Ayer fue la verbena de San Juan incluso para mí. Al mediodía comí con mis mejores amigos, Mario y Sandra, catalanes también (que ya se sabe que somos muy endogámicos y que hablamos con la lengua hecha un tirabuzón), en un restaurante sito en un centro comercial de esos que hay tantos. Terminamos el ágape con un postre francés, los tres, y luego fuimos a comprar galletitas de la misma nacionalidad. Por la noche, la familia de Mario me adoptó durante unas horas y lo hicieron con mucho gusto, aunque no tanto como el que experimenté yo, pues no se puede estar en mejor compañía. Nos comimos las galletitas después de otras muchas cosas, encarnando durante unas buenas dos horas la pesadilla (o, más bien, el sueño) de un representante de Corporación Dermoestética (vamos, que a la cena casi no asistieron delgados).
Lo pasé muy bien, tanto que incluso la pasé muy bien, que creo que dicen por la meseta. Entrada la madrugada, llegué a casa y me dio por ponerme a escribir, un ratillo de nada, unas cuatro o cinco horitas. Durante tan desaforada orgía literaria me embaracé a mí mismo y di a luz el artículo anterior. Me he metido en la cama a las ocho y habré dormido un par de horas: estoy hecho trizas, que uno ya tiene una edad. Tengo que terminar el pedido del Previews, que en Antifaz Cómics lo esperaban ayer y no les gustó saber que no lo tendrían hasta mañana, pero aquí estoy tecleando de nuevo.
En el escaso tiempo en el que supuestamente estuve en los brazos de Morfeo creo que, de hecho, estuve en los de la diosa Espido, transformado en su más ferviente hooligan, Espidooligan Prime, sumo sacerdote de la Iglesia Espidoogaliana. De un suceso así tenía que dar fe en papel, aunque sea en el virtual del MS Word, no quiero evitarlo. Así que orgía de nuevo… Ya no estoy para estos trotes.
Mientras dormía, o quizás no, soñé que la diosa Espido cenaba con nosotros, galletitas y todo lo previo, como una más y tan feliz como todos. Sólo que no era ella: era ella, pero polaca, que supongo que debe significar que la catalanicé; o quizás no era polaca, sino que nos contaba que estaba de vacaciones en Polonia, o las dos cosas, no sé, no estoy seguro. Los sueños son así, son como intentar entender lo que dice el vocalista de Napalm Death.
En el sueño todo era tan bonito como ayer, pero un poquito más porque la diosa estaba con nosotros. Lo que sí que recuerdo perfectamente es que de pronto, mientras comía un montadito de virutas de jamón ibérico, me dijo, mirándome con sus ojos que siempre la preceden: “Alfredo, de verdad que te leo y me siento en una montaña rusa. Me sacas de quicio porque tu sarcasmo es tóxico y porque tienes una puntería inigualable para meter el dedo en el ojo, pero tu prosa me intoxica y me obliga a no dejar de leer, así que acabo que ya no sé ni qué pensar. Me haces dudar, y a los dioses, Espidooligan Prime, eso no se les hace”. “Lo siento, diosa Espido”, le respondí yo. “En el fondo soy un niño de buen corazón… E inofensivo, como la mayoría de varones catalanes”.
Terminó de comerse el montadito sin dejar de mirarme, para añadir: “De todas formas, ¿qué hace un escritor como tú atrapado en un blog? Ser un malabarista sintáctico sin parangón, incluso tomando en consideración a los escritores más reputados, no sirve de nada si uno no termina una novela”. A eso no pude responder porque es una de mis grandes cruces y de lo realmente serio me cuesta hablar. No recuerdo mucho más, del sueño.
Te prometo, diosa Espido, que mi actual novela la acabaré. Es una gran novela y está muy avanzada (ciento cuarenta y cinco páginas Din-A4 a un espacio son muchas páginas). Mi principal problema, diosa Espido, es que de todo me aburro, pero esta vez perseveraré y finalizaré mi “El Quijote” personal (que no he completado ni un tercio de la trama). A la vez, no dejaré el blog ni tu iglesia, que las tres cosas son dignas de ser cuidadas.
Ayer soñé con una diosa polaca. Gracias, diosa Espido, por venirme a visitar, aunque fuera en sueños virtuales. Seguiremos en contacto.


