De pronto me siento lo suficientemente valeroso y viril para ser tan cursi como me apetezca. Por favor, DJ Eustaquio, que suene “Turbo Lover” de Judas Priest, la canción más cursi de la historia de la música métal (en dura competencia con “Metal Heart” de Accept), genialmente interpretada, cómo no, por el más cursi de todos los metaleros: el ahora calvorotas Rob Halford.
Ya suenan los sintetizadores (el jevi es como le da la gana)… Tenso los poderosos músculos de mi imaginación —no en vano ha ganado varios concursos de imagination-building (la tendríais que ver marcando dorsales)— y ahí vamos.
Cuando uno ve pasar cerca de sí a una pompa de jabón, se siente impelido a seguirla con la mirada, entre embobado y fascinado, pues, aunque todas parezcan similares, cada una es única y preciosa: como la vida. Uno la observa y la observa y la ve danzar a merced del viento, frágil pero terca: como la vida; dubitativa pero determinada: como la vida; transparente pero brillante: como la vida.
“Ven aquí, pompa mía”, se sorprende pensando, de pronto, y alarga la mano para irla a tocar, pero la corriente de aire que forma la aleja en un requiebro precipitado: como a una vida ajena. Quizás, incluso, la súbita maniobra provoca que la pompa suelte una lagrimita de jabón, ante la incomprensión de uno, que sólo la quería rozar suavemente: como a una vida ajena.
“No llores, pompita mía, sólo te quería acariciar”, le da por pensar, a modo de disculpa, con el corazón compungido al ver cómo se aleja esa esferita en la que se reflejaba tal y como era, pero tan diferente: como en una vida ajena. Entonces, cuando parece que el viento traicionero se fuera a llevar a la burbujita lejos, muy lejos, por siempre jamás, la corriente cambia y la pompita vuelve, con su lagrimita ya enjuagada, y uno se vuelve a ver en ella, pero mucho más joven: como en una vida ajena.
“¿Me perdonas, pompita?”, piensa entre sollozos. Sin rencor, la burbujita refleja el sol en un destello que es una sonrisa y le hace sentir a uno como sólo una vida ajena le puede hacer sentir: vivo. Esta vez, la esferita se acerca decidida y dibuja rápidos círculos de amor alrededor de su cabeza mientras uno se observa en ella desde todos los ángulos, siempre igual, pero siempre diferente: como en una vida ajena.
Una de las características del jevi, en su conjunto y desde sus inicios, es que sus cambios de ritmo le pueden partir a uno la cadera, si no está acostumbrado. Ahora viene uno. De nada.
Los depresivos crónicos somos pompitas de jabón como todas las demás, pero con vocación suicida. No sólo los crónicos, cualquier burbujita que tenga la mala fortuna de caer en el abismo de una depresión se convierte, sin saber por qué, en un asesino en potencia de sí mismo.
Yo nunca he intentado suicidarme porque hace mucho que aprendí a amar la vida desde la racionalidad —y la razón es como el corcho: siempre lo acaba sacando a uno a flote—, pero a mí la eutanasia me da mucho miedo porque sé que muchas veces he querido morirme pues me sentía honestamente incapaz de soportar más tanto sufrimiento. En momentos así, podría haber convencido a cualquiera de que lo más deseable para mí era la muerte, que no había otro camino, que era la solución más decente, que todo el mundo saldría ganando, que era lo más digno: pero era mentira.
Estas líneas sólo son mi vivencia y mi sentimiento personal. No estoy a favor ni en contra de nada (dije únicamente que me da miedo), sólo quería compartirlas por si a alguien le hacen pensar, y porque yo no soy un caso hipotético.


