Incrédulo ante el espectáculo dantesco en el que se había convertido el suelo de mi salón, he dejado al hada mala del fondo del pozo chapoteando sobre los restos del pobre Espidooligan Prime (creo que a la vez cantaba una canción de cuna nipona, o más bien la chirriaba) y he partido en busca de una fregona y un cubo. De camino me he encontrado a Espidulk sentando en el suelo del cuarto de la plancha (vivo solo —¿o sólo?: fíjate, podría usar ambas— con mis personajes, así que me sobran dos de las tres habitaciones de mi piso). El brutote jugueteaba distraído con Espidooligan Can, quien le roía con afán el dedo gordo del pie seguramente pensando que era osobuco.
“Ostras, ¿y cómo se lo explico yo a estos dos?”, he pensado; pero he decidido aplazar ese problema para más tarde. Lo primero es lo primero, y nada más “primero” que la limpieza, que uno puede ser cualquier cosa en este mundo menos sucio (verbigracia: ¿qué recuerda la gente de Saddam Hussein? ¿Las atrocidades que cometió? ¡No! Lo sucio y piojoso que estaba el tío cuando lo sacaron del zulo en el que se escondía).
Ya de vuelta en el lugar de los hechos, me he encontrado al hada mala del fondo del pozo colgada boca abajo de la lámpara, ¡pero su larga melena azabache —mojada, pringosa— seguía cayéndole sobre la cara!… ¡Hacia arriba! He sentido cómo un escalofrío me recorría la médula espinal y se escapaba por los codos. ¡Su cara seguía cubierta por su pelo de medusa anfibia! ¡¡En contra de la gravedad!! ¡¡¡Isaac (Newton), ¿CÓMO podía ser?!!! Las braguitas sí que se las he visto, no obstante, pues su faldita no parecía desoír las leyes formuladas por el físico inglés que hay quien dice que murió virgen… y bien blanquitas que las llevaba (aunque todas mojaditas, claro —uy—). Eran de esas calcitas que parecen más bien una diana para viejos verdes mirones, pues sólo las llevaría una niña o una japonesa calenturienta salida de una serie de dibujos animados pervertidos (“No, por favor, no… La tienes muy grande, me haces daño” —están enfermos, los guionistas de las series “hentai”—).
Aterrorizado a la par que un tanto excitado sexualmente (tiene unas buenas piernas, el hada mala del fondo del pozo, y unas cachas de lo más “melocotoneras”) me he dispuesto a olvidar todo lo visto y a recoger, con el alma en un puño, los despojos de mi maltrecho personaje que no pudo resistir que su diosa no le hiciera ni desprecio… ¡¡¡pero no estaban ahí!!! (Stereowoman me mata, hoy —por la orgía de signos de puntuación, digo—). En vez de ellos, sentado en el sofá se hallaba el mismísimo Espidooligan Prime de una sola pieza, intacto, ¡vivo!, mirándole también las braguitas al hada mala tornada trapecista.
Algo en él era diferente, no obstante. Ya no portaba la cara pintada de amarillo y el pelo, de azul, sino que ahora tenía el semblante pintado a cuadritos multicolores y el pelo, también.
—¡Espidooligan Prime!… ¡¡¡Pero si yo te he visto morir!!! —he exclamado fuera de mí (más aún de lo habitual).
—Espidooligan Prime no more —me ha dicho en perfecto inglés—. Espidooligan Prime se ha suicidado de puro aburrimiento. Yo soy Amigooligan Prime, sumo sacerdote de la Iglesia Amigooliganiana, adoradora de la fe verdadera, la fe en los de los tres nombres (amigos, coleguis, hermanos del metal) y los mil cuadraditos.
—Pasote… —no he podido yo más que decir, pasmado “cum laude”—. ¿Y eso?
—Alfredo, macho, ¿qué quieres que te diga? Soy creación tuya, y tú nunca has sido mitómano ni en el grado más leve. Este choteo con la tal diosa Espido ya te tiene más que harto, así que mejor me dedico a adorar a quien realmente lo merece. ¿No te parece, mequetrefe?
—¿Y lo de mequetrefe a qué viene? —he inquirido, impasible.
—Rimaba —ha respondido, certero.
—Ah… ¿Y el chucho? —le he vuelto a interpelar.
—Espidooligan Can no more… Ahora mi fiel escudero es ¡Amigooligan Can! ¡Voto a Bríos, a Belenos, a Tutatis y hasta a Santiago!
—¿Ya lo sabe?
—¿Importa?
—Bien… ¿Y el brutote?… No… Déjame adivinar… Amigulk.
—Sea.
—Amén.
Bienvenidas, pues, amigas y Juanma Medina (único lector macho que se ha quejado de mi costumbre de referirme a quienes me leen en femenino —se lo pienso decir a Bibi y te va a poner de cara a la pared—), a una nueva era en la mitología oderflista. ¡La diosa Espido “no more”! ¡“God save the” dioses coleguis!
Notas para facilitar la comprensión del texto:
– verbigracia (del lat. «verbi gratia») adv. Por ejemplo. [Fuente: Diccionario de uso del español María Moliner].
– “hentai”: Dibujos animados japonenes de contenido pornográfico (“hentai” en japonés significa “pervertido/perversión”). Parece ser que la palabreja, aunque japonesa, la usamos solamente los “gaijin” (extranjeros) occidentales para referirnos a tales dibujos. [Fuente: Wikipedia —versiones inglesa y española—].


