Estaba, hace poco, Amigooligan Prime, sentado en el sofá de mi salón —que diremos que es de “sky” rojo porque nada más “kitsch” que un sofá de “sky” rojo—, viendo Fox News, como acostumbra, en un vano intento por mejorar su inglés, el cual hace años que no va ni para adelante ni para atrás, aunque nadie hable así, aunque cualquiera en realidad hubiera dicho “ni palante ni patrás”, incluso en la Ciudad Condal, esa a la que hemos dejado de referirnos de semejante forma supongo que por llevarle la contraria a un tío con bigote “chaplinesco” que iba a caballo sólo en sus estatuas y que murió en la cama, con su paciencia incólume y su virtud inmaculada, jefazo indiscutido hasta el final, pese a la férrea y numantina oposición “post mortem” (tan heroica como multitudinaria y persistente, pues hace más de treinta años que el pelmazo se fue derechito al infierno no jevi —el malo de verdad, puesto que el infierno jevi, ya se sabe, mola que te pasas porque suena Slayer de fondo y hay mogollón de tías súper macizas en tanga y sin sostenes con unos melones como sandías que sirven cerveza muy fría gratis—, y, aún así, más de seis lustros después, seguimos oponiéndonos a su tiranía con democrática firmeza, ¡aunque nos pudieran meter en la cárcel o algo peor!, ¡aunque nos pudieran racionar los “donettes”! —ahora que ya no hay ningún riesgo de ello, pero lo haríamos de todos modos, ¡lo juro por el partido político en el gobierno [observad, amigas, qué magnífico juramento atemporal y eternamente adecuado a los tiempos acabo de perpetrar; pasmaos, ya puestas, con esta triple interrupción, ¡que hasta tuve que echar mano de los corchetes!]!—).
Sí, lectora que desearías opinar pero no puedes —¡chínchate!—, es cierto: el párrafo anterior no incluye ni un solo punto más allá del final (ni anteriormente a él). ¡Oh, qué bestia que soy! Soy el rebelde que no calla, soy un orgasmo sostenido, soy el azote de los que anhelan la simplicidad (habitualmente porque no dan para más), así como, a la vez y al mismo tiempo, simultáneamente a, a la par que… la diosa irreverente y gooooorda de los adictos a la apnea literaria. Pero… ¡frena un instante! ¡“Stop” es parar! ¡Por Dios, trata de detenerlo, Carlos! ¿Viste como ya no recuerdas las preocupaciones que tenías antes de comenzar a leerme? Claaaaro. ¡Mi prosa es mágica! Te absorbe como una bayeta multiusos capaz de “churrupar” incluso dos litros de huevo batido mezclado con pan rallado enmohecido. ¡Y gratis!
Pero decía que estaba Amigooligan Prime sentado en el sofá de “sky” rojo del salón, viendo la tele yanqui, con la cara pintada a cuadraditos multicolores y el pelo, también, y su fiel Amigooligan Can a su vera, con su silueta de sílfide perruna insertada entre un cojín y el siguiente, lengua fuera y ojos que de ser más tontos hubieran sido los del culo.
—Te he dicho mil veces que no dejes que el chucho se suba al sofá —le recriminé.
—¡Sh! —respondió él, sin dejar de mirar la pantalla.
—¿Sh, qué? —le increpé.
—“Sh” que esto me interesa…
Miré el televisor a ver qué sería “esto”.
—¿La mecanización de la apicultura en California, te interesa?
—No, pazguato… La presentadora.
Volví a mirar la tele.
—Pues sí que esta buena, sí… —corroboré.
—¡Sh! —insistió.
—Pero ¡a ver! ¿Qué más te da oírla o no?
—Sus piernas… —dijo él, y no continuó.
—¿Sus piernas?
—Sus piernas.
Se hizo el silencio. Ciertamente aquella presentadora tenía un par de piernas de matrícula de honor “cum laude” sin estudiar.
Perdí la paciencia:
—¿¡Sus piernas… ¡¡qué!!!?
—A veces las cruza… —respondió, y no continuó.
—¿A veces las cruza?
—A veces las cruza.
Nunca hubiera imaginado que una periodista entrevistando a un apicultor californiano, cada cual sentado en su sillón, ambos enfrentados, pero no del todo, más bien formando un ángulo de unos ciento veintitrés grados y doce segundos, pudiera resultar tan sexy.
