sábado 12 de julio de 2008

Ella no lee

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Las mujeres de labios voluptuosos no leen porque para qué leer pudiendo besar. Esta es una verdad irrefutable que me ha sido revelada por el arcángel San Gabriel —gran conspirador de religiones— hace pocos minutos. El lugarteniente de Dios —así “¡plas!”— se ha aparecido a mi lado en el Starbucks —cuando ya sólo quedaba yo—, ha carraspeado y tras poner su mano en mi hombro, con gesto apesadumbrado, me ha dicho: “Nen”, es que es catalán, el tío, “no te ofusques que esos labios tú no los besarás”.

Afectivamente desfondado, humanamente hundido en la miseria de mi realidad inescapable, llego a mi piso unipersonal, acaricio a Doncella, mi gata negra, y escribo, que es lo que me queda. Escribo por no pensar, escribo por no llorar, escribo porque es mi condena y mi bendición. Escribo porque no sé hacer más. Escribo a una mujer que no sabe leer, mientras me muero de incomprensión. Escribo, coño, escribo, porque, joder, algo hay que hacer.

Cuando vi por primera vez esos labios, de lado, que sólo parecían mitad, me quedé tan prendado que no pude más que teclear, y me cito: “Anda, ven aquí y bésame con ese pedazo de labios (¿lo pillas?, ¿lo pillas?)”, a lo cual ella contestó, y la cito: “Jo, no lo pillo… que cortitas somos algunas”. En aquel mismo momento, yo —que leer sí leo, pero está claro que interpretar, interpreto con el culo— ya debería haber entendido otra de las realidades que hoy me ha insuflado Gabri —una vez se le aparece, uno ya puede llamarlo así—: cualquier mujer de labios voluptuosos de mi edad tiene unos diez años más que yo. Un parvulito soy, a su lado, ¿cómo me va a besar? Sería como si besara a un niño, y a los niños, no se les besa en los labios.

La tristeza se ensaña con mi corazón mientras lo pienso, la tristeza y la rabia, la rabia y el deseo, el deseo y… Y no sólo con mi corazón. Esos labios, de tan mullidos, parecen de mentira. Uno podría acampar en ellos y dormir al raso durante meses, durante años, resguardado de todo mal. Por supuesto que una mujer con esos labios no hace falta que lea, si en vez de ello besa. Cuando ni lo uno ni lo otro, sólo queda escribir palabras de desazón: nubes de palabras de añoranza de lo que no fue. Las nubes de palabras son lo mío. Sigo escribiendo, pues.

Llegaste —hoy sí que te escribo a ti— como un huracán que todo se lo lleva porque todo lo que quiere es suyo. Ya de entrada lo dejaste claro: “Te quiero a ti”, me dijiste, “espabila, parvulito”. Pero era mentira: no me quieres a mí, me confundiste con otro, ¿qué puedo darte yo? Medio beso tuyo lo paga todo y yo no tengo casi nada. Sólo nubes de palabras, nubes de palabras de amor, nubes de palabras de ti.

Nos separa medio infinito, para bien o para mal. De poder ser recorrido, no tendría vuelta atrás, pero sólo sucederá si tú decides que sea así y me vuelves a imaginar, igual de divertido pero mucho más inocente: casi sin maldad. Sé que eso es poco sexy, pero es lo que hay: ya te digo, aún estoy aprendiendo a sumar corazones.

He reservado mesa en un restaurante con nombre de limón. Es un intento desesperado, lo sé. He pensado que quizás, así, se te encogen un poquitito los labios y ya me puedes besar.

PD: Ya que hoy hablo de huracanes con nombre de mujer, ahí va el Rock You Like a Hurricane de Scorpions.

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