En el año 2001 yo pesaba 126 kilos. Durante el tiempo que estuve en Nueva York solía presumir de ser “el español más gordo que conocía” porque uno es sarcástico de nacimiento y porque era verdad. En aquella época, los Starbucks para mí eran lugares extraños donde tardaban demasiado en servir un “espresso”. En compañía de un montón de suizos (personas, no postres) un día fui a parar a uno de ellos, por error, con tan mala fortuna de que al beber mi consumición el líquido decidió irse por donde no debía. Para no duchar en café con leche con leche (la reiteración es buscada) a la muchacha sentada delante de mí, aguanté aquel géiser “cafeínico” en mi interior. Salvé a la chica, pero —seguramente debido en parte a mi exceso de equipaje— me desmayé. Al recuperar el conocimiento estaba tumbado en el suelo. Todo el mundo a mí alrededor hablaba en alemán y me miraba como si yo fuera un experimento fallido. Supe que no había muerto porque los ángeles, de existir, jamás hablarían en aquella lengua gorgoteada. Decidí que los Starbucks eran un mal lugar, así que siempre los miré con desprecio cuando comenzaron a proliferar en mi ciudad.
Unos cinco años después me encontraba en proceso de intentar salir de una de mis graves depresiones. Decidí dejar de fumar y de frecuentar la noche, pues aunque la oscuridad me traía a la Mari (la diosa Afrodita reencarnada) y el cálido abrazo del olvido autoinfligido, aquel modo de vida no parecía estarme ayudando en mi lucha contra este trastorno que al final ya no sé si es él o soy yo. Por azar —y por puro aburrimiento— un día entré en un Starbucks, no fuera a ser que mi resentimiento fuera inmerecido. Descubrí que por menos de tres euros podía estar cómodamente sentado (incluso en un sofá) durante horas y horas ¡sin que nadie me mirara mal! El personal era muy amable y mantenían el local muy limpio. El café no estaba mal; lo que no era café, muy bueno; y los pastelitos, de vicio. La ley antitabaco se respetaba. Comencé a frecuentar esos sitios: recuperé mi afición por la lectura, acabé de dejar de fumar, volví a escribir, dejé de buscar el olvido etílico, sustituí a la Mari por la Lore (mi barista graciosamente culona y de aspecto manga) que no es tan guapa porque nadie es tan guapa como la diosa Afrodita, pero que tiene la voz de los ángeles y a mí me gusta mucho más… Y aquí sigo, escribiendo el artículo de mañana (hoy).
El éxito de las cafeterías Starbucks es merecido: son una gran idea muy bien llevada a la práctica. Han creado muchísima riqueza y más puestos de trabajo. Sus locales acogen a depresivos crónicos, estudiantes ruidosos e incluso a clubes de ganchillo y de scrapbooking. Es muy mala noticia, sí, que tengan que despedir a 12000 personas (en EEUU), pero también lo es que haya quien piense que eso es lo único que han hecho.


