Yo me he enamorado dos veces en mi vida. La segunda fue de mi mujer, con quien por desgracia ya no estoy, mientras que la primera fue de Nueva York, que siempre estará ahí, para mí y para todos.
Mi historia de amor con la Ciudad que Nunca Duerme fue de hecho un flechazo. Hemos de remontarnos dieciséis años atrás, nada menos, cuando los que recién se examinaron de la selectividad tenían dos añitos (soy viejo). En aquellos tiempos, España aún era un país pobre, así que todos éramos igual de blanquitos y homogéneos. La inmigración todavía no había florecido.
En septiembre del año olímpico de 1992, en concreto, Barcelona acababa de reaparecer en el mapa y, a mis veinte primaveras, yo me encontraba en mis primeras vacaciones en la Gran Manzana (en solitario y duramente ahorradas a base de currar, que he trabajado desde los 18). El mismo día en el que llegué, y pese a las advertencias de mis primos, me aventuré a tomar el metro. “¡No mires a nadie directamente a los ojos!”, recuerdo que me habían repetido. Tonterías.
Esperé al tren en el andén, hasta que llegó. Se abrieron las puertas. Entré en el vagón y supe que estaba en el Cielo. Aunque ya llevaba unas horas recorriendo la ciudad, la amalgama infinita de personas diversas que era (que es) Nueva York, cada una del color que le da la gana y vestida como mejor le parece, no se me había mostrado aún con aquella claridad. Quise llorar y ponerme a repartir abrazos (aunque no lo hice).
Adoro la libertad sobre cualquier otra cosa, y la libertad sólo puede ser, según creo yo, individual, así que cuando se juntan a los suficientes individuos libres, han de resultar diversos por definición. Aquel vagón de metro era una definición concentrada de libertad.
Enamorado como sigo, por siempre jamás, de mi preciosa Nueva York y, por extensión, de los Estados Unidos —no es casual que NYC “creciera” ahí—, hoy que es el día nacional estadounidense, el día en el que celebran su independencia, como soy un tío muy educado, desde este lugar ignoto de la Digitalidad quisiera enviarles mis mejores deseos a los estadounidenses de buena voluntad.
Claro que, para ser realmente educado, uno debe serlo a medida de su interlocutor. Aunque yo soy ateo, ellos suelen desear la bendición divina. Además, lo de especificar que sólo me dirijo a “los de buena voluntad” es innecesario, pues, como en cualquier otro país, son la amplísima mayoría. Deseo, pues, que Dios bendiga a los estadounidenses.
No obstante, como ya expliqué, los estadounidenses se llaman a sí mismos americanos. Más aún: a la unión de todos ellos la llaman América, así que, yo que soy un tío tan educado, debería hacer lo mismo.
Ahora que ya ha quedado claro lo que quiero decir, amigos estadounidenses de buena voluntad, va por vosotros.
Dios bendiga a América.
P.D.: Y como soy jevi (en inglés: un "metalhead" o un "headbanger"), nada mejor que una versión jevi del himno estadounidense como guinda a mi artículo de hoy (que no pude evitar que sobrepasara mi compromiso de los noventa segundos, pero es cuando hablo de amor, reboso). Ahí va The Star Spangled Banner interpretado por Iced Earth: http://mialmaesdemetal.blogspot.com/2008/07/iced-earth-usa-star-spangled-banner.html


