Cuando uno se pregunta por el sentido de la vida, se pregunta por el sentido de SU vida, pues el sentido de la del vecino está más que claro. (Yo creo que mi vecino, el taxista, es hincha del Real Madrid. Estoy casi seguro porque es valenciano, y ya se sabe que nada les gusta más a los productores de cítricos, juguetes y zapatos que llevarnos la contraria a los catalanes, dado que temen que los queramos invadir, cuando no es así, meramente queremos hacerles entrar en razón —¡discrepo!—). Como el paréntesis ha dejado más que claro, los demás existen como contraste de nosotros mismos. Ya lo dijo Descartes —tan nombrado al final de la temporada futbolística, cuando los equipos valoran con esa sabiduría mentecata tan balompédica quién sobró y quien faltó—, el cual —el filósofo—, aún siendo francés —que es como ser valenciano pero por el otro lado del bocadillo—, era también bastante griego. “Cogito ergo sum” (incluso cojito, soy) es concretamente lo que espetó a la historia, dejándola toda pringada con sus babas por siempre jamás.
Esa sesuda frase tan de mercadotecnia sietemesina significa justamente lo contrario de lo que dice; significa que los demás, ¡a saber! Los demás podrían ser meras elucubraciones, meras culebras mentales (que es lo que significa etimotrágicamente “elucubración”) que uno pergeña para fastidiarse, entretenerse o sentirse menos solete.
Muy probablemente, el francés, como suele pasar, no por su nacionalidad —aunque también—, sino por su condición, básicamente quería vendernos una moto, que un filósofo también tiene derecho a comer. Si yo hubiera imaginado a los demás, serían mucho más guapos, no usarían la violencia hasta el punto de que la palabra ni existiría y siempre me darían la razón. No siendo así, está claro que existen aun a mi pesar, por su cuenta, sin haberme pedido permiso, y que seguirán haciéndolo cuando yo ya no esté, así como lo hicieron previamente. Visto esto, está claro quién soy: soy el anti-dios, pues llegué tarde y me iré pronto, y jamás habré conseguido estar en dos lugares a la vez. Milagros, alguno habré hecho, aunque todos con explicación científica, así que no cuentan.

Saber quién es uno es la mitad del asunto, “¿Adónde voy?” es la restante. En mi caso, a ningún sitio, pues me pasé tan de frenada que me salí del circuito, luego del pueblo en el que está el circuito, a continuación del país en el que está el pueblo y finalmente del planeta en el que está el país —no sigo porque se me cansan las yemas de los ojos, que yo tecleo con el iris—. Aceptada esta triste realidad, debo reformular mi pregunta —algo que la Coca-cola nunca debió haber hecho, y bien que lo pagaron teniendo que desreformularse en la “Coca-cola Classic”—: “¿Adónde debería haber ido?” es la pieza que me falta. Adonde fui, ni más ni menos, es la respuesta: al altar, con mi ex mujer, que estaba más buena de lo que me tocaba según la escala housiana, y lo suficientemente mal de la cabeza como para ser compatible conmigo.
Teniendo en cuenta este último dato, si resulta que fui adonde debería, el sentido de la vida me fue evidente hasta que comencé a tener tiempo para preguntarme por él: casarme, tener hijitos, envejecer en compañía, intentar comprender una vez más al esposo… Lo normal, lo de siempre, lo esperable. El sentido de la vida es Susanita y no Mafalda, aunque la segunda sea mucho más interesante como dibujito. Ahora que ya lo sé, de nuevo, esta vez conscientemente, lo que ya no sé es si el que tiene sentido soy yo, pues de momento lo hice todo del revés: no es que no me encontrara, es que luego me perdí.
¿Podré desperderme antes que nunca? Des-esperemos que no.


