajas que colaboraría con la violación de la dignidad humana que para mí es la prostitución. Es lo que tiene pensar por uno mismo: que uno acaba haciendo lo que le da la gana. ¡Qué pasa!


