Como todo bicho feo conspirador, los hurkus no merecen menos que ser aniquilados a base de zurriagazos láser y cachetes hipersónicos (propinados con metaguanteletes de adamantium), en una sanguinaria batalla librada por la guardia de élite maresmenca en los confines de la galaxia, al fondo a la izquierda, justo antes del lavabo, en Nébula 7. Al morir, los habitantes del planeta Hurk se descomponen rápidamente en una sustancia viscosa de color verde moco que, tras un “¡flong!”, se evapora en una nube fétida del mismo color sobre la que, durante menos de un segundo, puede leerse en letras rojas: “25 points!”; o, si se trataba de una reina hurku ponedora de huevos de cáscara venosa de los que hubieran nacido hurkitos (feotes incluso de bebés): “150 points!”.
A mí, se nota, los videojuegos nunca me han apasionado. Yo soy programador, así que lo que me mola es la realidad. Entre este lugar lúgubre e injusto, en el que los gordos nunca nos ligamos a la chica mona, y la ficción, hay una línea de separación que es más gruesa que una vida de aburrimiento. La cordura, de hecho, es la capacidad de diferenciar lo real de lo que no lo es, básicamente —si excluimos las tetas de las actrices, que esas no hay forma de saber si son de nacimiento o sobrevenidas—, pero algunos parece que no se quieren enterar: si los hurkus son policías y Nébula 7, Barcelona, todos los listos (y las listas) se escandalizan y comienzan a chillar, con la cara enrojecida y apuntando con sus dedos arrugados, que los videojuegos promueven la violencia. Sí, ya, y el jevimétal promueve el satanismo, ¡no te digo! A ver, listos y listas variopintos, llamemos a Coco una vez más para que nos eche una mano: realidad… ficción… realidad… ficción… Será que no hay asesinatos, violaciones y todo tipo de depravaciones en los libros. ¿Qué hacemos, entonces? ¿Volvemos a quemar libros? Ah, no, libros no, que los libros son cultura. ¡Quememos videoconsolas! Porque, como todo lo nuevo, las ha traído el Diablo.
¿Para cuándo una generación que sepa envejecer con un poco de dignidad? ¿Para cuándo una generación que no repita las mismas tonterías de sus padres, cambiando sólo el formato? ¿Seremos nosotros esa generación? Lo dudo: por lo general seguimos siendo incapaces de abstraer la realidad de nuestras manías personales, igual que ha pasado siempre.
Si Darwin se hubiera dedicado a observar al ser humano, jamás hubiera formulado su teoría porque la verdad es que somos más repetitivos que un bucle infinito perpetrado por un mal programador.


