jueves 11 de septiembre de 2008

Genios modernos

Lee este artículo en el diario ADN.es
Hace unos dos o tres mil años que corre por las radios de la Ciudad Condal —por varias de ellas— un anuncio (invariable, inmutable…, producido, ya os digo, cuando Madonna era joven, algo rechoncha —pero menos dura y más tersa—, igual de lista y mucho más sexy) que dice algo así como: “El cocinero nace. El asador… se hace”. Esta publicidad tan ocurrente promociona un restaurante-asador barcelonés, por lo que debo entender que su dueño (“quien paga manda”, que decimos en catalán) considera que el saber aprendido supera al talento de nacimiento.

Aunque nunca me comí un cochinillo ni pisé tal tipo de establecimientos (lo tengo en mi “to-do list” vital, junto con hacer el amor con una extraterrestre reversible), esta cuña publicitaria forma, sin duda, parte de mi existencia y ha sido la causa de profundos periodos de reflexión de al menos treinta segundos. “¿Quién, en su sano juicio, defendería que la excelencia innata puede ser superada por la técnica fruto de la instrucción?”, he pensado más de una vez (¡mentiroso!, mis pensamientos son más “tipo que” así: “¿Los cochinillos se comparten o me podría comer uno entero yo solo?”).

La única explicación razonable que le encuentro a este enigma es que asar a un bebé-cerdito (¡pobre bebé-cerdito!) debe requerir de una destreza tal que sólo puede ser traspasada, con paciencia y a lo largo de meses de broncas formativo-culinarias, de maestro-asador a aprendiz con tendencias “asadoriles” (y doble capa de espinillas —¿puede una espinilla tener otra espinilla?—, pues los vapores de grasa de chancho tienen que ser “pero que” remalos para el cutis).

No obstante, tener ciertas tendencias innatas a andar asando cadáveres animales (espero que no los asen vivos, a los cerditos —¡pobres cerditos!—) seguro que ayuda a convertirlo a uno en un súper maestro-asador de nivel triple “back flip” con tirabuzón y doble moño, de los que serían capaces de asar el yunque del pato Lucas hasta que quedara tan tierno que uno lo podría absorber por una pajita (ay, qué cosas que digo). Es decir, el mejor asador del mundo, por hocicos (versión gorrina de “por narices”), debe reunir un desmesurado talento natural con un concienzudo conocimiento de la ciencia asadora (hoy en día, todo es una ciencia, incluso el porno —si lo es la psicología, ¿por qué no?—).

Mi tesis es, pues, que los genios modernos han tenido que estudiar (o instruirse) mucho y trabajar aún más. Todos menos Maradona, el gran neocomunista —excepto de lo suyo— que se esnifó el sentido común hace ya tanto (siempre tiene que haber un argentino dando la nota —es una bromita, ché—). Antiguamente, cuando en todo el planeta había tantos descendientes del australopithecus como en cualquier ciudad de tamaño medio de la actualidad, posiblemente con nacer excepcionalmente dotado para ciertos menesteres bastaba para acabar ejerciendo de mega crack; pero, hoy en día, venir al mundo con más talentos que un noble romano (chiste lingüístico-histórico, qué nivelón) no garantiza más que una buena posición en la parrilla de salida.

Espido Freire (escritora, pensadora y musa involuntaria de este patán), David Mack (dibujante de cómics y artista total), Bill Sienkiewicz (ilustrador y dibujante revolucionario), Raquel Micola (excepcional diseñadora de bolsos y de cualquier cosa que le dé por diseñar, así como pareja vital de un gran amigo de esté patán —será muy famosa, esta chica, es un súper crack, su límite es ninguno—), Alan Moore (barbudo insufrible y escritor de tebeos “extraordinaire” —“V de Vendetta”, “Desde el Infierno” y “La liga de los hombres extraordinarios” son tres de sus obras ya llevadas al cine, y en breve: “Watchmen”—), Ben Templesmith (cachondo mental inigualable y brutal perpetrador total de cómics) y Dani Filth (fundador, alma máter, letrista inquietante e incomparable “gritalista” de una de las mejores bandas del métal: Cradle of Filth) son sólo siete ejemplos de genios modernos. Todos ellos, sin excepción, unen a sus innegables dotes innatas, una extensiva formación (aunque sea autodidacta), una sobresaliente capacidad de trabajo y una muy destacable habilidad para las relaciones sociales.

Los genios modernos son cocineros y asadores, nacen y se hacen. Por ello, justamente, merecen nuestra admiración, pero también nuestro respeto. Ellos son lo mejor de nuestra raza, la raza humana, la única que hay (y he terminado parafraseando a un octavo genio: Ice-T).

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