—Pero ¡si las tiene cruzadas! —noté—. ¡Y hasta entrecruzadas! —no pude/quise evitar añadir.
—Las descruza y las recruza… —aclaró, y no continuó.
—¿Y las recruza?
—Y las recruza.
El sumo sacerdote de la Iglesia Amigooliganiana, la de la fe verdadera, la fe en los de los tres nombres (amigos, “coleguis”, hermanos del metal) y los mil cuadraditos, consiguió —como de costumbre— enredarme las neuronas de tal manera que, anulada mi capacidad de producir pensamientos lógicos, emplastado como mosca en telaraña en su mundo surrealista y hasta irreal, me quedé embobado, de pie, mirando la tele, esperando el momento en el que aquellas piernas emularan a unas tijeras cualesquiera, en un guiño cortante.
Parecía que la mujer había decidido que ya estaba cómoda con la derecha sobre la izquierda, así que el acontecimiento deseado se negaba a acontecer. Desperté:
—¡Pero bueno! ¿Y qué tiene que ver el silencio con sus cruces de gambas?
—Quiero oír cómo suena… —respondió, y no continuó.
—¿Quieres oír como suena?
—Quiero oír como suena.
Nuevamente mi cerebro murió. Encefalograma plano súbito. No por mucho:
—¡¡¡¿El qué?!!!… ¡¿Cómo suena… ¡¡el qué!!?!… No me dirás…
Por un momento sospeché lo peor, aunque la escabrosidad no fuera una actitud propia de Amigooligan Prime, pero con los personajes uno nunca puede estar seguro. Me interrumpió:
—Cómo suena el nylon de las medias al frotar una con la otra.
Resoplé. Eso ya era más propio de él.
—Quizás son de seda —puntualicé.
—Tú siempre jodiendo —me contestó, sin dejar ni por un momento de mirar el televisor, casi sin parpadear.
—Se hace lo que se puede… ¡Y haz bajar de una vez por todas a los huesos forrados de pellejo del puñetero sofá!
—¿Qué más te dará? Es un chucho imaginario, ¿recuerdas?
A todas estas apareció Pili la del Método, que venía de la cocina, secándose las manos en su delantal y luciendo su cofia de asistenta del hogar que parecía haber robado de un cómic de Vázquez (el de “Anacleto, agente secreto”). Se me aproximó, aparentando sigilo, y me susurró:
—No se preocupe, tengo un método…
—¿Un método para qué? —pregunté, por no variar.
—Para que Amigooligan Can baje del sofá.
Claro, ¿para qué iba a ser, sino?
—¡Saco de pulgas sin pulgas, pues de habitarte sólo una andarías de lado! ¡Atajo de huesos mal avenidos! ¡Ventosidad solidificada de vaca moribunda! ¡Baboso en seco, pues ni baba puede salir de ese cuerpo enjuto! ¡Hijo bastardo de un perchero y una bolsa de supermercado! ¡O bajas del sofá ahora mismo o te voy a usar de recambio del palo de la fregona! —berreó Pilar del Esmero Fregando, con la fuerza de la madre de todas las campanas catedralicias, con la agudeza de Sherlock Holmes justo antes de empezar a perder fuelle, con la intensidad de jugarse la vida a los chinos.
Y a fe que se bajó, el pobre animal… Se bajó como poseído por Belcebú y fue a esconder el hocico bajo el culo de Doncella, mi gata negra, que andaba haciendo su décima siesta del día sobre una baldosa cualquiera, y que maulló disconforme al notar aquella ciruela dos veces agujereada bajo su trasero, aunque sin llegar a despertarse.
¡Y tanto que tenía un método, Pili la del Método!
—¡Malditos! —se quejó Amigooligan Prime.
—Ya te dije que lo hicieras bajar —le respondí.
—¡Ha cruzado las piernas y no he oído nada, con tanto chillido! —exclamó, totalmente indiferente a la suerte de su galgo.
—Se siente… —le repliqué.
—¡En esta casa no se puede vivir! —se quejó.
—Pues ahí está la puerta.
—Después de ti.
Saldando deudas (soneto)
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Toca escribir el poema debido,
tan debido como muy deseado,
tan deseado como bien ganado,
y por ganado, más que merecido.
Espero que sea bien recibido,
pues...
Hace 9 horas


