jueves 31 de julio de 2008

En la cama con el hada mala del fondo del pozo

Lee este artículo en el diario ADN.es
Mientras mis personajes fueron todos varones, la armonía y la paz reinaron, magnas, en mis escritos y en mi cerebro. Pero las hormonas tiran mucho —y el influjo nipón, aún más—, así que de pronto, ¡pataplum!, apareció en mi cabeza el hada mala del fondo del pozo —mujer, pese a su verruga de plástico, sus nenúfares, sus algas japonesas y su larga cabellera siempre sobre la cara— y adiós al equilibrio zen. Esto ya no lo arregla ni San Juan de la Cruz.

Ayer, al llegar a mi piso, Eustaquio, mi mayordomo que tiene mucho de lo primero (es de avanzada edad, quiero decir), aunque más aún de imaginario, salió, como de costumbre, a recibirme:

—Señor… Me permite su mochila…

—Gracias, Eustaquio.

Presto estaba a dirigirme hacia mi habitación, completamente agotado tras otra jornada siendo yo, cuando el del esmoquin, a cargo ya de mis alforjas, me interrumpió:

—Señor… Lo lamento muchísimo… He hecho todo lo que humanamente he podido pero ha sido en vano —se disculpó, soberanamente compungido, con la vista perdida entre los dedos gordos de sus pies.

—¿Qué ha pasado? —pregunté a modo de respuesta, no sabiendo de qué me hablaba.
Fue entonces cuando oí un rumor, como de bola de demolición en plena faena, que procedía de algún lugar del piso… ¡De mi habitación! Intenté arrancar a correr para averiguar qué repámpanos estaba sucediendo. ¿Me estaría invadiendo el vecino de arriba por el método del butrón vertical?

Sin poder ni siquiera comenzar mi “sprint” me percaté de que Amigooligan Prime estaba sentado en medio del pasillo, en el suelo, abrazado a su galgo corredor —este último, con su lengua fuera y su habitual cara de pasmarote feliz por existir—. Lloraba, el sumo sacerdote de la Iglesia Amigooliganiana, a moco tendido.

—¿Por cuahhhh? — se preguntaba entre sollozos exagerados, como de niño malcriado.

—¿Qué te pasa, cara de cuadritos? Ten cuidado con las lágrimas a ver si te vas a deshacer como ayer… —le dije, honestamente preocupado.

Pero él siguió a lo suyo:

—Snif… Snif… ¿Por cuahhhh?… ¿Es por los músculos, verdad? ¡Buahh…! ¿O porque es verde, no?… ¡Buahhh!… Yo podría ser verde… snif… si este inútil… snif… me hubiera convertido en Mucosidooligan Prime… ¡Es culpa tuya! —exclamó finalmente, mirándome con los ojos fuera de las cuencas, tanto que creo que luego se le metieron cada uno en la que no era la suya.

Ante tanta hostilidad, decidí esquivar grácilmente al adorador de la fe verdadera, la fe en los de los tres nombres (amigos, coleguis, hermanos del mental) y los mil cuadraditos, e ir sin más interrupciones a mi habitación.

Al llegar descubrí que la puerta estaba cerrada, lo cual era muy inusual. Dentro se oían maldiciones en japonés y rugidos guturales, así como un traqueteo propio de una máquina apisonadora de mano a la que se le hubiera roto el seguro, totalmente descontrolada. Abrí la puerta y me morí.

Me encontré a Amigulk de espaldas a mí, de pie, con sus pezuñas como tablas de planchar sobre las astillas —y demás escombros— de lo que había sido mi cama, sin sus pantalones lilas (totalmente desnudo, por lo tanto), con su culo gigantesco y de aspecto más duro que el mármol mirándome directamente a la cara. Por cada lado de su cintura aparecía una de las piernas de quien deduje que era el hada mala del fondo del pozo. Descubrí entonces que se pinta las uñas de los pies de negro (vaya sorpresa). Sus manos llenas de garras afiladas como las de un gato tras cebarse con todos los muebles de la casa, se intentaban clavar ansiosamente en los hombros como montañas del brutote, sin hacerle mella, pero no por poco apretar. Su cabeza de mocho a quien se le murió “la mocha” se vislumbraba, ora mucho, ora no tanto, sobre el hombro derecho del gigantón, quien no paraba de rugir: “Amigulk gustar hada pozo”, justo antes de cada nueva embestida que amenazaba con hacer caer el techo —y el edificio al completo— sobre nuestras cabezas.

Mientras, la otra, ya lo dije, maldecía sincrónicamente en japonés (aunque yo hubiera dicho que era chino) con su voz chillona de vieja desequilibrada, de suerte que, por obra y gracia de sus poderes mágicos, había generado un pequeño vórtice de nubes de tormenta —truenos y centellas incluidos— sobre su cabeza.

Por unos instantes quedé hipnotizado por el frenético movimiento oscilatorio de la pareja, que hacía llegar la cabeza del hada mala del fondo del pozo casi hasta el tempestuoso techo, con su pelo abierto como un paraguas, aunque sin mostrar nunca su cara, para luego esconderla por completo tras el simplón verde, y vuelta a empezar. Pronto, no obstante, decidí que aquello en lo que esos dos andaban enfrascados no era para ojos ajenos.

Salí al salón y cerré la puerta tras de mí. “Mis personajes tienen vida sexual… Esto es el principio del fin”, recuerdo que pensé. “Voy a tener que imaginar más chicas, sino estos se acabarán matando”.

Perdido en mis pensamientos, reparé entonces en que Mr. Mmmh estaba sentado en el sofá. Impasible como siempre, me miró, aunque no mucho, y me dijo:

—No te respetan.

A lo que yo respondí:

—Ya lo veo, ya.

Y me senté a su lado, esperando a poder recuperar mi habitación y rezando para que el vetusto edificio en el que moramos resistiera tanto amor.

Nota para mis amigas/lectoras y amigos/lectores: De ahora en adelante mis artículos/relatos os llegarán, posiblemente, en una periodicidad más irregular. Es decir: no creo que siga con el ritmo de uno al día pues debo dedicar tiempo a otros menesteres. Siempre que pueda, no obstante, escribiré con gusto para vosotros.

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