martes 5 de agosto de 2008

Por el poder del azafrán (cuento inspirado en Marta Montoliu)

Lee este artículo en el diario ADN.es
Los chiviridipistosos son unas criaturitas adorables que habitan entre los latidos de los corazones enamorados. Los reconoceréis porque todos visten camisa a cuadros, un mono de pana con tirantes, sandalias de río y sombrero en forma de fresa natural —con las semillitas y todo—.

Las ropas de cada chiviridipistoso, aunque iguales, son siempre de un color distinto. Quizás la tintura del tocado de uno sea igual a la de las sandalias de otro, pero nunca dos monos, ni otras dos prendas equivalentes, compartirán tonalidad. Que no os lleve esto a creer que los chiviridipistosos son poquitos, ni hablar: ¡son muchísimos! Entre los latidos de un mismo corazón enamorado pueden habitar millones de ellos, siempre organizados en sus ciudades de edificios hexagonales de mazapán.

Estas criaturitas, como ya habréis imaginado, son mágicas, así que no tienen necesidad de trabajar. Cuando tienen hambre, arrancan un trocito de la pared de su piso y, antes de que lo hayan acabado de masticar, su morada vuelve a estar intacta.

Al alimentarse únicamente de dulce navideño, son más bien rellenitos y tienen los mofletes muy rosados. Son tan guapos que de ser del tamaño de un humano no podríamos parar de abrazarlos.

Por lo demás, los chiviridipistosos dedican su tiempo a suspirar, mirarse a los ojos, andar agarrados de la mano, darse besitos en las mejillas, regalarse margaritas recién cortadas, ponerse colorados y sonreír sin motivo.

Hace unos años, pero no muchos, entre los latidos del corazón de un niño enamorado de su profesora de mates —especialmente del moño en el que recogía su pelo, un moño precioso y brillante, que parecía una mora enorme recién lavada—, nació una chiviridipistosa diferente. Moli Tanrotamu, se llama, pues sigue vivita y coleando (es bien sabido que los seres fantásticos viven para siempre).

Moli es uno de los pocos chiviridipistosos cuyas ropas son de un único color (excepto el blanco de la camisa, pero incluyendo los cuadritos). Su color es el del azafrán fresco: el exacto, el verdadero. Ningún otro de sus hermanos o hermanas, por lo tanto, luce esa tonalidad. Por ello la llaman también la chiviridipistosa de azafrán.

Pero no es su indumentaria monocromática lo que hace especial a Moli, sino su afición por la pintura. A ello se dedica en cuerpo y alma, sin descanso: pinta y pinta y pinta. Al resto de chiviridipistosos eso no les parece nada bien, así que la reprenden a menudo. Le reprochan que dedique su tiempo a trabajar, algo que los de su especie nunca deberían hacer. Ella les replica que no, que pintar no es trabajar, sino suspirar, mirarse a los ojos, andar de la mano, regalar margaritas recién cortadas, ponerse colorada y sonreír sin motivo; pero nunca logra convencerlos.

No obstante, como son una raza tan pacífica que ni siquiera tienen una palabra para definir lo contrario, tras refunfuñar un poquito, la dejan a su aire, con sus lienzos y sus pinceles, sus acuarelas, sus tizas, sus oleos y, sobre todo, con su encantamiento especial, que dice así:

Por el poder del azafrán
todo lo que veo, lo pinto,
¡mazapín, mazapán!,
todo lo que pinto ya no se va.

Por el poder de azafrán
mi poder es mi pincel,
¡mazapín, mazapán!,
soy su amazona, él mi corcel.

Por el poder del azafrán
mis cuadros son un regalo,
¡mazapín, mazapán!,
que para ti he guardado.

Por el poder del azafrán
arrima bien tu corazón,
¡mazapín, mazapán!,
siente el latido de mi pasión.

Nadie está muy seguro de ello, pero hay quien cree que el poder mágico de Moli es muy superior al del resto de sus hermanos y hermanas. Se murmura, incluso, entre las sombras de más de un champiñón salvaje, que ella solita es tan poderosa como varias ciudades.

Quizás por ello Roberto Despierto, el niño enamorado de su profesora de mates, Beatriz Bisectriz, que era muy joven para ser maestra, jovencísima, se acabó casando con ella. Sin duda, se trató de un caso entre un millón. Igual que Moli, la chiviridipistosa pintora.

P.D.: Este cuento está inspirado en Marta Montoliu. Moli Tanrotamu es un anagrama de su nombre (ya me descubro yo mismo). Marta es pintora. Admirad sus cuadros: www.martamontoliupaintings.com. También tiene un blog: martamontoliu.blogspot.com.

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