martes 15 de julio de 2008

Mi jefa no me mima

Lee este artículo en el diario ADN.es
Aunque en este país (España, Cataluña, Barcelona, mi piso, ¡goooool!) haya cantidades indecentes, y hasta ingentes, de personas, e incluso de gentes, de bien (y de mal) que trabajan más que un reloj de cuco con hipopótamo en vez del pajarillo, aquí (veáse paréntesis anterior) lo que se lleva es hacer ver que uno se escaquea todo lo que puede. Ejemplo: los diputados y las diputadas (¡a destajo trabajan, de verdad!, sólo que a veces pareciera, que lo podría parecer, que lo “disimulariaren” —me siento letrado— para no ser confundidos con dirigentes de otro estado ¿y?/¿o? país ¿y?/¿o? nación… plurinacional —sí, esto último sí—).

Dentro de esta cultura de la segregación del productivo por pelota, esquirol sin pausa, colaboracionista con el enemigo, quintacolumnista impenitente y mala persona en general, una de las fórmulas de camuflaje con el entorno que tiene más a mano el laborioso sin remedio es cagarse en el jefe (cuando no ande cerca y lo más vehementemente que le sea posible, para que todo quisqui le oiga y así nadie ponga en duda su españolísima aversión por el trabajo).

Efectivamente, amiguitas, los habitantes de este sitio plurilocal estamos de acuerdo en muy pocas cosas, pero una de ellas es que el jefe es un cabrón (a excepción del jefazo máximo, el indómito líder de las Españas, ¡oh, Rodríguez!, ¡él no!). Y más que el jefe —pero mucho, mucho más— ¡la jefa!, figura novedosa en la historia de este plurilugar de machos encabronados y bajitos, y que, justamente por nueva, despierta aún más ojeriza que su homólogo con penecillo de cualquier tamaño (excepto las ministras, ¡por Dios!, las ministras no, las ministras son grandes ¿“promujeres”? —¡Bibiana!, ¿cuál es el femenino de “prohombre”? ¡¿Cómo?! ¡Que no lo hay!... ¡¡Lenguaje bárbaro y machista!!—).

Ya sabéis que yo adoro a todas las mujeres de cerca y de lejos (os insto a releer —¡es una orden!— uno de los artículos clave de mi “articulería”: “Amando a todas las mujeres”), pero como hoy me siento un poco fenicio voy a aprovechar que poner a parir a las jefas es políticamente correcto para… ¡ponerlas a parir! YES!… ROCK THE NIGHT!

Jefas, las hay de dos tipos: feas y guapas. Las feas son unas cabronas y las guapas, claro, unas putas. Las feas están amargadas y las guapas, claro, se han follado al jefe, pues, ¡oh, misterio arcano e insondable!, toda jefa tiene a su vez ¡un jefe! (verbigracia —sólo de esto último, ¡vamos!—: las ministras). Y no es que lo diga yo, ¡“nonono”!, lo dicen sus propios subordinados, que yo los he oído de primera mano, pues he tenido un trabajo de esos en los que se va a empresa ajena y se intenta escuchar a todo el mundo (no siempre en susurros).

Claro que nadie odia más a una jefa que una de las “miembras” (¡Bibiana somos todos!) del escalafón laboral inmediatamente inferior. ¿Por qué? Preguntáoslo a vosotras mismas, amigas lectoras, pues sois aplastante mayoría (aprovecho para saludar a dos de mis escasos lectores con penecillo de cualquier tamaño: Kimet y Willenskraft —¡¿pasa troncos?!—) y os oiréis decir eso de que: “es que las mujeres somos más malas” o “es que las mujeres trabajamos peor en equipo” o “es que las mujeres somos más envidiosas” o, directamente —y es mi preferida, así, sin filtro ni “ná”—, “es que las mujeres somos unas harpías”. ¡De verdad! Pero ¡qué mal que llegáis a hablar de vuestro propio sexo! Así no hay quien reconquiste el mundo de la tiranía de los humanos con penecillo de cualquier tamaño (sí, me ha gustado la parida: hoy me estoy gustando tanto que me sodomizaría a lo gonzo —ejem, perdón, me noto un poco bruto desde que Espidulk ha aparecido en mi vida: Risto, supéralo—).

¡Fin! ¡Stop es parar! ¡Soh! Ya está bien de tanta sandez… Bueno, el artículo de hoy es una majadería escrita con propósito ejemplarizante —un letrado quizás dijera o “diciesa” “ejemplaritulizador”—, pues es mi deber, como “generador de mi propio corpus de pensamiento” —esta frase se la he tomado prestada a Espido Freire… ejem… ejem… ¡EJEM!—, el educar a las niñas en la bondad.

Densidad de barbaridades sin fundamento dichas en este artículo hasta hace dos párrafos: 100%. Pero… ¿a que están en el subconsciente colectivo? ¿A que te has muerto de la risa y todo?… ¡Eres mala!

¡Humanidad! (esta se la he tomado prestada a Mafalda —mucho más corta, comprensible y certera, de verdad que sí—).

PD: Mi agradecimiento público a Rosa (no, no es otro personaje —creo—), que me pone de tan buen humor que no se merece menos.

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