Espidooligan Prime era yo, pero se ha independizado. Un día me desperté y me lo encontré sentado en el sofá del comedor, con su inseparable galgo corredor a su lado. El podenco me miraba fijamente con sus ojos de aguja en cabeza de hueso de aceituna, lengua fuera y cola matando moscas, mientras su amo le acariciaba la cocorota. Ambos estaban tan delgados que lo primero que pensé al verlos fue que tenía hambre.
Amarilla como llevaba pintada la cara y el pelo, de azul, no teniendo casi mofletes, me costó reconocerme en él, hasta que habló: “Soy Espidooligan Prime, sumo sacerdote de la Iglesia Espidooliganiana, la de la fe verdadera, la fe en la de los tres nombres —Espido, E, María Laura— y los mil paréntesis”. “Este hermoso semental”, añadió mientras le pellizcaba la hueca papada al pulgoso, “es mi fiel escudero: Espidooligan Can”.
Desde entonces, estos dos delgaduchos se han quedado a vivir conmigo, que no me molestan mucho, pues apenas comen. Mi gasto en melocotones, no obstante, sí que se ha incrementado notablemente, ya que Espidooligan Prime es lo único que se lleva a la boca, siempre recién sacados de la nevera.
Los personajes son así: uno los imagina, pero luego ellos se organizan la vida como les da la gana. Supongo que como los hijos. La mayor diferencia es que los primeros no hay forma de que se vayan del domicilio paterno: se quedan a vivir con uno por siempre jamás. Por eso los escritores necesitamos casas muy grandes. Esto debería ser una prioridad para el estado: indómito líder de las Españas, ¡oh, Rodríguez!, toma nota.
Espidooligan Prime, pobrecillo, que no sabéis chicas lo preocupadísimo que me tiene, nació de la envidia más absoluta. Sí, es cierto: Espido Freire es la persona que más envidio en este mundo. Cuando era joven, yo fantaseaba con ser jugador de fútbol americano profesional, dibujante de cómics y guitarrista impenitente de una banda de death metal, incluso piloto de 500 cc (lo que ahora es MotoGP), pero jamás hubiera podido ser nada de lo anterior, ni de lejos. Escritor, lo soy sin querer. Ganador de un premio Planeta, podría darse el caso si me dignara a acabar una novela y la presentara. El más joven, ya no.
Envidio a Espido Freire porque ha sabido sobreponerse al enemigo que está dentro y porque fue la ganadora más precoz del premio de los premios: lo que yo siempre más deseé ser. Además, su prosa es excelente, no parece mala persona, me contestó una vez por email y lucha denodadamente por ayudar a los afectados de bulimia y anorexia, así como por que la sociedad cambie para que las niñas y los niños dejen de caer en semejante pozo ciego. Hasta en algunas fotos está guapa y todo, la tía.
Tras tanto envidiarla, la verdad es que le he cogido mucho cariño, aunque no tenga ni idea de cómo es en realidad. Espidooligan Prime, por el contrario, el pobre, ha contraído su terrible depresión a causa del cabreo que arrastra porque Espido, pese a tanta adoración como le profesa, no le envía cuatro palabras, un punto y una coma por email. “Me lees, te leo”. Ese es el email que él sueña con recibir. Como sabe que eso no pasará, pero a la vez se niega a aceptarlo, el pobre está como está: encamado con su cara pintada de amarillo y el pelo, de azul, como el Simpson en el que se ha convertido sólo por gustarle a Espido, que me tiene las sábanas que parecen un Miró, de tanto que destiñe.
Yo por el contrario, me encuentro la mar… la mar… la maaaarrghhhhhh… Arrggggghhhh… ¡¡¡¡Arrrggggghhhhh!!! ¡¡¡¡¡¡ARRRRRRRRRRRGGGGHHHHHHH!!!!!! ¡Humanos tontos molestar a Espido! ¡Espido lista y guapa! ¡Espido amiga! ¡¡¡¡¡¡ESPIDULK APLASTA HUMANOS TONTOS!!!!!!


