sábado 5 de julio de 2008

La verdad o la tribu: una de destornilladores

Lee este artículo en el diario ADN.es
En la época en la que me dio por desintoxicar mi alma con alcohol una noche a la semana —a veces dos—, tras el tercer vodka con zumo de naranja, la Mari se convertía en una visión excelsa que empequeñecía a toda obra humana hasta tamaño subatómico. Si las borracheras embellecen a las feas, a las sublimemente bellas las convierten en diosas semidesnudas que se mueven a cámara lenta entre música de liras. Siendo aquella catalana, en la sobriedad, la más hermosa de todas, en la embriaguez más recalcitrante era Afrodita.

Siempre pensé que lo que yo bebía, aquel licor de patata mezclado con zumo de cítrico valenciano, recibía el nombre técnico de “destornillador”. Una noche cualquiera, más allá de las dos de la mañana, cuando por mis venas ya sólo corría alcohol, a un no habitual, que entró en aquel bar musical por fortuna o accidente, se le ocurrió presumir de conocimientos hosteleros, o quizás le dio por economizar palabras, y pidió justamente aquello: un destornillador.

La Mari, con su grácil pereza, le sirvió, con su firme desgana, un whisky con váyase Ud. a saber el qué (no lo recuerdo). El sujeto —que mientras la muchacha vertía el líquido debió de estarse rascando un huevo o buscándoselo, pues bien que la podría haber corregido antes de que la pócima se hubiera conjurado completamente— la abroncó por haberle servido lo que no era. La Mari lo mandó a la mierda con su encantadora falta de tacto, y seguramente añadió que se podía meter el “pelotazo” por el conducto “excretal”, que diría un cursi. Según Afrodita, un destornillador era un whisky con váyase Ud. a saber el qué… y punto.

Entre la neblina de mi mente, decidí intervenir a favor de la verdad: “No, Mari, no”, le espeté con esta arrogancia que me persigue desde mi nacimiento, “un destornillador es un vodka con zumo de naranja”. Aquella camarera cuya belleza no merecimos nunca ninguno de sus clientes me mató con la mirada, se calló, tiró el whisky por el desagüe, le sirvió a aquel chulillo lo que él y yo creíamos que era un destornillador, y se sentó en su trono.

Llegó la hora de cerrar. Ya sólo era yo toda la carne clientelar que restaba por achicar. La Mari se levantó, me miró con el enojo de Zeus y me chilló, con mucha violencia y sin ningún recato: “Alfredo, tú eres gilipollas… tú eres gilipollas… Como me vuelvas a hacer esto te mato… Tú tienes que estar siempre con los tuyos… aunque pienses que no tienen razón”.

A sus veintidós años, aquella belleza que Dios creó para presumir de precisión me explicó la ley de la calle, la ley de la política, la ley de los foros de internet: la verdad no le interesa a nadie, lo importante es la tribu.

Por un momento he estado tentado de decir que mi tribu es la verdad, pero es una sandez. Mi tribu son Mario, Sandra, Julián, Jordi y Manel. Por ellos mentiría hasta quedarme sin dientes, pero por nadie más. La Mari estaba en lo cierto, sí: una diosa apenas yerra; pero las tribus grandes son mentira, las tribus de conveniencia son mentira, las tribus formadas por desconocidos son mentira, las tribus recientes son mentira…

La tribu es la familia y los amigos que son familia, y luego ya viene la verdad.

P.D.: Por supuesto, al respecto del cóctel, yo tenía razón, que la razón a mí no hay diosa que me la quite: http://www.google.es/search?sourceid=navclient&hl=es&ie=UTF-8&&q=destornillador+c%c3%b3ctel

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