Con la cara pintada de amarillo y el pelo, de azul, yo, Espidooligan Prime, sumo sacerdote de la Iglesia Espidooliganiana, lloro al leer la palabra nuestra de cada viernes de la diosa Espido. Lloro como un niño y como una magdalena lágrimas que no son de cocodrilo. Lloran mis ojos y hasta mi corazón. Lloro todo yo.
La diosa conoce el sufrimiento y nos lo explica. Es un sufrimiento con el que yo también soy íntimo, tan íntimo que aún me acompaña, desde hace ya demasiado. Como a todos los malos de verdad, como a Satanás, se le dan nombres diversos, pero es siempre el mismo. Sus nombres son sólo diferentes ropajes con los que le gusta vestirse para hostigarnos hasta convertir nuestra vida en una farsa. Ella, la diosa, lo venció. Pero ella es una diosa… y no estaba sola. Yo, ni lo uno, ni lo otro.
Satanás a la diosa se le apareció vestido de bulimia, a mí me persigue vestido de depresión crónica. Los atuendos son diferentes; la desolación que causa, la misma.
Como buena nueva en la lucha, la diosa Espido habla de cuando “una familia reconoce sus carencias y presenta batalla”. Una familia… Me gustaría decir que recuerdo cuando tenía una, pero mentiría. Nunca la tuve, exceptuando a las de Bill Cosby y el Príncipe de Bel-Air, pero ellas sólo me adoptaron a ratitos y unidireccionalmente; que si les hablaba, no me respondían.
Sin familia, comienzo a temer que el enemigo sea invencible. Los buenos amigos hacen toda la piña que pueden, me dan su amor, su comprensión, su compañía… pero la tenacidad de mi antagonista quizás sólo pueda ser vencida con un apoyo sin pausas, algo que únicamente puede proporcionar una familia.
Me siento atrapado en un círculo infinito de pruebas y errores. Sé que mi impulso intermitente son “fuerzas de voluntad imposibles”, como bien dice la diosa; pero no puedo evitarlo, es el único funcionamiento que conozco. Así no creo que llegue a ningún sitio.
Lo único que tengo, sí, o eso me gusta pensar, es “toda la paciencia que sea necesaria”, y nuevamente cito a la de los tres nombres —Espido, E, María Laura—. O tal vez no, tal vez me engañe, tal vez mi paciencia se agote cada día y me vuelva a dejar indefenso ante el enemigo incansable, que siempre está al acecho, que no se toma pausas.
A estas alturas, la verdad, tengo pocas esperanzas de vencer a mi antagonista… Su poder es inconmensurable y yo, la mayor parte del tiempo, estoy sólo ante él, abandonado a su merced. Ojalá mi sufrimiento sirviera para algo, pero no lo creo. Al menos, eso sí, sólo me afecta a mí.
Además de estar enfermo, tengo muchos defectos… La arrogancia es uno de ellos. Siempre me tengo en la boca, soy mi conversación preferida. Lo siento.
Gracias, diosa Espido, por tu palabra de hoy. Ha sido una palabra brillante, digna de ti. Me arrodillo, uno mis manos y te pido un deseo: mándame un ángel.
P.D.: Referencia jevi de la jornada: “Wish I had an angel”, preciosa canción de los finlandeses Nightwish incluida en su álbum Once (Spinefarm, 2004).


