Si el pasado realmente fue así, lo desconozco. Posiblemente no, o quizás sólo para unos pocos. El presente, está claro, nada tiene que ver con lo dicho. Cómodas ya no hay tantas, y los cajones, cuanto más grandes, mejor, que ahora todo es a granel, incluso el espacio.
Para los habitantes del primer mundo las distancias ya sólo existen como excusa para romper relaciones, y las esperas no se aceptan ni en el dentista, que ya son ganas de lanzarse a toda prisa en brazos del doctor dolor de turno.
Ahora todo es ya y aquí. La brevedad de la que ayer hablaba se ha convertido en precipitación; el amor, en sólo sexo; las cómodas con cajones estrechitos, en armarios roperos PAX/KOMPLEMENT del IKEA (uno diría que los suecos todo lo escriben en mayúsculas); las cartas, en mnjs d txt.
Leí en un cómic —que es donde yo leo las cosas— que en lo único en lo que el pasado fue mejor (con respecto al presente) era que en el pasado los viejos eran jóvenes y aún se les levantaba. Yo no soy viejo y no tengo problemas de erección, pero tampoco añoro el pasado.
Lo que añoro es el amor y las esperas; las esperas que acaban bien: el romanticismo. Luego, a follar, sí, que hoy ya sólo se folla —y hay que follar bien, ni que sea para que a la pareja no le entre complejo de inferioridad con las amigas—. Yo, no obstante, tras cada polvo pensaré que he hecho el amor y que qué puede haber más bonito; pero no se lo diré a nadie, lo guardaré en un cajón estrechito de esta cómoda rococó que es mi corazón.
P.D.: Estas líneas comenzaron siendo un e-mail dirigido a Espido Freire, pero se han convertido en el artículo de hoy. Humildemente se las dedico. No sé si mi prosa es digna, pero espero que sí lo sea mi admiración.


