Si yo fuera él, sería más alto, por lo que, aun manteniendo mi peso, ya no estaría gordo. Si yo fuera ella, podría dejarme el pelo largo, como siempre deseé, pues lo tendría liso y no tan arremolinado que de medir más que el grosor de un dedo cada mecha dibuja un tirabuzón hacia donde mejor le parece. Si yo fuera él, estaría casado con ella, que de tan bella no hay cristal que no empañe. Si yo fuera ella, estaría casada con él, que dicen que tiene un pene que cerraría muchas bocas. Si yo fuera él, ese miembro irreprochable sería el mío. Si yo fuera ella, lo podría disfrutar. Si yo fuera ambos, podría hacer el amor conmigo mismo y sentirme doblemente satisfecho. Si yo fuera también su vecino, que cada mes cata a una mozuela recién descubierta, siempre con el mismo brío, podría proponerme un “ménage à troise”, penetrarme de a dos y llegar al orgasmo de a tres.
Lamentablemente, mi adusto amo Yo, infinitamente inflexible, me tiene atrapado en Mí. Lo he intentando todo: la adulación más desvergonzada, el siempre ruin chantaje emocional, dar tanta pena que el siguiente paso era el suicidio, huir en un despiste… pero soy incorruptible. No me permito ser él ni ella ni su vecino y, mucho menos, los tres de una sola vez. Como carcelero nadie me supera. Ya puedo llorar hasta mugir, gritar hasta enmudecer, lamentarme hasta la insensatez: no me voy a dejar salir.
A veces, debo reconocerlo, aunque muy pocas, me levanto con la guardia baja y me digo: ya está bien de tanta reclusión, de cometer los mismos errores, de andar con la misma panza a cuestas, hoy merezco no ser yo durante un rato…; creo que finalmente me he dado esquinazo, así que voy a ser Oliverio Girondo. Pero mi buena disposición, mi súbita piedad, mi regia condescendencia o mi imperdonable flaqueza dura tan sólo un instante, hasta que pulso la primera tecla y compruebo que no lo he logrado, que no me he permitido salir de mí, que sigo siendo yo, que mis dedos como butifarras aporrean el teclado con la habitual falta de lucidez, que sigo embobado en mi propia ensoñación grandilocuente cuando lo único que tengo es mediocridad… Tanta como para poder clonarme cien mil veces y que entre todos mis yos, cada uno en su día de mayor inspiración, no pudiéramos sumar un Girondo.
En momentos así entiendo que mi reiteración ya cansa, que mi insistencia en el error es cargante, que jamás conseguiré escribir nada que emocione a un extraño, que me sobreviva, que me sobrepase, que sea más importante que yo. Abrumado por mi inutilidad me encaro y me lo digo sin tapujos: debería dejar de ser yo, en ese mismo instante, sin solución de continuidad, sumarísimamente. Pero no puedo, me tengo atrapado, soy mi único señor, mi rey, mi celador, mi guardián, mi torturador, mi vasallo, mi preso, mi víctima.
Juro que lo he intentado miles de veces, pero me es imposible: no puedo dejar de ser yo.


